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Publicado el: 23-Agosto-2009
En la novela “Canaima”, del venezolano Rómulo Gallegos, Marcos Vargas es el personaje osado que se adentra a la selva de la Guayana remontando el río Orinoco, lo acompaña un aventurero conocido como el conde Giaffaro, el mismo que le advierte a Vargas de la mala influencia del espíritu de Canaima, el dios del mal de los indios del alto Orinoco, el dios frenético de la muerte, “el mismo que desencadena en el corazón del hombre, la tempestad de las más bajas pasiones”, el odio que incita al crimen en la espesura cauchera del Cuyuni, en los sarrapiales del Caura, por el oro en las riberas del Yuruari, o las esmeraldas del río Caroni; Canaima es pues en esa forma, la deidad maligna en aquel infierno verde, como la Santa Muerte para México, hoy convertido en la tierra de la violencia inaudita, donde el crimen ya no sorprende a nadie, ni al mismísimo Canaima.
Porque vale decir que los hechos sangrientos que relata la poderosa pluma de Rómulo Gallegos se quedan cortos en relación a lo que hoy sucede en nuestra patria, donde hace tiempo Catón, en una de sus columnas, advertía lo siguiente: “Ojalá y nunca llegue a México una noche como aquella en que los machetes iluminaron el Vichada”, en referencia a la masacre citada en la novela, aunque en ese tiempo, el cronista pensó que su premonición era exagerada.
Desgraciadamente don Armando Fuentes Aguirre, al igual que el Papa, también es falible y en esa ocasión se equivocó; hoy México es más violento que la Guayana de Gallegos, un Vichada sangriento donde el crimen no cesa, donde el acero no deja de iluminar las noches terribles de este nuevo reino de Canaima, “el mismo que le presta su veneno a las cuaimas, el dios del mal que enciende como ascuas los ojos de las fieras…”.
Y es que los sicarios de este país superan hoy por mucho a los asesinos del alto Orinoco; al Cholo Parima o comandante Pantoja, al Sute Cúpira y sus Doce Apóstoles o al tigre del Yuruari, José Francisco Ardavín, interpretado en la película de la novela, versión de Juan Bustillo Oro, por el “villano” Carlos López Moctezuma, cinta en la que Jorge Negrete interpreta a Marcos Vargas y el gran saltillense, Andrés Soler, al conde Giaffaro.
Hoy parece que nos queda una larga y espesa noche por seguir. Mal que nos pese decirlo, esto no se trata de una novela, película o pesadilla, se trata de una realidad donde la muerte ronda por sus fueros en todo el territorio nacional; donde las masacres superan la ficción de la novela, tanto así, que la matanza del Vichada es hoy en México una normalidad, la misma que a muy pocos sorprende.
Porque a un año de la firma del Acuerdo Nacional de Seguridad, 7 mil 300 personas han sido asesinadas por el crimen organizado en este país de la violencia implacable, donde el Partido Acción Nacional resultó ser todo un fiasco como gobierno, tanto en lo político, como en lo social y económico. Y que no pretenda la derecha vernácula culpar a estados y municipios de esta catástrofe, Felipe Calderón es el responsable de la misma, y mientras el PAN se mantenga en el poder, délo por hecho, seguiremos en las garras siniestras de Canaima.
El Siglo de Torreón
Decía José Martí que entre los sueños del hombre hay uno muy hermoso: suprimir la noche. Asimismo, Rómulo Gallegos, en su juventud, publicó la revista “La Alborada”, la misma que se proponía “sustituir la noche por la aurora”. Tiempo después, cuando el autor de “Canaima” fue derrocado por los militares como presidente de Venezuela, se dijo que las armas se habían alzado contra la pluma del escritor.
El ataque del martes pasado contra El Siglo de Torreón es un atentado de las armas contra la pluma. El gobernador Humberto Moreira reprobó tal barbarie. Se pretende que la gente viva en la oscuridad. Ya dijimos, nos queda una oscura y larga noche por seguir.