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Publicado el: 30-Agosto-2009
El término “viejo” aplicado al ser humano, ha tomado en las culturas más civilizadas un cariz despectivo desde hace ya unas décadas, cuando en ciertos países considerados subdesarrollados o en vías de desarrollo, principalmente los africanos, y sobre todo en el ámbito rural, los viejos son hoy todavía considerados los sabios del pueblo.
En México, a partir de los 60 años, una persona es considerada un “adulto mayor”. El organismo oficial encargado del “bienestar” de estas personas ha venido cambiando de nombre con la única preocupación de no ofender a ese grupo social que cada día engrosa más sus filas. Creado en 1979 por decreto presidencial, primero se llamó Insen (Instituto Nacional de la Senectud), y en 2002 pasó a depender de la Secretaría de Desarrollo Social y cambió su nombre por el de Instituto Nacional de Adultos en Plenitud, Inaplen. Finalmente, hace poco más de seis años, pasó a llamarse Inapam, Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores. Viejitos, ancianos, abuelos, adultos en plenitud, personas de la tercera edad, adultos en senectud, adultos mayores… Como si la palabra tuviera el poder de disminuir o acentuar los rasgos que caracterizan a la vejez, los distintos gobiernos se han empeñado en cambiar su manera de nombrar a ese sector de la población, a veces tan dejado de la mano de las autoridades y muchas otras tan despreciado y abandonado, hasta por sus propias familias.
Una sociedad que excluye a los ancianos es como un cuerpo amputado. Ellos son los que mantienen el árbol ligado a sus raíces, son los miembros adheridos a la raíz de la comunidad en la que han vivido y los que a su vez le han dado vida al pueblo en los años pasados. Dejarlos de lado es renunciar a la experiencia que nadie tiene sin antes haber recorrido el camino que la da. Su sabiduría representa la visión de los años vividos, sin importar la circunstancia de su vida. El mundo de los ancianos puede ser extraordinario si se vive con dignidad en el seno de una familia y una sociedad comprensivas, pero también puede ser enormemente triste si se le envuelve en el olvido, la indiferencia y el abandono.
La senectud es un paso impostergable del destino humano. No es sólo una imagen que se inserta en la vida familiar y social, sino una presencia sensible y palpable, que habla de los elementos que marcaron su existencia en la familia y en la sociedad que la cobijó. Como ser social, un anciano participa en la convivencia cotidiana de la ciudad. Como reminiscencia de su propio pasado individual y colectivo, es una presencia y una responsabilidad que debemos compartir en primer término, la familia, y luego la sociedad y el Estado mismo.
La semana pasada se celebró el Día de los Adultos Mayores. En ese rubro, el de los ancianos, nuestra ciudad tiene ejemplos en todas direcciones. Adultos mayores abandonados en los asilos por sus propias familias y ancianos que viven dignamente atendidos y acompañados por sus descendientes, quienes les han dado el amor y los cuidados que se merecen, incluso, existen en la sociedad saltillense de adultos mayores que son guía y ejemplo para todos los demás.
El miércoles pasado cené un exquisito pozole cocinado por doña Cecilia Flores de Ramírez, mujer ejemplar, que a sus casi 92 años de vida, con perfecta lucidez y alegría, continúa “haciéndoles casa” a sus familiares, y todos los días leo en las páginas de VANGUARDIA a doña Lucía Teissier, maestra de muchas generaciones de jóvenes y ejemplo de periodista perspicaz e inteligente, quien ayer celebró su cumpleaños número 92.
Yo celebro la vida de esas dos mujeres excepcionales, porque con la experiencia de sus años y su sabiduría, han ayudado a hacer vigentes en la sociedad saltillense los más altos valores de la convivencia social, y han sabido llevar a su más alto grado de expresión el sentido humano de la familia.
edsota@yahoo.com.mx