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Las gafas de Armando

Publicado el: 15-Noviembre-2008

Armando Sánchez Quintanilla usa unas gafas duras, de suficiente espesor que adivinan estar forjadas con muchas dioptrías. Del tamaño de semejante ceguera han sido, adivino, sus ingentes lecturas. Y éste, enfermo y contagiado por la vocación adánica —como su admirado ilusionista, Gabriel García Márquez— de reinventarlo todo y bautizar y otorgarle nuevo nombre y resonancias a las cosas ya vistas, ha venido insuflando una actividad huracanada a la cultura en el Estado.

Preso de un frenesí cultural casi demoniaco —los libros tienen qué ver más con el demonio que Dios, según reza la Biblia—, el director de la Cátedra Alejo Carpentier, ha venido programando una serie de eventos culturales, literarios y bibliotecarios con el único fin de promover el libro y la lectura como una forma de placer y salvación terrena.

Por segundo año consecutivo, el filósofo que viste con pulcritud y estilo, programó un maratón de lectura que convocó a todo mundo. Esta especial ocasión y con motivo de los primeros 80 años del narrador mexicano que es universal, Carlos Fuentes, la lectura de textos públicos en la Plaza de San Esteban de la Nueva Tlaxcala giró en torno al autor de “Aura”.

Fui a observar (¿o es mejor decir escuchar?) la maratónica lectura y aquello fue una fiesta. Y es que se ha perdido con el paso del imbatible tiempo, los orígenes de la lectura, los orígenes del drama. En la antigüedad, los grandes maestros griegos y romanos desconfiaban de la lectura en papiros y pieles, desconfiaban de ello porque nada iguala la voz del hombre. Sócrates, al igual que Jesucristo fueron ágrafos famosos.

¿Por qué se ha perdido la lectura en voz alta en nuestras familias, en la escuela, en la universidad? Mucha culpa la tenemos nosotros, tristes mortales. En mi caso, un pudor ridículo, casi monástico, me obliga a permanecer encerrado en mi residencia —casi un ataúd a estas alturas de mi vida—, por lo cual abomino de cuanto acto público-cultural se presenta en la ciudad. Tengo voz tipluda, mal educada, por lo cual huyo de este tipo de eventos, no obstante la benevolencia de ellos.

Vi subir en dicho evento extraño, como si no estuviera sucediendo en Saltillo, a niños y niñas, hombres de mediana edad que hicieron uso del micrófono y la tribuna como en los orígenes mismos del drama en la antigüedad: el uso de plazas, monumentos y resquicios urbanos para comunicar la literatura, los mensajes políticos o religiosos.

Esquina-bajan

Quién entonces no recuerda el mensaje literario y religioso que les enderezó Pablo (Saulo de Tarso, antes de traicionar y convertirse al cristianismo) a los atenienses al hablar en el Areópago y citar fluido y culterano a sus poetas: Píndaro, Virgilio... ¡Uf! Aquí y no en otro lugar está el origen de la lectura, de la verdadera lectura: en voz alta.

Un recuerdo más: bajo el embrujo de la palabra hablada, un hidalgo aventurero y un tanto perturbado, Don Quijote, en una majada de
La Mancha, enamoró sólo con su voz y sus historias, a parroquianos llegados del campo: campesinos, pastores, cabreros. El discurso pasó a la eternidad y aquellas palabras en voz alta, ahora son nuestras en el libro más portentoso en lengua española: “Don Quijote de la Mancha”.

Recuerdo la lectura de un escritor que paradójicamente no leyó: sólo habla, teje e hilvana palabras como letras o notas en una partitura o en ajada libreta escolar: es José Saramago dictando cátedra en Guadalajara, México. El embrujo de su acento, su tono de voz y la candencia de su fado lusitano aún resuenan en mis oídos a cuatro años de haberlo escuchado.

Letras minúsculas

Las gafas de Armando Sánchez son duras, grandes y éste, empecinado en la lectura voraz que lo alimenta en las noches más altas, quiere que padezcamos tan portentosa enfermedad.

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