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La regla de la estupidez

Publicado el: 06-Mayo-2008

Me gustaba, hace tiempo, definir a la administración como el conjunto de técnicas y la serie de artes que persiguen la disminución del número de idioteces que son posibles de cometer en el manejo de recursos para la obtención de un fin. Es una visión negativa, en el sentido de que tiene como meta no elevar los aciertos, sino disminuir las tonterías y los errores. Negativa, sí, pero también realista.

Está basada en una hipótesis que es imposible de negar: los humanos somos seres imperfectos en al menos dos sentidos. Somos capaces de cometer errores, incluso con buenas intenciones. Y somos sujetos de caer en tentación, por usar los términos cristianos, es decir, realizar acciones reprobables. Quien niegue esto más le valdría salir a la calle unos momentos.

La imperfección humana, en esos dos sentidos, por filosófico que sea el asunto, tiene sus repercusiones muy prácticas de todos los días. Es la causa, por ejemplo, de que existan leyes que castigan el robo. El saber que el robo es indeseable no significa que todos sin excepción van a dejar de robar. La ley, bien conocedora de la naturaleza humana, está preparada para hacer frente a casos como el del robo y otros similares.

En las empresas existe otro reconocimiento práctico de esa imperfección humana, el de los laboratorios de control de calidad. En la línea de producción se hace todo lo posible para que el producto salga bien, pero, no sea la de malas, debe asegurarse eso con otro paso, el del control de laboratorios. Un avión comercial, en otro ejemplo, suele tener sistemas redundantes, por si acaso...

En términos más abstractos, el mundo en el que vivimos es uno necesariamente imperfecto. Cierto que es posible de mejorar, pero la absoluta perfección es inalcanzable. Esto es explicado muy bien por las creencias cristianas que hablan del Paraíso Terrenal como el mundo perfecto, pero perturbado por las faltas humanas. Sea lo que sea, reconocemos que somos imperfectos y que lo que hacemos necesariamente tiene defectos. Nuestro deber inicial es tratar de minimizar esas fallas.

En los gobiernos, la imperfección humana también tiene sus consecuencias. Por mucho que lo pregonen varios, los gobiernos no son perfectos, como tampoco lo son el resto de las instituciones y empresas que creamos los humanos. En otras palabras, en los gobiernos se cometen también tonterías porque quienes allí trabajan también son humanos (aunque Platón y otros insinúen que no).

Así como hay un grado de estupidez en la más brillante de las empresas, los gobiernos no son excepción. Nada ni nadie se escapa de esta regla. Tome usted a un gobierno muy liberal, como el irlandés, y tome a un gobierno muy centralista, como el cubano... en ambos hay capacidad de cometer tonterías. Igual sucede en monarquías, dictaduras, en todo gobierno aplica la misma regla.

El punto no es nuevo, pero parece ser un conocimiento desconocido, más que la fórmula de Coca-Cola. La imperfección natural de los gobiernos se deriva de su misma naturaleza, que es la de ser la única institución a la que se le permite el uso legítimo de la fuerza. De aquí la fama de la frase de Lord Acton: todo poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente. Esta es la imperfección humana que nos hace sucumbir a las tentaciones... es el usar el poder de manera indebida. Pero falta algo.

Falta la otra falla humana, la de poder equivocarnos. En los gobiernos, el asunto ha sido también tratado y señala una especie de continuación de la idea de Lord Acton: todo poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente, pero también el poder tiende a idiotizar y el poder absoluto idiotiza absolutamente. Es algo que puede expresarse como una ley física. La cantidad de corrupción y de errores son proporcionales a la cantidad de poder poseído. La implicación para los gobiernos es directa (aunque las empresas ni otras organizaciones se salven de esta ley).

Sabiendo todo esto, mi punto es simple: quizá la tarea central de los humanos sean la de encontrar formas que eviten errores y fallas, muy especialmente las de los gobiernos.

garcia@contrapeso.info




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