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Hablando de ‘dedos’

Publicado el: 05-Octubre-2008

La infinita imaginación poética de Pablo Neruda creó bellas metáforas para referirse a los objetos en su poesía. Entre las muchas formas de nombrar a las cosas de la vida cotidiana, el premio Nobel de Literatura llama “violín del bosque” y “pájaro de aserrín” al serrucho; “ladrón de leña” y “callado bandolero” al fuego; a la madera “columna de aroma” y al diccionario “granero del idioma”. Y granero del idioma, aunque guardadas en el desván de la anécdota, son las erratas en los textos impresos o editados en cualquier soporte, incluidos los digitales publicados en internet. Neruda mismo las llama ratones literarios.

Una errata surge cuando las palabras se convierten en otras que no eran, cuando se plasmaron mal escritas en el momento de imprimir o editar digitalmente un texto y en consecuencia pueden llegar a darle un significado totalmente opuesto. El miedo a las erratas hizo que las editoriales contrataran en sus buenos tiempos a prestigiados escritores para la corrección de las pruebas antes de pasarlas por los grandes cilindros entintados de la imprenta. El mismo Shakespeare encontró en el oficio una fuente de ingresos. México ha dado escritores-tipógrafos de gran pericia en el arte de la corrección y la edición, como don Genaro Estrada.

Don Alfonso Reyes cuenta algunas anécdotas relativas a las erratas en una conferencia pronunciada ante un grupo de impresores y editores, transcrita en su libro “La experiencia literaria”. Dice al pie de la letra: “…¡la errata de imprenta, he ahí al enemigo! No permitáis que cunda entre nosotros esta especie de viciosa flora microbiana, siempre tan reacia a todos los tratamientos de la desinfección”. Y narra que antes de que se le formara el callo del oficio, apareció cierto libro suyo tan plagado de erratas, que le hizo caer en cama “presa de una verdadera fiebre nerviosa”, y que al respecto, don Ventura García Calderón escribió, con su muy fina ironía un epigrama, “impagable” para don Alfonso, y posteriormente célebre en el tema de la errata: “Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañadas de algunos versos”.

En esa charla, el gran escritor recuerda que cuando trabajaba en los diarios de Madrid la fobia de la errata lo mantenía insomne y preocupado, y agrega ahí una simpática nota al pie de página, seguramente añadida en el momento de la corrección del libro: “Acabo de averiguar que el tipógrafo de cierto diario me ha hecho decir, en vez de ‘los fabulistas del siglo XVIII’, ¡los futbolistas del siglo XVIII!’”. Reconoce don Alfonso tres erratas, que en lugar de perjudicar a su obra la beneficiaron. Un verso en el que él había escrito: “Más adentro de la frente”, resultó en el más sugestivo “Mar adentro de la frente”, y otro en el que escribió: “De nívea leche y espumosa”, fue cambiado por “De tibia leche y espumosa”. Y la tercera surgió en un ensayo en el que se refería al descubrimiento de América. En la frase “La historia, obligada a describir nuevos mundos”, la imprenta estampó la palabra “descubrir” en lugar de “describir”, dándole mejor sentido al texto.

Tanto ha preocupado la errata a los escritores, que las frases en que la aluden se vuelven famosas con el tiempo. Mark Twain, el autor de “Las aventuras de Tom Sawyer”, dejó dicho: “Cuidado con los libros de salud, podríamos morir de alguna errata”. El editor español José Esteban, le dedicó al tema un librito: “Vituperio (y algún elogio) de la errata” (Madrid: Renacimiento, 2002).

En estos días electoreros, “Vanguardia” dio razón de la errata cometida por el equipo de Hilda Flores Escalera al transcribir en su página de internet un discurso de la candidata a diputada local. En lugar de la palabra “democráticas”, se escribió “dedocráticas”. Resulta que a la actividad de los diputados en la Cámara se le ha aplicado jocosamente la palabra “dedocracia”, porque en ocasiones los legisladores, además de ser electos “por dedazo”, se limitaban a levantar el dedo —ahora lo aplican a una tecla— para aprobar lo que debieran discutir. Indiscreta y simpática errata, error de dedo en el teclado que de inmediato fue corregido por la candidata y que quedará para su anecdotario personal.

“Lapsus calami”. Duendes, enemigos, viciosa flora microbiana, ratones literarios, los errores de dedo jamás van a desaparecer de los textos. Y como dice el refrán: “Bueno es que haya ratones para que no se sepa quién se come el queso”.

edsota@yahoo.com.mx

Desde mi Barrio

Por: Esperanza Dávila Sota
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