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Publicado el: 20-Agosto-2009
Vanguardia realizó el foro “Impacto de la crisis mundial en la región”. En este espacio analizaré algunas de las propuestas ahí presentadas, bajo ciertos criterios de la última carta encíclica de Benedicto XVI y de la teoría de agencia. Esta teoría analiza el comportamiento individual y el como reducir —con incentivos, leyes y monitoreo— los conflictos de interés que surgen en las relaciones. Dichas relaciones se dan entre el “principal”, que es quien contrata a un “agente”, el cual a su vez toma decisiones que afectan al principal. Ejemplos de esta relación son entre un agente de bienes raíces, de bolsa o de seguros y la persona que lo contrata, llamada principal. También aplica entre gobernantes y los electores que los contratan, entre accionistas y administradores. Para estos últimos la encíclica va mas allá, cuando menciona: “Se va difundiendo cada vez más la convicción según la cual la gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios o accionistas anónimos, sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes, proveedores…, la comunidad de referencia y el medio ambiente.” El daño moral son situaciones en que un agente toma acciones, no previstas u observadas, para su beneficio personal, aun siendo costosas o dañinas para el principal. Este problema es causado por “información asimétrica” es decir, cuando algunas personas saben cosas que otras no saben. En el foro coincidieron en la necesidad de reducir el gasto en sueldos y en una austeridad real. Dichos sueldos altos benefician personalmente al agente, pero dañan al principal. Se propusieron en el foro nuevos impuestos, una reforma fiscal y la participación ciudadana. La encíclica de Benedicto propone como ayuda para enfrentar la crisis la subsidiaridad fiscal. Esta permitiría a los ciudadanos decidir sobre el destino de los impuestos que pagan. En el foro se dijo también que las finanzas públicas impulsen la distribución de la riqueza. La encíclica comenta “La riqueza mundial crece en términos absolutos, pero aumentan también las desigualdades… La vida económica tiene necesidad del contrato para regular las relaciones de intercambio entre valores equivalentes. Pero necesita igualmente leyes justas y formas de redistribución guiadas por la política.
No se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad.., puede y debe tener espacio en la actividad económica ordinaria. La solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos; por tanto no se la puede dejar solamente en manos del Estado. Se requiere, por tanto, un mercado en el cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades: …la empresa privada, orientada al beneficio, los diferentes tipos de empresa pública, y las organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas y sociales….Se puede esperar una especie de combinación entre los comportamientos de empresa y, con ella, una atención más sensible a una civilización de la economía…(La encíclica) Caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo.”