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Publicado el: 23-Agosto-2009
...Padre... duérmete... mi alma estremecida
te manda su cantar y sus adioses;
vuela hacia ti, y flotando
sobre la piedra fúnebre que sella
tu huesa solitaria,
mi amor la enciende, y sobre ti, sobre ella,
en la noche sin fin de tu sepulcro
mi alma será una estrella.
Más conocido por su “Nocturno a Rosario” (¡Pues bien! yo necesito/ decirte que te adoro,/ decirte que te quiero con todo el corazón…), el poeta de Saltillo es el autor de los versos que sirven de epígrafe a esta columna. Manuel Acuña lo escribió en la Ciudad de México y lo tituló “Lágrimas”, una silva de tono elegíaco compuesta a la muerte de su padre, en la que desborda el sentido dolor del poeta ante su ausencia, y su gran afecto filial, mezclado con una honda ternura que promete iluminar eternamente la última morada paterna.
Acuña compuso su obra casi en su totalidad en la capital del país, a donde se encaminó a los 16 años, con el fin de realizar estudios preparatorios y profesionales de Medicina. Allí se integró al ambiente cultural, que renacía con el triunfo de la República, y se adhirió a algunas sociedades literarias y científicas en las que se reunían los poetas jóvenes, discípulos de Ignacio Ramírez e Ignacio Manuel Altamirano. El “Nocturno” y “Ante un cadáver”, sus composiciones más conocidas, constituyen las piezas clave de su identidad de poeta decimonónico, romántico y positivista, sin embargo, en su poesía también incorporó ingredientes nacionalistas, como el bello poema que dedicó a Hidalgo.
Nuestro poeta también incursionó con éxito en el género teatral y alcanzó a presenciar el estreno, en 1872, de su drama “El Pasado”, puesto en escena hasta cinco veces en la capital, en Toluca y en Puebla, y cuyo argumento condena la marginación femenina y la hipocresía de la sociedad.
Muchos homenajes ha recibido el poeta, que llevaba en sí el germen de los grandes. Un año después de su muerte, ocurrida en 1873, se publicaron sus obras completas, ya reunidas en un volumen, y desde entonces, no ha dejado de aparecer en antologías e historias de la literatura mexicana el que pudo ser uno entre los mayores poetas en lengua castellana. Los matices de originalidad única, y forma y metro apasionados de su poesía, aunados al conjunto de acontecimientos dolorosos de su corta existencia, conmovieron al público y a la crítica de la época. Su azarosa vida, primero discípulo brillante en un liceo jesuita, y luego viviendo penurias él en la capital y su madre y hermanos huérfanos en Saltillo; las dificultades para costearse sus estudios en la Escuela de Medicina; su relación con la ferviente lavandera que al final pagó su lápida y su trágica decisión del suicidio, cuya causa se atribuyó en un principio a los desdenes de su musa, Rosario de la Peña, acrecentaron su popularidad, y las ediciones de su poesía se multiplicaron rápidamente en México y Europa.
A 136 años de su muerte y 160 de su nacimiento, que se cumplirán el próximo jueves 27, su ciudad natal conserva en lugares preferentes dos esculturas del vate, que le rinden homenaje permanente. El conjunto escultórico conocido como “El Ángel de Acuña”, preside la céntrica plaza que lleva su nombre. Su autor, Jesús F. Contreras, supo plasmar en el mármol la dualidad en que se debatió la vida del poeta, logrando una extraordinaria síntesis de su carácter: la lucha constante entre la poesía y el más allá, entre la vida y la muerte. La escultura expresa el triunfo de esta última, que le hizo sucumbir en plena juventud. La segunda, en bronce y de estilo completamente diferente, se erige frente al Teatro de la Ciudad y muestra al poeta en actitud de recitar sus versos.
El llamado del “ángel del destino”, tantas veces mencionado en sus poemas, enmudeció para siempre la lira del poeta. Acuña se suicidó a los 24 años de edad. Y mientras que la religión le negaba el paraíso, la Gloria le cedió el trono de la inmortalidad. Una inmortalidad que los saltillenses celebramos hoy, a 160 años de su nacimiento.
edsota@yahoo.com.mx