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Publicado el: 16-Agosto-2009
Es un hecho que al obispo de la Diócesis de Saltillo, monseñor fray Raúl Vera López, le gusta de verdad topar con el Estado. Porque ya se ha hecho frecuente que don Raúl, así como otros miembros de la alta clerecía, se apasionen con los asuntos del César, cosa que no debe extrañarnos porque en este país, en los últimos años, se ha relajado la normatividad respecto a la separación entre la Iglesia y el Estado, violación a la ley que se ha reiterado desde aquel mal día en que Vicente Fox, por órdenes de Marta, sacó la imagen del Benemérito de la residencia oficial de Los Pinos.
Y es que la última declaración del señor obispo, la misma que dejó caer sobre la clase política con ese tono de superioridad moral que acostumbra la jerarquía eclesiástica, nos hace pensar que don Raúl empieza a perder el norte, o la congruencia, porque monseñor debe reconocer que históricamente una parte sustantiva de los grandes males que padece México provienen, precisamente, de lo que él representa, el clero católico.
Y que conste que no es inquina contra el señor obispo, son muchas las causas en las que coincidimos con él, pero no con su última declaración donde afirma que hoy en día, “el negocio más jugoso” está en la política. Y no podemos coincidir con esa tesis porque don Raúl sabe bien que la Iglesia lleva dos mil años haciendo política, y no precisamente apegada a una moral ejemplar, lo cual nos confirma que la moral no es una prerrogativa exclusiva de la Iglesia y sus fieles, sino que, como lo consignó Emmanuel Kant hace ya muchos años, la moralidad laica existe porque no necesita de la religión para subsistir, simple y llanamente sucede que la moral tiene sustento suficiente en la racionalidad humana.
Hoy la Iglesia (el alto clero) sigue haciendo política, y muchas de sus acciones políticas han sido causa de miseria y sufrimiento de millones de seres humanos. Porque no podemos ignorar que el alto clero con frecuencia ha comulgado con las causas políticas más infames. Un referente de lo anterior nos lo da el gran dramaturgo mexicano Luis G. Basurto, cuando hizo el retrato fiel de la corrupción de los príncipes de la Iglesia en su aclamada obra “El Candidato de Dios”, donde hace patente la lucha entre las fuerzas del bien y del mal en el entorno de la poderosa curia romana.
Es la trama de un enfrentamiento atroz entre Juan Pablo I, (Albino Luciani), conocido como el “Papa Sonriente”, con su férrea voluntad de erradicar los vicios milenarios del Vaticano, contra la corrupción aberrante de los purpurados adictos al cardenal Marcinkus, a la mafia italiana y al Banco Ambrosiano. Toda una intriga digna para un diálogo en el infierno de la “realpolitik”, donde Albino Luciani muere envenenado víctima de ambiciones perversas y donde el “Aqua Toffana” vuelve a escurrir por los pasillos de la Santa Sede ¿Acaso no es más despiadada y “jugosa” la política vaticana?
Y que conste, no es inquina contra Monseñor.
Normalidad democrática
en Parras
Asunto aparte, hoy en Parras se vive el proceso político previo a la contienda electoral de octubre con toda tranquilidad, conforme a las normas internas de cada partido político y a lo establecido por las legislaciones estatal y federal. En el PRI municipal ha surgido un candidato de unidad para la alcaldía de nuestra ciudad, se trata del comerciante Cirilo Rodríguez Lozano, mismo que cuenta con el apoyo de los demás aspirantes que le han cedido el paso hacia el reto mayor que significa administrar una comunidad en esta época de recesión económica. Cirilo es el mejor ejemplo de la cultura del esfuerzo y los parrenses lo sabemos bien, es un empresario que nunca ha vivido de la política. Que sea para bien de Parras.