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Capitulación

Publicado el: 04-Julio-2009

Esta es una declaración de rendición como marcan los cánones: sin condiciones, sin matices, sin ambigüedades.

La victoria del enemigo es contundente, inobjetable, rotunda. Sería pecaminoso de mi parte intentar argucia alguna para minimizar el mérito de mis rivales. Lejos de tal pretensión he decidido reconocer, sin reserva alguna, la derrota sufrida.

Más aún: haciendo caso a la sabiduría popular no solamente he decidido deponer las armas, sino abrazar en adelante la causa de mis otrora adversarios. No intentaré más, en lo que me resta de vida, argumentar contra ellos y me comprometo en cambio a combatir a su lado.
Asumo pues, que he sido vencido sin lugar a dudas y ello implica haber encontrado la verdad, situación que obliga, en el más elemental acto de honestidad intelectual, a defenderla en adelante.

¿De qué estoy hablando? Dejen contarles desde el principio: De entrada es necesario decir que en las últimas semanas se desarrollaron tres episodios cuya combinación me tiene aquí, firmando la capitulación frente al enemigo.
El primero de ellos tiene que ver con la desastrosa (y no añadiré más adjetivos) actuación de la selección mexicana de futbol frente a El Salvador, Trinidad y Tobago, Honduras y Guatemala.

Los resultados me habían dado material más que suficiente para salir nuevamente a la palestra e insistir en la posición expuesta en este mismo espacio varias veces: los mexicanos debemos retirarnos del futbol y, al estilo de los promotores del “voto blanco”, iniciar una campaña de estadios vacíos para hacer reaccionar a los propietarios del balompié nacional.
El segundo episodio se desarrolló en varios actos, durante las sesudas conversaciones que solemos recrear un par de compañeros de oficina —los abogados González y Gil— y este servidor.

En repetidas ocasiones, el abogado González, quien pese a su juventud suele argumentar como gente grande, apagó la hoguera de nuestra pasión discursiva con una frase admonitoria: “el problema de ustedes es que están intentando convencer, con argumentos racionales, a quien no tiene interés en la racionalidad”.

Confieso que al principio la frase sólo me pareció divertida y no alcancé a percibir la profundidad y sabiduría del argumento sino hasta hace unos días, cuando se registró el tercer episodio fundacional de mi vida reciente.

De la mano del poeta Jesús Cedillo, a quien últimamente le ha dado por inmortalizar mis fantasías antes de que yo mismo las imagine siquiera, llegó a mi existencia un libro imprescindible para entender la vida sobre este planeta: “Dios es redondo”.

Tuve noticia del texto de Juan Villoro casi desde el momento en el cual se puso en circulación, pero por alguna razón, que de cualquier forma no aportaría nada si lograra recordarla, no lo compré, ni me lo robé, ni se lo pedí prestado a nadie. No lo había leído, pues.

A mitad de esta semana, sin embargo, luego de traerlo durante unos días en la cajuela del carro, decidí retirarle el celofán y explorarlo… ¡Y la luz se hizo!

Desde la primera página entendí que estaba perdido y la única forma de sostener mis argumentos en el futuro era mentir arteramente afirmando desconocer la existencia del libro y jurando, sobre la memoria de mis próceres, que mis ojos jamás se habían posado sobre sus páginas.

Una voz interior, a la cual muchos han bautizado con el nombre de conciencia, me advirtió temprano sobre la imposibilidad de tal fuga: en cualquier momento un guiño, una frase, una acotación, un gesto involuntario me delataría y entonces el castigo sería peor.

Además, debo reconocer nuevamente, mi amigo Pepe Mena me lo había advertido tiempo atrás a propósito de una colaboración en la cual intenté convencer al respetable sobre la necesidad de declararnos en huelga de futbol: esto es una adicción que no hace sino crecer con las derrotas, la decepción y el dolor.

Villoro, sin embargo, ha ido más allá: a golpe de argumentos demoledores se encargó de convertir en polvo las convicciones que pensé, como diría Jaime Torres Bodet, haber levantado en mi sobre sillares permanentes.

Toda la racionalidad, toda la intelectualidad y todo el esfuerzo neuronal se fueron al caño con el primer argumento explorado por el autor: el futbol es como una religión en la cual lo que está a la vista no es relevante, sino la promesa de las glorias que vendrán… cuando deban llegar.
De allí en adelante todo fue cuesta abajo. En forma meticulosa el autor de “Dios es redondo” fue desmontando mi argumento, diseccionándolo y demostrando, letra a letra, su inutilidad como arma para el convencimiento colectivo.

Imposible ignorar, por otra parte, que la flecha fue disparada desde una esquina con autoridad para hablar de la irracionalidad de una afición: Villoro es, desde la infancia, hincha del Necaxa.
Me retracto pues, de todos mis argumentos; me desdigo de las afirmaciones pasadas y reniego de toda iniciativa orientada a convencer a nadie de que el futbol nacional es una tragedia.
Es más, ¿quién me invita a ver el próximo partido de la Selección?

¡Feliz fin de semana!

carredondo@vanguardia.com.mx

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Por: Carlos Arredondo Sibaja
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