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Publicado el: 09-Abril-2009
El gobernador Moreira anunció que pronto será posible cruzar Saltillo sin detenerse en un solo semáforo. Los limpiaparabrisas que trabajan en las calles de la ciudad tendrán que cambiar de giro o adaptar su modelo de negocio, pues Saltillo llegó por fin a la “modernidad”. No es casualidad que este oficio no exista en San Antonio, Texas, urbe a la que parecemos empeñados en emular. En esa ciudad tampoco existen los peatones, pero esa es otra historia. El punto es que el gran proyecto de infraestructura vial de esta administración —la construcción de una veintena de pasos a desnivel y de un distribuidor vial en El Indio— se revela por fin como lo que es: un esfuerzo que privilegia la movilidad privada sobre la pública, la velocidad sobre la sustentabilidad, los criterios electorales sobre los técnicos y el corto sobre el largo plazo.
Las ciudades del mundo donde derriban pasos a desnivel se multiplican. Ahí está Boston, Grenoble, Seúl. Las discusiones sobre el tema crecen en Oklahoma, Buffalo, Nashville, Portland, Chicago y muchas más. Tras unos años los gobiernos terminan por reconocer que las autopistas urbanas de alta velocidad son como una cicatriz que divide a las comunidades, y que son insuficientes para albergar al creciente número de automóviles. En Sudáfrica e Indonesia invierten en sistemas de autobuses articulados. En Inglaterra y Singapur cobran por manejar en zonas congestionadas. No hay receta perfecta, pero es claro que derrotar a los embotellamientos construyendo más vialidades es imposible. Al menos no con el paradigma de la megaobra. Si bien los puentes incrementan la velocidad en el corto plazo, también incentivan el consumo del automóvil y facilitan el desarrollo urbano en sitios más lejanos. La combinación del tráfico inducido con los incrementos de distancias hacen que el beneficio de los puentes se evapore rápidamente.
En el mejor de los casos, estas obras trasladan nuestros problemas de congestión a las nuevas generaciones. En el peor, magnifican nuestra contribución al cambio climático.
Nuestros nietos se preguntarán cómo pudimos ser tan inconscientes, tan reacios a hacer nuestra parte. El 30% de las emisiones de carbono que depositamos en la atmósfera son producto del uso de automóviles, y dado el crecimiento del parque vehicular —particularmente de autos usados importados
de Estados Unidos— esta
proporción no va a decrecer. Parece que la visita de Al Gore en julio de 2007 no sirvió de mucho.
Los funcionarios que asistieron a su conferencia no lo escucharon, o no le creyeron. Salieron
del Teatro con la foto del recuerdo, pero igual de comprometidos con un modelo de ciudad poco sustentable.
Es imposible dejar de notar la inconsistencia en un gobierno que gasta miles de millones de pesos en pasos a desnivel pero que invierte centavos en el sistema de transporte público. Si en Saltillo no existe un mapa de las rutas del transporte público disponible para los usuarios, mucho menos un plan concreto para modernizar el servicio. El Fideicomiso del Transporte Público se ha dejado caer y la calidad del servicio deja mucho que desear.
Hace falta liderazgo para transformar al sistema de transporte público en una alternativa eficiente, confiable y segura. Hace falta dinero también, recursos que hoy nos gastamos en combatir a los semáforos.
Habrá quien responda que los camiones no vuelan. Que los puentes benefician igual a los usuarios de transporte público que a los automovilistas. Pero ese no es mi argumento.
Es imposible entender el tipo de crecimiento en la ciudad sin estudiar la infraestructura de transporte. Así como la pavimentación del bulevar Carranza en la primera mitad del siglo 20 abrió el norte de la ciudad para el desarrollo, las recientes inversiones hacen atractiva la construcción de fraccionamientos o de suburbios universitarios en lugares como Derramadero o Arteaga. Esto tiene como consecuencia esparcir a la población en áreas cada vez más grandes, y en las ciudades con baja densidad es muy difícil brindar servicios públicos de buena calidad a un costo accesible. Quien paga los platos rotos es la gente más pobre, la que no puede comprar movilidad privada. Para ellos el camión pasa cada vez con menor frecuencia, con unidades cada vez más destartaladas. Por eso ahorran sus aguinaldos varios años hasta poder comprar su propio coche, y por eso las avenidas se llenan.
Ciudad del automóvil, ciudad de pasada. Sigue la cultura de la megaobra, del corte de listón, del aplauso rápido. Lástima. www.ciudadposible.com