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Publicado el: 12-Septiembre-2009
Como se dice en el argot de la calle, la abogada regiomontana con cierta raíz coahuilense, Silvia Raquenel Villanueva Fraustro, de 55 años de edad, “ya se las debía”. Tan es así, que había engatusado y engañado a la muerte en cuatro ocasiones anteriores a ésta donde ahora sí, la asesinaron. Para que no quedara duda de lo anterior y para que jamás volviera a pararse de su lecho de muerte, fue rematada con el famoso y escalofriante tiro de gracia.
El bullicio dominical de la famosa “Pulga Río” fue silenciado —o mejor escrito, fue alterado con gritos y llantos de histeria colectiva— el pasado 10 de agosto cuando tres sicarios al parecer enmascarados, dieron caza de la litigante, mientras ésta asistía con su hija a comprar café importado en un puesto que frecuentaba en dicha pulga en la ciudad de Monterrey.
Para los que saben de geografía y vida urbana regiomontana va lo siguiente: la “Pulga Río” está ubicada a sólo unas cuadras del consulado americano, del cuartel de la Policía Federal y de las oficinas de la Procuraduría de Justicia del Estado. Sobra dejarlo por escrito: los sicarios cumplieron con su cometido, asesinaron a la abogada Raquenel Villanueva, dejaron un reguero de pólvora, sangre y miedo; huyeron en sus vehículos sin ser molestados del lugar de los hechos y es día que no se sabe de su identidad o paradero. La impunidad es total.
Cuando estuve avecindado en Monterrey, allá por la década de los 90, coincidí con la célebre abogada en un restaurante citadino y dio la casualidad que un amigo mío, con el cual compartiría alimentos y bebidas, la conocía bien y de tiempo atrás. Nos sentamos un rato con ella a platicar y este columnista quedó debidamente impresionado con el manejo del lenguaje, de los tiempos y movimientos de que hizo gala en su esgrima verbal la litigante que con el tiempo, sería etiquetada como “narcoabogada”.
Su fama fue creciendo al parejo de su fortuna personal. También fueron creciendo los odios y rencores que sembró a su paso. Ella lo sabía y acaso ni le inquietaba ni le preocupaba por un motivo: Raquenel —adivino— sabía que, como todos los humanos, estaba de paso en este espacio que llamamos planeta tierra. ¿Qué hizo sabiamente la abogada? Le puso vida y adrenalina a su vida; nada más, pero nada menos.
Antes de morir, Raquenel ya había sido canonizada en vida. El cantante y compositor Beto Quintanilla la había inmortalizado en un corrido que al día de hoy se escucha insistentemente en la radio regiomontana. Esquina-bajan
Ironía de la vida y de los sicarios y cárteles de la droga que no perdonan: el propio Beto Quintanilla —al igual que Sergio Gómez, Zayda Peña y ese “cantante” que afinaba como lluvia de granizo sobre techo de lámina, Valentín Elizalde— fue asesinado. Desgraciadamente, no hay trovador que dé cuenta de su heroísmo, como él dio cuenta de la vida de Raquenel Villanueva. Un socio de Raquenel, el abogado Julio Vargas, fue asesinado en 2006. La tragedia los perseguía.
La abogada, a diferencia de las nueve vidas que tienen los felinos, sólo tenía cinco vidas que gastar. La quinta fue la vencida. En 1998 se salvó de una granada que estalló en su despacho. En 2000 libró una balacera en el Distrito Federal. Cinco meses después fue herida en su propio despacho en Monterrey. En 2001 fue baleada cuando salía del Poder Judicial en la capital de Nuevo León. El quinto atentado ya no lo alcanzó a librar.
Este tipo de gente me cae bien y son a los que admiro: apuestan la vida, no se arredran ni intimidan con nada y su vida es un ejemplo de que a la tierra se vino a vivir, no a vegetar como cientos de miles de humanos que ven pasar el tren desde su mullido sillón familiar. Descanse en paz ahora sí.
Letras minúsculas
El escritor Leonardo Sciascia tiene razón: “Nunca se sabrá ninguna verdad respecto a hechos delictivos que tengan relación, incluso mínima, con la gestión del poder”.