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Publicado el: 07-Noviembre-2009
A veces se afirma que las tradiciones mexicanas están en bancarrota, pasadas de moda y que han sido sustituidas por tradiciones ajenas a la idiosincrasia regional.
La tradición del 2 de noviembre es un ejemplo de ello.
Durante las semanas anteriores a esa fecha las instituciones comerciales promueven las máscaras y disfraces de brujas y monstruos, se reproducen unas infames —por la falta de artesanía y gusto— calabazas de plástico, los “antros” aprovechan para atraer clientela anunciando ofertas para los “jalouines” y no dejan de entrar en la corriente algunas fiestas particulares de disfraces juveniles con premios y admiraciones.
Las instituciones escolares de unos años para acá —no muchos— han iniciado la costumbre en nuestra región de colocar un altar de muertos en las escuelas y los niños juegan a eso, se divierten con el papel de china y los dulces que llevan a un altar donde no se sacrifica nada —altar es un lugar donde se hace algo sagrado— y se comen las calaveras inofensivas de azúcar. Es una actividad carente de significado para nuestros niños y nuestra cultura, una más de las simples curiosidades que se exhiben como muestra de estudio de la cultura de otros pueblos, ni es muestra, ni es estudio ni se explican los significados trascendentes de una cultura.
Este par de ejemplos de diversión no son ejemplos de tradiciones nuestras, ni son costumbres de toda la sociedad, ni mucho menos amenazan a la tradición saltillense de visitar a los antepasados llamados paradójicamente “fieles difuntos” a los cementerios.
Esa sí es una tradición cultural que llena las condiciones de una venerable costumbre. Una costumbre, para que sea tradición, tiene que ser centenaria, no una moda efímera, transitoria producto de la comercialización de productos o de las ideologías sexenales que hacen significativo un capricho de la señora del Presidente o del Secretario de Educación en turno. La visita al cementerio es una tradición revivida cada año desde hace siglos.
Si usted acude a cualquier cementerio saltillense por los días de “los fieles difuntos” y observa los rostros, las voces y el modo de comportarse de los visitantes descubrirá un ambiente de seria solemnidad, que no se debe al temor sajón a los antepasados, sino una profunda veneración de los ancestros y familiares con quienes mantienen vínculos de gratitud y cariño. Por ello es una tradición viva, llena de expresiones significativas, que hace el milagro de que las tumbas florezcan y el cementerio sea un altar donde florece la esperanza.