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Publicado el: 07-Noviembre-2009
El número de suicidios en Saltillo y en otros lugares aumenta cada año.
Un 22 por ciento de los jóvenes estudiantes de la UAdeC en Saltillo piensan seguido en el suicidio. No pretendo juzgar a quienes han cometido un suicidio, sólo Dios sabe las circunstancias que llevan a cada persona a cometerlo. Quizás en ese momento no pudieron, o nadie les ayudó a ver más alternativas. Sin embargo, tampoco debemos presentar en los medios el suicidio sin reflexionar y advertir sus consecuencias.
Solemos actuar por contagio y la difusión del suicidio —sobre todo en los jóvenes— lo puede convertir en moda o en un ejemplo de alternativa a tomar como ha ocurrido en otras sociedades.
Los “emos” llevan la tristeza al extremo, “son capaces de lastimarse y flagelarse antes de permitirse el dolor del alma y tienen tendencias al suicidio”. Hay muchos “emos” en potencia.
El diccionario de la Real Academia hace la definición más estúpida del suicidio: Acción o conducta que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza”. El suicidio representa un desprecio al más valioso don que hemos recibido, el privilegio de vivir la vida y todo lo bueno que hay en ella.
Los suicidios dañan a los familiares y a éstos no les gustaría que otras personas pasaran por lo mismo.
No podemos decir que sea un acto de valentía, más bien una falta de confianza para seguir adelante, una falta de conciencia de que toda vida es valiosísima, útil y única. Los suicidios son —entre otras cosas— un efecto de la cultura que pregona “el placer es lo más importante, no tenemos por qué aguantar ningún sufrimiento”. La filosofía de los epicúreos está bien implantada en nuestra sociedad: la comodidad ante todo, el mínimo dolor.
Se lleva a la práctica la canción de “la vida no vale nada”. Se valora menos la vida y de ahí proviene tanta eutanasia y suicidio. Pareciera que el lema es “si estás padeciendo es preferible morir”.
Como dijo Martín Descalzo: “Hay quienes por evitar sufrir ya están muertos en vida… La indiferencia es un suicidio sin sangre, la renuncia a la lucha, la amargura de quien se da por vencido antes de comenzar”.
Muchas veces ante los problemas pensamos que el panorama seguirá oscuro todo el tiempo. No se nos ocurre que —mas rápido de lo que creemos— olvidaremos lo que en ese momento nos parecía una tragedia irremediable y que de nuevo estaremos disfrutando de los placeres de la vida. De la música, de la comida, de la familia, los amigos, etc. La vida tiene momentos de placer y de dolor, ambos deben ser aceptados cuando llegan. Lo que sucede es que al sufrimiento casi nadie lo quiere, el sufrimiento también sufre de discriminación: se le rechaza, no se le tolera ni se le encuentra sentido. Cuando se le encuentra un sentido a este padecer y un propósito a la vida, es cuando ésta retoma su valor.
Buscamos la repuesta a la pregunta que lanzó Víctor Frankl, ¿y usted, por qué no se suicida? Y al responder encontramos un por qué y para qué seguir luchando y existiendo. Hay quien le da sentido a su dolor ofreciéndoselo a Dios y confiando en que va a servir para algo o alguien. Algún otro puede encontrarle sentido a la vida buscando realizar un sueño, una misión, una afición, o simplemente por amor a su familia. Que cada quien piense ¿para qué vivo?
jesus50@hotmail.com