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- Columna
Luego de 40 años
Publicado el: 05-Octubre-2008
Apenas transcurrido el emblemático 2 de octubre —que recuerda la irreverencia juvenil de los años 60—, pareciera que cuatro décadas después del memorable 1968 no hubiera pasado nada.
Un joven le grita “espurio” al Presidente, luego de recibir el premio de la juventud y de negarle el saludo. Otro interroga a Felipe Calderón sobre las libertades que pregona el Mandatario, como si se viviera una dictadura. En el Zócalo capitalino, el GDF captura a un grupo de vándalos juveniles que pelearon con la policía, asaltaron comercios y mancharon la celebración del 2 de octubre. Según videos, son porros a sueldo. Y un par de ladrones jóvenes son capturados por la policía, dentro de una bóveda que robaban y que por accidente se cerró.
Los cuatro ejemplos —más allá de la consabida carga mediática de cada uno de los casos, y que brinda los cinco segundos de fama a cada cual—, dejan ver que según la óptica juvenil, la realidad de hoy no está lejos de la realidad de hace cuatro décadas.
El espurio
Más que sorpresa, curiosidad, noticia o mero espectáculo, el que un joven adolescente le grite “espurio” al presidente Felipe Calderón debía ser visto como una expresión natural, incluso saludable en un joven de la edad y el talento de Andrés Gómez. Y es que aquellos que olviden que la irreverencia, la escasa sensatez, el arrojo, y la temeridad —empezando por el presidente Calderón y pasando por las voces timoratas que se escandalizan porque un joven le grita “espurio” al Presidente—, son parte natural de las mocedades y debían ser vistas como eso, como una expresión juvenil natural.
Más que una supuesta falta de respeto —que fue lo primero que algunos argumentaron, como si decir lo que se piensa y lo que se cree fuera un pecado que deba esconderse—, lo que debe preocupar al Gobierno, a los partidos, y sobre todo a los competidores en las elecciones de julio de 2009, es que el engaño colectivo del supuesto fraude —sembrado a partir del 2 de julio para justificar una derrota dolorosa para millones de seguidores—, sigue vivo en amplios sectores sociales, en muchos jóvenes, que lo han transformado en religión.
El odio sembrado, la polarización, el resentimiento por una derrota explicada no por los errores propios, no por los desaciertos y el liderazgo autoritario y la soberbia mesiánica, sino por el supuesto fraude, parece que se convirtió en faro que marca el rumbo de sectores amplios, para los que no existe explicación alguna, argumento que valga, sino que sólo vale su convicción personalísima de que Felipe Calderón no pudo haber ganado por otra vía que no fuera la del fraude. Y por eso es un presidente espurio.
El caso de Andrés Gómez, el joven e inteligente premio de la juventud —como el de muchos otros mexicanos de todas las edades, géneros y credos—, confirma que la pasión suele aplastar la razón. Pero sin duda que expresar lo que se piensa y se cree es una de las libertades fundamentales en democracia —sea expresado ante el presidente Calderón o ante quien sea—; la libertad de expresión, que como vimos, en México goza de una salud que nadie puede negar como aceptable.
¿No hay libertad?
Lo preocupante, en todo caso —y precisamente al conmemorar el 40 aniversario de la matanza del 2 de octubre de 1968—, es que otro joven, y en mismo evento, también gritó que en México no existen libertades, al tiempo que el presidente Calderón hablaba precisamente de las libertades ganadas luego de la noche de Tlatelolco. ¿De verdad alguien puede decir que no hay libertades en México? ¿Con las libertades de qué democracia podíamos comparar las libertades que existen en México?
Si retrocedemos cuatro décadas, no existe punto de comparación entre las libertades que existían en el México de Díaz Ordaz en 1968, y en el México de hoy. Pero tampoco podemos cuestionar a Marco Virgilio Santiago —quien gritó que en México no hay libertad, cuando hablaba el presidente Calderón—, porque a pesar de que la naciente democracia electoral mexicana detonó el ejercicio de libertades básicas ausentes apenas hace unas décadas, lo cierto es que para los jóvenes el futuro —en México y en casi todas las partes del mundo—, es incierto y nada halagüeño.
Hace 40 años, concluir una carrera universitaria —en casi cualquier disciplina—, era no sólo símbolo de estatus y ascenso social, sino que para buena parte de los profesionistas era garantía de un empleo bien remunerado. Hoy no basta con licenciatura, maestría y doctorado, porque las oportunidades de empleo y desarrollo para los jóvenes son limitadas, ya no se diga para aquellos que no cuentan con una carrera profesional.
¿A qué libertades se refería Marco Virgilio Santiago? Parece que el problema no está en la carencia de libertades, sino en lo limitado de los derechos. ¿De qué estamos hablando? Está claro que está limitado el derecho que tienen todos los ciudadanos, por ejemplo, a un empleo bien remunerado, a mejores condiciones de vida, a una casa, a niveles de bienestar básicos para todos, sobre todo para los jóvenes y recién egresados de una carrera profesional.
Está claro que el “candidato del empleo” no se transformó en el presidente del empleo y que esa promesa de campaña no fue más que un mensaje demagógico. Fracasó el presidente del empleo. Pero la carencia de empleos, de mínimos de bienestar, de oportunidades de desarrollo para todos, no significa la inexistencia de libertades.
Porros a sueldo
Y precisamente durante una de las manifestaciones para conmemorar el 40 aniversario del 2 de octubre de 1968 —y para recordar a los caídos—, apareció una expresión juvenil que pretendió mostrarse como espontánea y producto del hartazgo juvenil. Un grupo de jóvenes bien identificado, liderado —entre otros—, por Dider Salgado, agredió a la policía, a otros manifestantes y causó destrozos y robos a comercios del Centro Histórico.
Al parecer el gobierno del Distrito Federal sabía de la existencia de esos porros a sueldo, y por ello diseñó un operativo policiaco para detener a los responsables, a quienes se identificó mediante una bien diseñada estrategia mediática para filmar todo lo que ocurría al paso de la manifestación por el 2 de octubre. Se descubrió que los provocadores no eran un grupo espontáneo de jóvenes que protestaban por tal o cual causa, eran verdaderos porros a sueldo, que se movían con una logística ya prevista, que luego de las agresiones se concentraron en lugares determinados, donde se mudaron de roda y hasta se pintaron el pelo, para luego pasar desapercibidos entre la manifestación.
¿Quién paga a esos grupos de provocadores? ¿Para qué? ¿Quién está detrás? Queda claro que existen grupos de poder a los que importa hacer creer a la sociedad que entre sectores juveniles hay inconformidad y un germen de violencia. Para fortuna de todos, el gobierno de Marcelo Ebrard no se tragó el anzuelo y diseñó un operativo que llevó a prisión a una veintena de vándalos a los que someterán a proceso judicial. Pero además, según Marcelo Ebrard, se investigará hasta dar con los autores intelectuales.
Ladrones bobos
Pero tampoco se puede negar que amplios sectores sociales, sobre todo jóvenes, han sido empujados a la delincuencia en mayor o menor escala. El crimen organizado, y su brazo más violento, el narcotráfico, tiene a su disposición un ejército de jóvenes dispuestos a todo por salir de la miseria, incluso se juegan la vida, si se trata de dinero fácil y abundante. Pero la impunidad en la persecución de los delitos ha llegado a otros al robo y el asalto en menos escala, como es el caso de dos jóvenes ladrones que entraron a la bóveda de una casa de empeño, para robar las joyas, pero quedaron atrapados cuando se cerró la puerta.
aleman2@prodigy.net.mx
WEBLOG: http://blogs.eluniversal.com.mx/laotra/

WIKIO

Por: Arqui Axter Salter
Al fin algo de cordura en un comentario.