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Publicado el: 05-Noviembre-2009
Hace algunos días, mi compañera de plana, Clara Recio (todo mundo lo sabe, poderoso heterónimo de la maestra Lucía Teissier), tituló una espléndida saga de columnas “El habla de Valle-Arizpe”. Desde el título se adivinó el contenido de las mismas: la editorialista desmenuzó y analizó los textos de don Artemio de Valle-Arizpe vía su escritura. Es decir y en poca palabras, realizó un asedio hermenéutico.
Las columnas arrojaron aristas insospechadas y como todo lo escrito por doña Clara Recio, fueron textos de colección. Y lo anterior se emparienta asimismo con una sección que dentro de su columna tiene el erudito Alfredo García Valdés. El poeta García Valdés nutre periódicamente los “Nuevos proverbios saltillenses” y lo mismo han aparecido citas, frases y aforismos de Armando Sánchez Quintanilla o Armando Meza, que de políticos de baja estofa y claro, este columnista quien involuntariamente ha contribuido a dicha sección del maestro Alfredo.
El rompecabezas empieza a formarse: tanto la maestra Lucía Teissier como don Alfredo García, son los editorialistas más comprometidos con el lenguaje y sus minucias. No sólo escriben bien, sino que tratan de llegar a la perfección. El dictado tiránico del diarismo no tiene por qué estar reñido con la prosa ancha y florida de nuestra bella lengua. Mis ya citados compañeros son prueba viviente de que, efectivamente, se puede lograr.
Viene la tercera pieza del puzzle y comenzamos: tanto la lectura de la saga de la maestra Recio, como la colección de proverbios de Alfredo, han vuelto a renacer en este columnista un proyecto ya acariciado por quien esto escribe; proyecto que sobra decirlo, jamás he terminado. El proyecto disparatado es el siguiente: escribir un diccionario, una especie de lexicón, un vocabulario de voces del norte de México y Estados Unidos en general y del Noreste, de Coahuila y Saltillo en particular.
Traducido al cristiano sería lo siguiente: recoger, analizar, ordenar y disponer un vocabulario con todas aquellas palabras, ecos, ripios, voces y expresiones fonéticas que son propias, nativas y que aún —para fortuna nuestra— se usan como vía eficaz de comunicación en esta parte del mundo.
Ejemplifico con lo siguiente: ¿alguien sabe lo que significa la expresión “pajuelazo”? o bien, ¿“Jijo de la Jijurria”? Si me pongo a escribir lo siguiente: “El zoquete andaba bien erizo y ya luego se hizo el sarazo. Sólo para caer en el zumbido”. ¿Alguien no entendió lo anterior que es más claro que el agua de Tlacote?
Esquina-bajan
Este diccionario, este vocabulario tiene años hirviendo en mi afiebrada mollera y claro, por falta de tiempo, recursos económicos (mi casero es implacable y lejos de querer escuchar mis problemas literarios, exige su justo pago de mi renta, por siempre retrasada. Al día de hoy debo tres meses) y en menor medida el factor tiempo, no he podido llevarlo a buen puerto: es decir, escribirlo, recopilarlo.
Hay un libro pretérito, aunque breve. Hacia 1970 Ildefonso Villarrello Vélez editó en Ediciones Mástil un opúsculo de magro tiro y escasa circulación: “El habla de Coahuila”. Documento importante. En su “Diccionario de mejicanismos”, Francisco J. Santamaría cita a don Artemio de Valle-Arizpe y a Vito y Miguel Alessio Robles, con trabajos lexicográficos pioneros en el tema. En Monterrey, Ricardo Elizondo publicó su “Lexicón del Noreste de México” en 1996. Obra editada por el FCE.
No todo está en Internet(a). Reto al lector a traducir al cristiano lo siguiente que aún se espeta en cualquier barrio de abolengo de Saltillo (Ojo de Agua, Comandante Leza, Maclovio Herrera, etcétera): “Al tunante le dieron una sanjuaniada de aquellas. Luego le dio el telele y terminó todo tatemado con chimisturria…”.
Letras minúsculas
Insisto, más claro no se puede en esto del verbo y los piensos…. Continuará.