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Daño colateral

Publicado el: 07-Noviembre-2009

Las crisis, particularmente las de carácter económico, suelen comportarse como las guerras: cobran víctimas —en gran número a veces— en segmentos poblacionales no relacionados con el problema o no involucrados en el conflicto.

Los estrategas bélicos suelen referirse a tales individuos como “víctimas de guerra”. Los más cínicos utilizan el término “daño colateral”.

Todos estamos permanentemente expuestos a la posibilidad de convertirnos en parte de las estadísticas del daño colateral, sea porque nos encontremos a bordo de un vehículo devorado por una zanja mal tapada, o porque estemos de vacaciones justo en el lugar escogido por un grupo terrorista para recordarle al mundo su existencia.

Pero no solamente los conflictos bélicos o la mala suerte pueden convertirnos en víctimas de guerra, sino también, como lo demuestran claramente las estadísticas recientes, la traumatizante realidad económica que nos ha tocado vivir.

Usted pudo haber hecho todo bien a lo largo de su vida productiva, es decir, gastar menos de lo que gana, consecuentemente ahorrar, eliminar los gastos suntuarios, contar con una serie de seguros para todo mal, usar las tarjetas de crédito con más precaución que una frasco de nitroglicerina… Pudo haber hecho todo lo anterior y, a pesar de eso, verse de pronto convertido en uno de los damnificados del despelote provocado por los corredores de bolsa adictos a la adrenalina que provoca apostar el dinero ajeno a la improbable posibilidad de que las hipotecas puedan apilarse sin límite y sin que a nadie le preocupe nunca tal circunstancia.

Así pues, un día cualquiera usted se desayuna con la noticia de que su fondo de retiro se ha esfumado porque la Afore donde tenía depositado el dinero fue evaporada por la onda expansiva generada por una hecatombe nuclear venida de muy lejos.
 
Uno ni siquiera sabe cómo es físicamente una “acción” de ésas que se compran y venden diariamente, por contenedores, en las bolsas del mundo; carece de la menor pista para comprender el funcionamiento de los índices bursátiles y tampoco tiene interés en dichos menesteres.

Justamente por eso se dedica mejor a otras cosas, como acicalar los perros de los corredores de bolsa o reparar las máquinas de ejercicio de los gimnasios a donde acuden los workcoholics que laboran en las instituciones bancarias encargadas de cuidar nuestros exiguos recursos.

Y en última instancia, a nosotros ¿qué nos importa si los hermanos Lehman pasaron a chupar faros en eso de contarse entre las personas más ricas del mundo?
¡Nuestro dinero no estaba en su banco! Pero en esta cadena de piezas de dominó en que se han convertido las finanzas globales, que un empresario tropiece con una cáscara de plátano en una acera de Kuala Lumpur puede terminar provocando que nosotros perdamos nuestro empleo tres semanas después, debido a una reestructuración del “holding” que poseía la mayoría accionaria del taller de tornos que nosotros pensábamos era propiedad de don Cornelio.

Así le ha pasado a muchos con ésta, la madre de todas las crisis vividas por la humanidad y que se ha caracterizado por cobrar la vida de titanes considerados invencibles, imprescindibles para el sostenimiento de la vida como la conocemos.

La crisis no comenzó allí, pero el tsunami provocado por el megabroncón hipotecario acabó con dos de los buques insignia de la marina imperial norteamericana: el USS-GM y el USS-Chrysler.

Las armadoras eran consideradas, como el Titanic, a prueba de naufragios e imposibles de ser enviadas al fondo del mar… Como bien sabemos, sólo hace falta un iceberg de buen tamaño, ubicado en el lugar preciso, para lanzar por la borda tales afirmaciones.

No son, sin embargo, las armadoras estadounidenses el daño colateral más importante que, desde mi punto de vista, ha generado esta crisis. Las víctimas de guerra cuyo caso me parece más lamentable son los jubilados varones de General Motors.

¿Por qué digo esto? Porque de acuerdo con una reciente noticia difundida a través de la red, una de las consecuencias de la quiebra de General Motors fue el retiro de ciertos beneficios de salud a sus jubilados, tales como reemplazo de lentes, dentaduras postizas, gastos hospitalarios y ayuda para la adquisición de medicamentos.

Y en este último apartado se ubica el problema principal de todo este asunto, pues uno de los medicamentos para cuya adquisición recibían ayuda los jubilados de GM es el Viagra.

Ahora al retiro del trabajo diario, al cual se hicieron acreedores gracias a un esfuerzo permanente, los jubilados de GM deben sumar un “retiro forzado” de los campos de batalla del amor… O, con suerte, un retiro parcial derivado de la dificultad para adquirir municiones.

Lo dicho: las crisis económicas suelen comportarse como las guerras, generando “daños colaterales” en frentes insospechados.

¡Feliz fin de semana!

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Por: Carlos Arredondo Sibaja
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