Raro, pero eventualmente los políticos se conducen con la verdad.
La regla es otra, pero las excepciones tampoco son tan anómalas. De cuando en vez la casta divina de México se apega a la realidad para hacer alguna declaración.
De allí que si el Gobernador manifiesta que los panistas son unos “señoritingos” y “braguetas persignadas”, tampoco es cosa de refutárselo en automático.
Lo razonamos un momento y reparamos que en efecto, la tijera con que se recorta al panista común les suele dejar un inconfundible perfil de “señoritingos y braguetas persignadas”, si con esto se quiere dar a entender que poseen una moral timorata y una pudibundez que raya en la gazmoñería.
Conozco a varios panistas y un buen número de éstos, si no es que la mayoría, tiene esa ilusión de superioridad moral que los hace creer que de verdad saben lo que más le conviene al resto del rebaño humano, porque suponen además tener una comunicación especial con el Supremo (y no hablo de Felipe Calderón).
Pero tan pedestres y ordinarios como el que más, los panistas sólo tienen esos extraviados delirios de preeminencia moral, hecho que no obstante es del completo dominio público.
La artificiosa moralidad panista es tan consabida, que el comentario de Humberto Moreira no puede de ninguna manera pasar por una observación aguda o ingeniosa, sino que cae en el lugar común. (Quizás como insulto funcione, si nos explica entonces qué sería lo opuesto a un “bragueta persignada”, cualidad que por lógica implícitamente presume).
Yo de cualquier manera pugnaría para que “mocho” y “panista” no sean empleados en una misma oración y así evitar el pleonasmo.
La declaración de Moreira resulta entonces: ¿instigadora?, sin duda; ¿verdadera?, relativamente; ¿original? ¡Pero ni en sus más guapachosos sueños!
Aún así, con su moralina y todo, los panistas también abren la boca para decir alguna verdad eventualmente.
Según yo, al Senador Guillermo Anaya no le faltan razones para exigir transparencia en torno al citado y multidichoso programa del Monedero de la Gente.
Yo por lo menos, en mi pura calidad de ciudadano, tengo mucho interés en conocer la inversión, alcances y probables irregularidades de tan controvertido programa.
Y por más que insista el Gobernador en que es ocioso inquirir a su administración al respecto, que todo tiene un ánimo antagónico, que sólo es un pretexto para entorpecer su trabajo, la verdad es que –aunque ese fuera el caso- no hay excusa, ni una sola plausible, para mantener en secreto datos que son necesariamente de carácter público.
¿Y para qué carazos sirven estos datos al ciudadano común? Para dar una evaluación realista a su Gobierno, para tomar mejores decisiones a la hora de los comicios, para conocer cuál es nuestra realidad simplemente. De hecho, la búsqueda de información pública no tiene por qué estar justificada.
La defensa que el Humberto Moreira ha hecho de los desvíos cometidos con este programa de asistencia social mal entendida es, sin más, ridícula.
Justifica el descontrol, la discrecionalidad, el usufructo político, el abuso y la ilegalidad con todas sus letras culpando otra vez a la administración federal, como si él y su gobierno quedarán, por la pura fuerza de su bravuconería, eximidos de toda responsabilidad.
Hay algo que nos ayudaría a entender la actitud hostil del Gobernador de Coahuila:
Todos, cuando cursamos la escuela (y el Gobernador como maestro que se presume debe saberlo) tuvimos en el salón al consabido payaso de la clase, ese que siempre tiene una frase fuera de lugar, una contestación beligerante pero ocurrente, una respuesta graciosa para tapar su total ignorancia.
No falla, en cuanto se le hace una pregunta seria tiene el comentario mordaz listo para repeler cualquier debate que pudiera exhibir que no tiene ideas con que argumentar.
Y claro, a falta de razones, la salida recurrente de estos especímenes siempre será espetar un insulto, una descalificación, un “braguetas persignadas”.
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