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Casa Fiore

Publicado el: 12-Julio-2009

El bullicio citadino da paso a un rumor de viña despertando apenas cruzar la reverdecida veredita hasta la puerta de la Casa Fiore. Mechudos helechos y sombrillas enramadas se yerguen gobernantes sobre los abundantes arcoiris de flores.

Tanto el jardín frontal, como el jardín interno de la sala -un lujo oxigenante- como el jardín ulterior, componen un lozano pulmón capaz de perpetuar la mañana fresca hasta deshoras. Idílicos sitios para disfrutar una buena comida. Lo mismo el interior de la casa, donde la sala, el comedor y una suerte de ático se iluminan por generosos ventanales.

Pero el corazón de este hogar público sembrado en medio de un jardín, es su cocina, de la que emanan los inciensos de la buena comida casera para pasearse seductoramente por todos los espacios.

El menú es toda sencillez. Por la mañana se sirven frutas de temporada con yogurt o queso cottage, chilaquiles con pollo, enchiladas suizas o rojas, molletes, machacado con huevo, queso panela en salsa de tomate, sopes, omelettes y huevos al gusto.

Por la tarde se ofrecen crepas de pollo, huitlacoche o espinacas champiñones y tocino, ensalada fresca de la casa, ensalada de pollo, ensalada de atún, taquitos de champiñones, tortas de pierna, tostadas de pollo y croissant de jamón con queso y almendras.

Llegamos a una caprichosa hora frontera entre el desayuno y la comida, así que el buen –y otra vez cumpleañero- Lázaro, la Violeta y su servidor, probamos un poco de cada apartado. Abrimos con los sopes Fiore. Los disfrutamos antes de que llegaran a la mesa, porque el olor de la masa fresca nos había alcanzado hasta el jardín trasero.

Tres deliciosos sopes gruesos, suaves, de exquisita y entera consistencia y cocción perfecta, aunque un tanto grasosos, rellenos uno de champiñones, otro de un aromático y bien condimentado chilorio y uno más de chicharrón en salsa verde, todos gratinados con tres quesos, que sirven en una presentación más que delicada se diría que cariñosa, con árbol de perejil erguido entre ellos.

Ordenamos luego un queso en salsa que fue un panela sutil en salsa roja. Se podía hacer mucho por las tortillas que resultaron ser lo único que carecía en la mesa del sello fresco de recién hecho.

Enseguida pasamos a las crepas que presumían de su consistencia ideal con rellenos de espinacas, champiñones y un carnoso huitlacoche que hicieron gala de frescura y con ella de la intensidad de su sabor intacto. Tuvimos todavía valor de compartir unas enchiladas que me dejaron agradecido con su generosísimo manejo del queso en general.

Las fibras de lo real en todos los platillos. Temperaturas adecuadas. Presentaciones amables. Porciones generosas. Escrupulosa limpieza. Calidad y frescura de ingredientes. La fina cocina casera de doña Florinda Boone, cuidadosamente trabajada y bien lograda, es con toda sinceridad un agasajo.

Y aunque la espera valió la pena, hay que decir que fue larga. Quizá sea por la misma naturaleza de la cocina o la insuficiencia de trabajadores en el servicio, pero los tiempos distan mucho de ser cortos. También sería oportuno ampliar un tanto el menú de bebidas y el de entradas, para dar cabida por lo menos a un par de sopas.

Al margen de pequeños detalles, las grandes virtudes que definen una experiencia placentera de comida son atesoradas aquí con sabor y calor de hogar.

cmisperos@vanguardia.com.mx

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Trotagustos

Por: Carlos Mísperos
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