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Camarones dormidos

Publicado el: 07-Noviembre-2009

Le cambió de nombre a la corriente el príncipe visitante.

En su peroración, los camarones dormidos fueron llevados por un tsunami mayor que la típica corriente.
Usó, sustantivado en género femenino, el verbo de la más devastadora crecida en el río semántico de la comunicación verbal mexicana.
Surgieron las risas de los presentes, que no supieron si había sido alguna travesura mecanográfica de quien le tradujo el discurso o una ocurrencia principesca de último momento.

La aplicación del refrán costeño exhibe a los distraídos, a los que dejan de defenderse y pelear y resisitir y son arrastrados. Señala a los que dejan ir las oportunidades, a los que ponen ocio en lugar de trabajo.

El contexto inmediato era el de la lucha que defiende los sistemas ecológicos, adoptando medidas a tiempo: pero ya hubo quien lo aplicó —maliciosa y certeramente— al somnoliento modelo de desarrollo, que ya lleva varias brazas de arrastre por la ola mencionada.

Camarones dormidos se encuentran no sólo en el terreno de las decisiones ecológicas sino en el de las decisiones camarales y las rectificaciones empresariales. La corriente (con su sobrenombre creado por estirpe holandesa) se lleva ya un buen cardumen de camarones durmientes que ponen los medios a medias, a toro pasado y tapan pozo después de niño ahogado.

La llevada de esta corriente tan vernácula —mencionada por el príncipe— se asoma en la nueva situación económica, fruto de un gran bostezo legislativo en la zozobrante barca camaronera  diputadil y senatorial. También se atisba en quienes quieren reprimir delincuencia cometiendo delitos y preanunciando eliminaciones.

Cada camarón debe vigilar su sueño, no sea que, en una pestañeada, sienta llegar la corriente que recibió rebautismo principesco en estas tierras y no encuentre agarradera posible.

La visita real holandesa dejó la esperanza de encontrar más petróleo e hizo una folklórica advertencia —en lenguaje muy inteligible— para aprender a estrenar despertadores que eviten ese levantón de la ola maléfica, de cuyo nombre todo mundo se acuerda cuando siente que se lo está llevando... Gracias, Alteza, por recordarnos, en ríspida edición holandesa, nuestro viejo refrán agudizado...

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Claraboya

Por: Luferni
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