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¡Coraje azteca!: Carlos Salcido, de lavachoches a crack

Salcido fue deportado tres veces de Estados Unidos buscando realizar el sueño americano; ahora el futbol le ha realizado sus más grande deseo: triunfar en el mundo

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viernes, 28 de noviembre del 2008

    "Dicen que el hambre agudiza el ingenio.
    Quizás yo sea el ejemplo". Aunque ahora es millonario y los eruditos deportivos le elogian como uno de los mejores defensas del momento, tanto que desde que ingresó en el PSV tras el Mundial de 2006 ha jugado en todas las posiciones posibles de la zaga "sin desentonar, aunque por donde mejor rindo es por la izquierda", Carlos Salcido está marcado "a fuego" por una niñez y adolescencia de espanto.

    Cuando su madre, María Flores Ruiz, murió a causa de cáncer apenas contaba nueve años. La pérdida fue tan dura que el clan Salcido se desgajó y los lazos familiares prácticamente se desintegraron.

    "Lo primero que hace siempre que viene, es visitarla, ir a verla al panteón; allí recuerda los valores que le inculcó, que la paciencia y el trabajo diarios tienen su recompensa", asiente don Pablo, su padre, que carga y descarga muebles de sol a sol. Hartos de una vida sin esperanza, los hermanos mayores probaron fortuna en Houston, al otro lado de la frontera.

    Carlos, el penúltimo de seis, se fue "con 14 añitos" a Guadalajara. "Durante dos años fui lavacoches, aunque también caía algún camión de vez en cuando. La verdad es que era un buen trabajo. A mí me gustaba mucho", asegura Salcido. "Pero mis pies empezaron a resentirse por el agua y por el uso de las botas de hule, así que tuve que dejarlo más a la fuerza que queriendo".

    Mientras iba de un lado a otro, de una fábrica de vidrio soplado a una ferretería, de una carpintería "a un lavadero de carros, haciendo trabajos normales, cosas normales", el azteca, internacional absoluto desde su debut en septiembre de 2004, intentó cruzar en tres ocasiones, como un "espalda mojada" más, "como uno de tantos", el desierto que separa México del sueño americano.

    Las tres veces que lo intentó le descubrieron y le deportaron. Entretanto, Salcido, que nunca pensó que sería futbolista, jugaba a nivel amateur hasta que Ramón Candelario, ojeador del Chivas, le descubrió por casualidad a los 20 años: "Unos amigos suyos iban a hacer unas pruebas, pero les faltaba un jugador. Y, mire por dónde, descubrí una mina de oro".

    Salcido, que en sus comienzos dentro de los campos llaneros era delantero, jugó con una licencia falsa en aquella ocasión, y lo hizo tan bien que recibió una oferta en ese mismo momento.

    "Le dije a Ramón que vivía con una tía y si no llevaba dinero a casa no comíamos. Él me replicó que tenía condiciones y, ese día, me dio mil pesos para que me diera cuenta que con el futbol me podía ganar la vida", recuerda el defensa central del PSV.

    Así, de repente, Salcido alcanzó la élite del futbol mexicano como un verdadero meteorito. Tan sólo paso un año en la liga de ascenso y después debutó en Primera Divisón Mexicana y comenzó a batir récords: en 2005 se convirtió en el profesional con más minutos jugados en el mundo.

    "El futbol me ha dado madurez, me ha hecho fuerte. He demostrado que valía para esto. Por eso di el salto a Europa. Yo sólo quería jugar aquí. No vine por dinero (cobra 3.8 millones de euros anuales, uno menos que el del Barza, Márquez) porque en mi tierra cobraba lo mismo, sino para hacerme alguien. ¡Yo quería ser campeón, compadre! No lo había sido ni el barrio, y ansiaba ver qué se sentía".

    La adaptación no fue sencilla: "A los 15 días de llegar a Eindhoven estaba desesperado. Me sentía abandonado. Sin conocer a nadie, sin saber qué hacer, salía a caminar por el centro de la ciudad y me metía a comer en un McDonalds o un Kentucky Fried Chicken -apenas les separan diez metros-, porque era lo más fácil", explica.
    Sin saber expresarse para llegar al estadio, remató la faena llegando tarde a su propia presentación con el PSV, con el que tiene contrato hasta 2012. Ronald Koeman, que después le reclamaría para el Valencia, empezó utilizándolo solamente 45 minutos.

    "Mejor que fuera así. Yo no tenía fuerzas. Con lo que había comido durante esos días no daba para más. Pero poco a poco me gané el puesto, y ya gané las dos últimas Ligas holandesas y la Supercopa de los Países Bajos de este verano. No está nada mal para empezar, pero todavía no me he saciado. Toca la Champions", se despide sin olvidar el vacío y el hambre que ha pasado.

     "Algunos parientes me llaman ahorita para que vaya cuando quiera y me conviden a algo. Ya no hace falta tanta atención. Antes sí la necesitaba. Antes ni los de la familia se nos arrimaban. Ahora, se puede hacer una idea", se despide su padre, "El Cubano" Salcido, central del Ocotlán de Tercera en la década de los 70.