OPINIÓN

Vigencia de Coriolano

domingo, 29 de julio del 2012

Sois gentes muy raras
cuando habláis de vuestros
sufragios.

Cominio, en: “Coriolano”. William Shakespeare.

Dadas las circunstancias actuales, me acerco a “Coriolano” (1608), una de las cuatro obras “romanas” de Shakespeare —las otras son “Julio César” (1599), “Antonio y Cleopatra” (1606) y “Timón de Atenas” (1608)— y encuentro no pocas similitudes con lo que sucede en nuestro país, y en el mundo, en este momento.

Como suele ocurrir en las obras históricas de Shakespeare, hay que proveerse de ciertos antecedentes para comprender cabalmente la historia que se nos cuenta y la intriga que, como hiedra, trepa por la trama. Bástenos saber, por lo pronto, que el episodio fue tomado del griego Plutarco (“Vidas Paralelas”) y que los hechos suceden en el periodo republicano de la Roma antigua. Recordemos que Roma fue inicialmente una monarquía; a ésta sucedió la república y ésta desembocó en el imperio.

Coriolano es el nombre de un patricio romano, protagonista de esta tragedia presuntamente última de Shakespeare, pero éste es un sobrenombre; el de su nacimiento era Cayo Marcio. Fue llamado “Coriolano”, gracias a las victorias guerreras que impuso al pueblo de los volscos, “italiano” también, pero entonces enemigo de los romanos. Corioles era el nombre del territorio de los volscos, de ahí el sobrenombre aplicado a Marcio por sus conciudadanos. Aún no estamos aquí en la época de los emperadores magnánimos, como Julio César o César Augusto, o patéticos, como Nerón, Calígula o Heliogábalo.

Antes suponía que este personaje era uno de esos adustos guerreros romanos labrados casi de una pieza: o iracundos siempre o siempre de juerga luego del combate, rodeados de cortesanas, sirvientes y lambiscones. En una palabra: la imagen del Hollywood mercantil. Cuando uno lee a Shakespeare y se acerca a estos personajes, descubre infinidad de matices y claroscuros, a pesar o más allá incluso de una mala traducción. La que leo ahora está hecha en prosa cuando el original fue escrito en verso, y en un verso que refleja los requiebros de la personalidad de las “dramatis personae” y de los azarosos acontecimientos que componen esta historia. El verso empleado en la obra nada tiene que ver con el de “Noche de Reyes”, por ejemplo, o con el de “Hamlet”.

Coriolano es un patricio guerrero que ha expuesto su vida innumerables veces en combate, pero tiene el defecto de “decir lo que piensa”... Y como patricio, lo que piensa es que sus pares manipulan a los plebeyos; también opina que éstos pertenecen a una “clase inferior”. Tal ideario lo hace impopular entre unos y otros. Así, la maquinaria inicia su marcha: los “tribunos del pueblo” complotan contra él; los “plebeyos”, azuzados por sus representantes —los tribunos— terminan repudiando a Cayo Marcio, quien se obstina en mantener su sinceridad ante éstos y aquéllos, negándose a ofrecer disculpas al pueblo y a sus tribunos porque, según el álgebra de la intriga, todos ellos han sido ofendidos por la incólume actitud de Marcio.

En el fondo —y en la superficie— se trata de una tragedia “política” y sólo política. Los dioses no intervienen en ella, sólo se los menciona. Esto es un asunto eminentemente ciudadano, con las relatividades del caso. ¿Por qué? Porque entonces, como ahora, los asuntos “ciudadanos” se resuelven desde los altos círculos del poder, como en realidad ha sido siempre y en todas partes. El Poder y el Amor son, en Shakespeare, los motores aristotélicos que mueven el mundo: ambas pasiones se verán en todo momento mezcladas con otras subalternas, como la envidia, la insidia, la intriga, los celos, la hipocresía, la zalamería, la ambición desmesurada... Igual que ahora. ¿Los tiempos cambian? Los seres humanos no tanto, a pesar de las revoluciones de todo tipo, incluida la tecnológica.

Tres ángulos políticos se mueven en “Coriolano”: en uno está el protagonista mismo; el otro está representado por Sicinio Veluto y Junio Bruto, ambos “tribunos del pueblo”, es decir, representantes del mismo; en el último vemos a Tulo Aufidio, general de los volscos, en lucha constante contra la voracidad de Roma. Todos fingen ante Coriolano; todos se aprovechan de su abrupta sinceridad y su falta de tacto político. Los tribunos complotan contra él, manipulando al pueblo que, mutable como es, obedece y expulsa a Cayo Marcio por “traidor”. Cuando éste acude a Tulo Aufidio para vengarse de Roma, el jefe volsco finge aquiescencia, y acompañados ambos de un gran ejército, parten hasta las puertas de Roma con el fin de destruirla.
El cuarto ángulo —el del amor— hace acto de presencia: la madre, la esposa y el pequeño hijo de Coriolano acuden a su tienda para suplicar clemencia —mientras los grandes tribunos tiemblan de miedo en sus escondrijos romanos. El guerrero no puede negarse ante la ternura de sus mujeres y de su hijo. Aborta la misión y, más tarde, el volsco Tulo Aufidio aprovecha esta debilidad sentimental para asesinarlo y humillar su cadáver.

¿Qué puede concluirse de una historia como ésta? Ya que no soy muy dado a entender el arte como una rama de la didáctica, cito en mi auxilio a un comentarista de Shakespeare, G. R. Hibbard, quien así habla de Cayo Marcio Coriolano: “Su caída no es el resultado de sus defectos, sino de sus virtudes, de su negativa a parecer lo que no es y de su incapacidad para reprimir la verdad que hay en él. El trágico mensaje de su experiencia es tremendamente pesimista: los hombres en general no necesitan, y no toleran, la excelencia desinteresada que los avergüenza; su reacción ante ella es hacer lo posible por derrocarla. Y puesto que ganan en número, sus esfuerzos tendrán éxito.” (Introducción, “Coriolano”, RBA, España, 2003. Pp. 22-23).

Añado: si a esos esfuerzos y artimañas de los cupulares se suman todos los que, por cualquier razón, se dejan convertir en arcilla por los “tribunos del pueblo”, los altos potentados, los magnates mediáticos y los divinos titiriteros del Olimpo, claro que esos afanes tendrán éxito, siempre tendrán éxito. En periodo isabelino y en la Inglaterra de Shakespeare y en cualquier otro tiempo y lugar.

¿Y aún pensamos que “los clásicos” están rebasados? ¿Suponemos que sus bustos de mármol —o de pasta— sólo sirven para decorar los estantes de las bibliotecas? Nada más falso. Basta con leerlos para leernos. Basta con leerlos para reconocer una versión de nuestras circunstancias, una versión que por vigente es más estremecedora.