OPINIÓN

Verbo pecaminoso

sábado, 18 de agosto del 2012

Los verbos, todos lo aprendimos en la primaria, son palabras importantes en nuestros idioma, constituyen una suerte de aristocracia del español, una casta aparte sin cuyo concurso resultaría imposible la comunicación.

Y es que los verbos son los responsables de darle sentido a las oraciones que construimos para transmitir una idea y son también los responsables de hacer coherente lo que otros nos comunican.

Quitemos los verbos del idioma y éste se desmorona como un castillo de naipes, se convierte en verborrea ininteligible, transmuta en un adefesio infumable, en una colección de sonidos carente de todo sentido y, por supuesto, inservible para la comunicación.

Los verbos constituyen la diferencia entre la barbarie y la civilización. Entre comunicarnos mediante gruñidos y el hacer de la palabra un instrumento para el disfrute de la existencia...

Por eso los verbos deben ser usados con cuidado, deben ser escogidos cautelosamente a la hora de construir ideas y lanzarlas al mundo con el auxilio de nuestras cuerdas vocales.

Un verbo colocado en el lugar correcto nos abre las puertas del cielo... Pero mal usado nos manda derechito al infierno, sin escalas y por la vía dolorosa, condenándonos sin remedio a la pérdida eterna de nuestra alma.

Bueeeeeeeeeeno... A lo mejor no así de literal, pero así se siente cuando uno mete la pata por andar escogiendo mal un verbo y, en lugar de decirle a la señorita que pretende conquistar: “me encantaría encontrarme con usted en otra ocasión”, le suelta un impertinente —y desafortunadísmo— “me encantaría enredarme con usted en otra ocasión”.

Huelga decirlo: el sentido de la frase es absolutamente distinto y el proferirla, en el mejor de los casos, nos hará acreedores a una sonora bofetada, así como al desprecio eterno de la damisela en cuestión, quien bien podría adicionalmente dedicarse a demoler nuestra reputación entre sus conocidas, arrojándonos al abismo de la marginalidad social.

Tal cosa ocurrirá, por supuesto, independientemente de que nos deshagamos en disculpas y repitamos hasta la saciedad que nuestra intención no fue ésa, sino que se nos cuatrapearon las palabras. No valdrá siquiera el argüir que padecemos algún desorden neurológico, fisiológico, distrófico, sanguíneo, capilar o cutáneo.

El desliz se transformará en una rampa de deslizamiento que, cual tobogán de parque de diversiones, nos conducirá vertiginosamente a través del abismo hasta las catacumbas más oscuras...

Pero si las cosas pueden ir muy mal en el caso de que se trate de un desliz, siempre serán muchísimo peores cuando la sustitución de verbo sea producto de un acto deliberado.

Entonces sí, las consecuencias no solamente afectarán el terreno de lo metafísico y generarán abolladuras en el ego, sino que pueden trastocar por completo nuestra terrenal existencia.

Eso lo averiguaron recién en la semana las integrantes de esa agrupación musical rusa de nombre muy norteamericano, las Pussy Riot, quienes fueron condenadas, por una compañera de género, la jueza Marina Syrova, a purgar dos años de cárcel por la sustitución de un verbo.

¡En serio! La razón de la sentencia condenatoria, según lo señaló una de las integrantes el grupo musical, fue que usaron el verbo “echar”, en lugar del verbo “proteger” durante un, digamos performace, que realizaron en el interior del principal templo de la Iglesia Ortodoxa Rusa, ubicado en la ciudad de Moscú.

Según Yekaterina Samutsévich, si en lugar de haber dicho “Madre de Dios, echa a Putin”, hubieran dicho “Madre de Dios, protege a Putin”, nadie hubiera hecho mayor escándalo por el hecho de que la interpretación se ejecutara en paños menores, pues las artistas, cabe recordar, antes de iniciar sus interpretaciones procedieron a despojarse de la mayor parte de sus ropas.

Fue pues el uso del citado verbo, lo que el Kremlin consideró particularmente ofensivo y atentatorio contra de la dignidad del mandatario ruso, don Vladimir Putin, y la razón por la cual se decidiera enderezar un juicio penal en su contra que concluyó con la sentencia referida.

El fallo judicial ha levantado —como corresponde— una ola de indignación entre la comunidad artística de planeta y las Pussy Riot hoy son objeto de un tsunami de solidaridad planetaria que tiene por objeto presionar al gobierno moscovita para liberarlas.

Ellas ya dijeron y el coro las respaldó: que ni sueñe el señor Putin en que le van a ofrecer disculpas. Antes prefieren purgar la condena por su “osadía”, algo que les parece un precio justo por haberse salido con la suya.

Los momios están a su favor y es muy probable que al final terminen siendo unas heroínas del cambio intencional de verbos pues, a diferencia de cualquiera de nosotros, parece que escogieron el lugar y el momento correcto para desafiar a los dioses del idioma...

¡Feliz fin de semana!

carredondo@vanguardia.com.mx
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