OPINIÓN
Una historia inconclusa
domingo, 22 de julio del 2012
El próximo miércoles nuestra ciudad cumple años, y los 435 que cumple son edad suficiente para considerarla una ciudad adulta y madura, consolidada y en franco desarrollo, no sólo con mucha historia qué contar, sino también muchos sucesos por venir en un futuro que se antojaría envidiable. La historia de una ciudad no se acaba nunca, se escribe cada día, siempre es una historia inconclusa. Por eso, tan apasionante es su pasado mediato como el de hace más de cuatro siglos y como la interrogante de su futuro, la historia que está por escribirse.
Sólo un pueblo en el mundo lleva el sobrenombre de “Ciudad Eterna”, Roma, centro de la vida política italiana y de la religión católica, en la que se encuentran una gran cantidad de los bienes culturales del mundo. Quién sabe si pueda aplicárseles a las ciudades la ley de todo organismo viviente: nacer, vivir y morir. Las ruinas de antiguas civilizaciones, al ser desenterradas miles de años después, cuentan las formas de vida de sus antiguos edificadores y moradores y hablan de sus creencias, de cómo vivían, de lo que comían y los utensilios que utilizaban, a qué se dedicaban, a quiénes adoraban, a quiénes temían y a quiénes sojuzgaban. Hay ciudades que sobreviven a todo trance: en algún sitio de México, el lugar que ocupaba un viejo pueblo desde su fundación, se volvió estratégico para construir una presa. El caserío fue literalmente ahogado y se puede ver todavía bajo el agua. Cuando baja el nivel de la presa, la cruz de su parroquia surge sobre la superficie de la enorme laguna; a veces, hasta puede mirarse una parte del campanario que la sostiene. Sus antiguos moradores, ubicados en un nuevo pueblo cercano, acuden entonces con nostalgia a mirar aquello que fue suyo y que ahora es de las aguas. Quizás las ciudades no mueran del todo.
Muy lejos está el Saltillo fundado en 1577 por el capitán Alberto del Canto, igual el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala que 14 años después se fundó a su costado, separado por una acequia, hoy la calle de Allende, línea divisoria entre el poniente y el oriente de la ciudad. Los industriosos tlaxcaltecas vinieron a apoyar a la tambaleante villa española en su defensa contra los ataques de los belicosos indios del lugar y ayudaron a su pacificación. Ellos trajeron las higueras y sembraron aquellos huertos de perones y membrillos ya desaparecidos; establecieron los telares y la fabricación de los sarapes y las mantas para surtir a los pueblos y haciendas cercanas. Su idioma, el náhuatl, se habló por más de 250 años en la región. Su influencia cultural aún perdura. Juntos, los primeros pobladores europeos y aquellos descendientes del señorío de Tizatlán en Tlaxcala, conformaron el carácter y la identidad de Saltillo, que finalmente fue una sola luego de haber sido dos. En 1827, el Congreso había cambiado los nombres de San Esteban y de Saltillo por los de Villalongín y Leona Vicario, y en 1834 decretó la fusión de las dos villas y su elevación al rango de ciudad con el nombre de Saltillo, su nombre original.
La pujante ciudad rodeada de montañas que hoy habitamos guarda en sus entrañas vestigios de los recios caracteres españoles y tlaxcaltecas. Quiere ser una ciudad moderna y vanguardista. Como queriendo y no queriendo, da pequeños pasos para colocarse entre las primeras ciudades del país.
Sin embargo, algo le falta para posicionarse a nivel nacional. ¿Qué será? En tiempos de Vasconcelos se le llamaba La Atenas de México, luego La Atenas del Norte y ahora sólo es la ciudad de Saltillo. ¿Qué hemos dejado en el camino? ¿Cuándo perdimos el perfil cultural que llevaba la delantera? La historia, inconclusa, se va escribiendo cada día.
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