OPINIÓN
Tiempos pusilánimes
jueves, 19 de abril del 2012
Mi abuelo, al tomar el café, / me habla de Juárez y de Porfirio, / los zuavos y los plateados. / Y el mantel olía a pólvora. / Mi padre, al tomar la copa, / me habla de Zapata y de Villa, / Soto y Gama y los Flores Magón. / Y el mantel olía a pólvora. / Yo me quedo callado: / ¿de quién podía hablar?
—Octavio Paz, “Canción mexicana”.
La historia es una dama enigmática. Sus aires de vidente y su velo premonitorio ocultan un talante indescifrable, portador de designios ignotos. Los historiadores se jactan de explicar por qué han sucedido los grandes virajes pero no aciertan a explicar por qué no han sucedido. ¿Qué distingue las épocas de mutaciones vertiginosas de aquéllas de sordas inmovilidades? ¿Dónde se originan las corrientes profundas y dónde las resacas que empujan a la orilla? ¿Por qué un terremoto social ocurre en cierto momento y no antes o después, en alguna parte del mundo y no en otra? Nuestra capacidad de discernimiento y de predicción del devenir histórico es tan limitada y cortoplacista como de la de la sismología.
México es uno de los escenarios favoritos de los caprichos de la historia. ¿Qué provocó el arrojo que parió la Independencia, la audacia que forjó la Reforma y la intrepidez que detonó la Revolución, y entre esas eclosiones largas décadas de caos o resignación? Ya sabemos del enojo de los criollos novohispanos por su discriminación a manos de los peninsulares, del poderío inadmisible que la Iglesia ejercía sobre el Estado decimonónico y de la explotación a los campesinos en las haciendas porfiristas, pero no es eso lo que estoy preguntando. ¿Qué movió a los mexicanos que forjaron esos tres capítulos históricos a levantar la mirada, a optar por la refundación del orden sociopolítico y a estrenar Carta Magna? ¿De qué pasta estaban hechos esos hombres y mujeres, qué los distinguía de sus padres y abuelos o de sus hijos y nietos? O mejor, ¿en qué fue diversa su circunstancia de la que dejó a otros en el anonimato?
No me refiero a las revoluciones; tal vez en el pasado no había más salida que la de la sangre, pero el siglo XX nos enseñó que los hitos fecundos se realizan sin violencia. Hablo de la magnitud de la aspiración. Pienso en este país que, pese a ser otro, se empecina en ser el mismo de hace casi 100 años. Tenemos una nueva sociedad regida por normas viejas, una correlación de fuerzas políticas radicalmente diferente conducida por un régimen fundamentalmente igual. Y por si fuera poco, nos avasalla una criminalidad sin precedentes a la que enfrentamos con los instrumentos más predecibles.
La lógica diría que, en semejantes condiciones, México estaría sensibilizado por el filoneísmo. Pero resulta que impera el misoneísmo, que reina la más rancia inercia conservadora. Las pocas voces que piden forjar un nuevo acuerdo en lo fundamental logran el consenso de todos los partidos en su contra. Sí, los mismos que no pueden pactar iniciativas de rutina se unifican para rechazar, ipso facto y sin discusión, la propuesta de una nueva constitución y de la adopción del parlamentarismo para acercar la norma a la realidad y acabar con la parálisis legislativa. Aunque casi todos reconocen en privado que lo que tenemos es un abigarrado y vano amasijo de cimas y simas normativas, los adalides del “pragmatismo” desechan por notoriamente improcedente la elaboración de una constitucionalidad coherente y eficaz. Saben que la corrupción y la ingobernabilidad son tumores cancerígenos que podrían extirparse con el bisturí de un constituyente, pero prefieren seguir recetando aspirinas.
A mí no deja de desconcertarme esa actitud. Frente a la evidente disfuncionalidad de nuestro andamiaje constitucional y su presidencialismo, regatean el cambio. No es inusual que en coyunturas favorables se confunda realismo con conservadurismo, pero en una crisis del calado de la actual eso se llama insensatez. En las campañas presidenciales, que quieren captar la imaginación de la gente, ¿por qué no se proponen soluciones institucionales del tamaño de nuestros problemas? Yo no sé si ya tocamos fondo —posiblemente, como dicen que dijo Borges, podemos seguir hundiéndonos indefinidamente— pero sí sé que en una situación tan crítica como la que padecemos un optimista es un pesimista mal informado. ¿Por qué entonces no se ha erguido una vanguardia de mexicanos arrojados, audaces e intrépidos que diga no a los parches y remiendos de siempre y que empuje de una vez por el renacimiento de México? ¿Por qué no surge un influjo que nos transporte de la mezquindad a la grandeza?
Lo ignoro. Es, supongo, la proclividad de la historia a discurrir por senderos inescrutables. No recuerdo el autor ni la cita textual, pero en alguna parte leí algo que me gustaría haber escrito: en tiempos de cataclismos, hay que escuchar a los locos. Quizá lo nuestro no sea aún una catástrofe y por eso no se haya entronizado la “locura” filoneísta. Acaso no hayamos aprendido la lección y necesitemos los prolegómenos de un estallido social. Lo cierto es que, hoy por hoy, vivimos tiempos pusilánimes.
@abasave