OPINIÓN

Soy adicta a Facebook

sábado, 15 de septiembre del 2012

En la vida, instrucciones de uso, Perec, despliega una minuciosa invención siguiendo una idea fija: la vida cotidiana de cada habitante de un edificio.

Movimientos, detalles, muebles. Como sucede en la realidad, una mesa de noche, un cuadro, una lámpara, son portadores de una historia. El gesto de cómo cerrar una puerta, y cómo arrojarse en una cama, tiene una historia. Nada ni nadie está por accidente en donde está. Perec, ¿Testigo o espía?

“Ventana indiscreta”, de Hitchcock, Jefferies y Lisa, se obsesionan con la vida del vecindario. La bailarina. La mujer triste. La pareja en crisis, el marido sospechoso. Velázquez pinta una escena de intimidad femenina, y se coloca en una orilla del cuadro. Es y no es, parte de la escena. ¿Testigo o Espía?

El Facebook es así. Ventanas que se abren, intimidades que descorren sus cortinas. “La vida, instrucciones de uso”, del siglo 21. Escrita en colectivo. Mirones. Testigos. Espías.

En el face existe la conciencia de ser visto, supondríamos entonces, que cada persona “sabe” y elige, en pleno uso de sus facultades mentales, lo que coloca a la vista en su balcón. Pero he allí el hipnótico encanto de que el inconsciente exista. No sabemos, lo que creemos que sabemos. No controlamos. Lo descubrí en mi infancia cuando me escondía en los tejados de la ciudad que se inunda.

Nuestras pequeñas verdades saltan, si muestro un poema, la bici, un guiso. Hay algo allí que yo hablo de mí, pero también hay algo en mis contenidos elegidos, que yo ignoro y que habla también de mí, en lugar mío. “Eso (el inconsciente) habla”, dijo Lacan. Y mi amiga Maya completa: “El inconsciente es una conserje desatada”. Mostrarse y ser mostrados. Esa doble vía de la mostreidad, en el que hacemos exposición y nos exponemos, me imanta. Me es entrañable.

Soy adicta al face. Mi hijo abrió mi página, le irritaba su madre en condición de australopitecus, ajena al mundanal ruido de las “redes sociales”, ahora se arranca los cabellos y exclama: “He creado a un monstruo”. Siempre fui mirona de geografías inmediatas, ahora soy mirona cibernética. Sofisticación, que le dicen.

Sé que Lourdes anda en París, y en qué calle. Sé que nació un becerro en la granja de Guatemala. Sé que mi prima, se agita entre dos amores. Sé qué leyó el poeta, que escribió mi amiga periodista, qué publicaron y en dónde. Sé si se desvelaron, si andan luminosos o tristes, miro sus fotos, su intimidad, las caritas de sus hijos. Hasta logro enterarme de qué temen soñar, y en qué soñaron.

Desde que soy Facebook adict, ya no me siento con un libro en un café, con el artero fin de escuchar las conversaciones de los desconocidos. Tengo menos compulsión por escuchar las intimidades que desbalagamos las mujeres en los baño públicos. Impresionante. En un baño de restaurante me enteré, que ella no amaba a ese hombre, pero su amiga insistía: “sí está medio viejo, pero es rico”. En otro baño, supe de un novio, que parecía apagadón, y resultó un tigre. A la salida, ninguna se privó de observar al desenfrenado.

Espío menos a los vecinos del edificio de enfrente, sólo ojeadas en la noche, cuando las luces están encendidas. Veo dos habitaciones por depa. Los miro desplazarse de la una a la otra. No me los voy a encontrar nunca, su puerta de entrada da a una calle remota. Hay una pareja joven, son mis preferidos. Lo miro a él sentado en la sala. Ella en la recámara, frente al espejo. Va a la sala, se muestra, regresa al espejo, se cambia, él se desespera. Ella sale, se abrazan. Están muy enamorados, ella tiene obsesión por los zapatos.

El Facebook, me permitió desplazar el síntoma del mironismo, hacia espacios más generosos y elaborados. De mirona a testiga. El-cara-de-libro está atravesado por la escritura: “Puedo decir más, arrancarme las tripitas, puesto que es escritura”. A diferencia de sacarme las tripitas en Opinión de El Universal (lo que mucho agradezco y aprecio) en Facebook, si me arrepiento de lo dicho, puedo borrar.

“La escritura y sus borraduras”, muy derridiano. Borro con frecuencia, lo que me hizo entender otro sintomín: mi oscilación entre el arrojo y la culpa. Mi desfachatez entimidecida. En la escritura, como en la vida. Amén. El face es en más de un sentido, un espacio terapéutico.

Cuando dicen: “¿Cómo puedes perder así el tiempo?”, podría preguntar: “¿Pues con quiénes te juntas? No “pierdo tiempo”, atravieso tiempos y espacios paralelos. Tomo una canastita, voy colocando riquezas que circulan de muro en muro. Regalos que me llegan. Tan diversos. Ternuras que me llegan.

El adorable juego de entrecruzamientos. Subes una canción de Janis Joplin, un amigo sube otra, alguien más sube una pintura que asocia con la canción, alguien más confiesa en qué momento la escuchaba, y por qué. Se va tejiendo un discurso colectivo. A veces, una persona que sigue el hilo inicial de ese discurso, ni siquiera aclara que está escuchando y que quiere que la escuches. Sube otro elemento del rompecabezas. Lo ves pasar, le respondes con otra piecita. Ambos saben que se están acompañando, de lejos, cómo pájaros.

A veces hay sólo ciudades entre uno y otro. A veces, océanos. Y se refrenda en geometrías, como escaleras de Escher, que el amor está, que la intensidad de la caricia imposible, está en las palabras. El face permite que la distancia nos haga un poco más los mandados. Mi amigo Alfredo, la foto de su hija en el mar. Mi amiga Lucrecia, en la pampa. Clase de zumba en Tabasco, adopción de un perrito famélico en San Luis. Mi hijo sube música: “te va a gustar”, cuando está del otro lado de la ciudad.

Mundos paralelos. Modalidades sutiles del aprendizaje y el acompañamiento. Espacio de ternuras pudorosas y firmes. “El corazón es un cazador solitario”, Mc Cullers, en algún lugar, siempre es así, el corazón. Lo descubrí en mi infancia, cuando me escondía en los tejados de la ciudad que se inunda. El face es un tejado, esconderse-mostrarse. ¿Acaso no somos escondidos y mostrados? Protegidos y expuestos. ¿El face es la huida de la página en blanco? Sí. Pero, se nos dan de tantas maneras las huidas.

Dicen tantas palabras feas alrededor del Facebook: lo que tiene de “puesta en escena”. A mí me encantan, muchos de mis facebook friends. Me gusta leer sus palabras, mirar sus vidas. Me gusta ser leída y mirada por ellos. Cada muro es una singularísima escritura, aun en los casos de falta de espontaneidad y de la puesta en escena más ingenua, o más compleja.

La elección de la concretísima puesta en escena que se expone, no puede sino revelar —también— la singularidad de éticas, y estéticas de vida.

“Actuar”, revela lo que traemos escrito dentro (con nuestra venia, o a pesar nuestro)¿Qué elegimos actuar?, es toda una exposición de valores y principios, somos los que somos, no hay demasiado, hacia dónde moverse.

Soy adicta al Facebook, yo, y “el conglomerado que me habita”.

María Teresa Priego