OPINIÓN

Sostiene Tabucchi

domingo, 10 de junio del 2012

La novela “Sostiene Pereira”, del escritor italiano Antonio Tabucchi (1943-2012) descansaba en un estante de la apretada biblioteca. En el imperio de la desorganización, permanecía escoltado por dos libros, uno de Haruki Murakami y otro de Oliverio Girondo. Pero Tabucchi murió recientemente en Lisboa y por eso quise revisar la historia de estos personajes.

La mejor manera de celebrar a un artista que se ha marchado es visitar su obra, así, sencillamente, al margen de las grandes ceremonias públicas y de los aparatos burocráticos. He leído otra vez la historia de Pereira, el editor de la sección cultural del periódico Lisboa, ocurrida en el espeluznante año de 1938, precisamente durante el gobierno de un dictador estilo Franco o Mussolini: António de Oliveira Salazar, personaje verídico, para desdicha de Portugal y del mundo.

Entre Pereira, el joven idealista Francesco Monteiro Rossi, la bella Marta y unos cuantos personajes más se borda la trama de esta novela política, en el sentido más alto de la palabra. Y Tabucchi nos la cuenta como pocos escritores podrían hacerlo.

Amante de la poesía, especialmente de la de Fernando Pessoa, este italiano quedó prendado de Portugal desde muy temprano. Tanto, que pasaba medio año en Lisboa y otro tanto en su país natal durante buena parte de su vida.
Lo que vio en Portugal y en su idioma puedo comprenderlo: para muchos, el idioma portugués es una de las más hermosas formas en que se manifiesta esa portentosa invención de la humanidad, el lenguaje. La obra del poliédrico Pessoa es sólo una muestra de ello.

Los subrayados que encontramos en un libro siempre nos sorprenden: son, al mismo tiempo, una confesión cifrada del lector y el rastro de su paso anímico por las páginas. Si además de eso nos salen notas al margen, estamos ante una evidencia que puede ser tan reveladora como un diario íntimo. Encontré algunos subrayados que hice en la primera lectura de esta novela de Tabucchi. Me pregunto si es conveniente consignar alguno aquí.

Cuando el joven Monteiro Rossi dice a Pereira que podría escribir algo sobre García Lorca para su sección cultural, Pereira le contesta “que García Lorca no le parecía el personaje ideal, de todas formas se podía intentar, siempre que se hablara de él con mesura y cautela, refiriéndose únicamente a su figura de artista y sin tocar otros aspectos que podían resultar delicados, dada la situación.” Señalo esta última frase: la acción transcurre en Lisboa, durante la dictadura salazariana.

Uno de los rasgos que atraen mucho en esta novela es su contextura ideológica, y en el centro de ella, la metamorfosis de un personaje —Pereira— que reitera su posición “independiente” y “apolítica” pero que termina apoyando al joven Monteiro Rossi, integrante de un movimiento revolucionario que pretende la liberación de Portugal del yugo dictatorial.

Uno termina amando a ambos: a Pereira por su ternura, su ética y su admiración por la literatura francesa; al joven revolucionario, porque todos hemos deseado cambiar el hedor de este planeta por aromas menos nauseabundos. Dos o tres personajes más se quedan con nosotros: Marta, la novia de este muchacho admirador de Mayakovski, y el doctor Cardoso, quien sostiene una teoría interesantísima en torno de “la confederación de las almas”.

Otro subrayado en el que el doctor Cardoso habla a Pereira, su paciente: “El doctor Ribot y el doctor Janet ven la personalidad como la confederación de varias almas, porque nosotros tenemos varias almas dentro de nosotros, ¿comprende?, una confederación que se pone bajo el control de un yo hegemónico...” Cuando esta teoría sea comentada por Pereira a su confesor, el padre António, éste lo reprenderá y lo llamará “hereje”. Estamos en 1938 y en Portugal, recordémoslo.

Una época en que los intelectuales, los escritores y los artistas desempeñaban un importante rol público, para bien o para mal. Aún está fresco el recuerdo de que algunos de ellos apoyaron fervientemente regímenes criminales, como D´Annunzio... Otros creyeron oír cantar a las sirenas, como Mayakovski, y terminaron suicidándose o asesinados al entender que quienes entonaban aquellas melodías no eran sirenas sino erinias. El grito de Munch y las figuras gesticulantes de Ensor: esa edad no ha muerto, ese espectro está reconstituyéndose. Ahora lo sabemos.

La guerra civil española, la segunda guerra mundial, la dictadura de Salazar en Portugal... En la refriega histórica y en la ficción novelada de Tabucchi, la alusión a autores que en su momento fueron controversiales, por su obra y por su posición política: Bernanos, Claudel, Mauriac, Mann. Casi todos atormentados por la estela trágica del cristianismo, especialmente en su vertiente católica. Y bien, sabemos qué papel ha jugado la Iglesia Católica en muchos acontecimientos de entonces y de hoy.

Pero “Sostiene Pereira” no es una “novela de tesis”. Es la historia de un puñado de personajes que un día se encuentran en la encrucijada, y en ella los atrapa la circunstancia política, ésa de la que nadie puede escapar, mal que le pese. Así Pereira; así los demás. Así nosotros.

Me quedo con este hombre pasado de peso, viudo y solitario; con este editor que conversa con el retrato de su esposa muerta y respalda a un muchacho que quiere cambiar las cosas para vivir en el cuerpo desnudo de la libertad. Me quedo con este muchacho de la poesía y del sueño revolucionario, aunque sé que un día esa quimera terminará reventándolo, como ya lo hicieron tres matones en la novela. Me quedo con el doctor Cardoso y su teoría anímica. Pero no con el fascismo hipócrita y delictivo de la verticalidad oprobiosa. No con la máscara y la moral de mármol renacentista.

Me quedo con el arte, que siempre se atreve a decir su nombre. Y con la obra del italiano Antonio Tabucchi, amante de Portugal y de su cultura, como este escribidor.