OPINIÓN
Que se exponga
martes, 10 de julio del 2012
A Humberto Nanni, que vive las montañas
“…la ignorancia ha ido perdiendo sus connotaciones negativas hasta el punto de llegar a prestigiarse. Se ha disipado el pudor a mostrar en público la propia ignorancia, e incluso con frecuencia se exhibe con orgullo, como un aditivo más de una personalidad apta para gozar al máximo del hedonismo y la inmediatez que proporciona un consumismo desenfrenado. Ser ignorante no es incompatible, ni mucho menos, con tener dinero o glamour. Más bien al contrario, nos puede proporcionar una pátina de simpatía altamente empática a ojos de los demás”.
Fragmento de “La Sociedad de la Ignorancia”. Antonio Brey
Te prometí Machu Picchu. Disculpa pero tengo adheridos puros días martes de tres turnos laborales. Ideas nuevas y difíciles de digerir para el estómago, como la carne de alpaca en un plato de salsa de coca. La belleza se aparea con India, México y Perú. Pero contrastes suenan, divisiones se ahondan. Y las televisoras nacionales siguen en su rueda de dinero.
Aplicamos manuales de conducta que borran rastros de nuestras raíces y pobreza previa. Ese copular con los contornos de autos importados, preferir croissant antes de comer tacos de frijoles; camisas europeas en lugar de mexicanas. No por el gusto, sino por el miedo de ser reconocido, para omitir toda huella, para pertenecer a otra esfera, ser validado. Instalar un teatro personal en sitios caros, cuidar la máscara, que no se caiga. Y frente a la máscara nada. Y adentro, esa lucha y el miedo empastillado hace años con el que se duerme. Adquisiciones basadas en los dictados corporativos. Hablar sobre el clima. Omitir asuntos complicados como los elementos de ilegalidad en las pasadas elecciones presidenciales. Mirar la pobreza como una peste lejana, como una mancha para ser expulsada. Que construyan colonias populares pero lejos. Los pobres apestan y protestan. ¡Ah! Y sonreír, no olvidar la fotografía constante para la que se posa.
El glamour de los candidatos de dientes blanquísimos, con botox, fotografiados como actores que filman comedias ligeras. Sus finas ropas, sus autos blindados avanzando con escoltas para protegerse.
El comercio del hambre, el comercio del miedo, el comercio de la ignorancia, su exaltación. Querida: tienes futuro en el partido, arrástrate otro poco; nadie lo ve, es entre telones. Hermano: lleva tu tarjeta para comprar unos días de saciedad, y come mientras devoras imágenes de televisoras que siembran identidades criminales en ciudadanos.
Santo árbol de coyotes, líbranos de la indiferencia. Y líbranos de la carnicería de palabras mezquinas proferidas con justicia o sin ella. Mejor ser puente que cuchillo. Mejor abrir el diálogo. Veamos las heridas, que se expongan, que se analice el cadáver recién caído de las voces disidentes. Estos días me duelen en la lengua. Me duelen en la tierra que no piso.
Perdón, soy martes de tres turnos hoy. Te sigo debiendo Machu Picchu.
claudiadesierto@gmail.com
“…la ignorancia ha ido perdiendo sus connotaciones negativas hasta el punto de llegar a prestigiarse. Se ha disipado el pudor a mostrar en público la propia ignorancia, e incluso con frecuencia se exhibe con orgullo, como un aditivo más de una personalidad apta para gozar al máximo del hedonismo y la inmediatez que proporciona un consumismo desenfrenado. Ser ignorante no es incompatible, ni mucho menos, con tener dinero o glamour. Más bien al contrario, nos puede proporcionar una pátina de simpatía altamente empática a ojos de los demás”.
Fragmento de “La Sociedad de la Ignorancia”. Antonio Brey
Te prometí Machu Picchu. Disculpa pero tengo adheridos puros días martes de tres turnos laborales. Ideas nuevas y difíciles de digerir para el estómago, como la carne de alpaca en un plato de salsa de coca. La belleza se aparea con India, México y Perú. Pero contrastes suenan, divisiones se ahondan. Y las televisoras nacionales siguen en su rueda de dinero.
Aplicamos manuales de conducta que borran rastros de nuestras raíces y pobreza previa. Ese copular con los contornos de autos importados, preferir croissant antes de comer tacos de frijoles; camisas europeas en lugar de mexicanas. No por el gusto, sino por el miedo de ser reconocido, para omitir toda huella, para pertenecer a otra esfera, ser validado. Instalar un teatro personal en sitios caros, cuidar la máscara, que no se caiga. Y frente a la máscara nada. Y adentro, esa lucha y el miedo empastillado hace años con el que se duerme. Adquisiciones basadas en los dictados corporativos. Hablar sobre el clima. Omitir asuntos complicados como los elementos de ilegalidad en las pasadas elecciones presidenciales. Mirar la pobreza como una peste lejana, como una mancha para ser expulsada. Que construyan colonias populares pero lejos. Los pobres apestan y protestan. ¡Ah! Y sonreír, no olvidar la fotografía constante para la que se posa.
El glamour de los candidatos de dientes blanquísimos, con botox, fotografiados como actores que filman comedias ligeras. Sus finas ropas, sus autos blindados avanzando con escoltas para protegerse.
El comercio del hambre, el comercio del miedo, el comercio de la ignorancia, su exaltación. Querida: tienes futuro en el partido, arrástrate otro poco; nadie lo ve, es entre telones. Hermano: lleva tu tarjeta para comprar unos días de saciedad, y come mientras devoras imágenes de televisoras que siembran identidades criminales en ciudadanos.
Santo árbol de coyotes, líbranos de la indiferencia. Y líbranos de la carnicería de palabras mezquinas proferidas con justicia o sin ella. Mejor ser puente que cuchillo. Mejor abrir el diálogo. Veamos las heridas, que se expongan, que se analice el cadáver recién caído de las voces disidentes. Estos días me duelen en la lengua. Me duelen en la tierra que no piso.
Perdón, soy martes de tres turnos hoy. Te sigo debiendo Machu Picchu.
claudiadesierto@gmail.com