OPINIÓN

¿Qué dicen los enfermos?

domingo, 17 de junio del 2012

Arnoldo Kraus

Médico

 

 Mientras que a los enfermos les faltan palabras, no por desconocimiento o por falta de “cultura”, a la enfermedad le sobran palabras. Las interminables y proteicas caras del pathos producen daños insospechados y sensaciones no conocidas, para las cuales, con frecuencia, es imposible encontrar el lenguaje adecuado. El dolor es ilimitado; el lenguaje es limitado. La dificultad para expresar, para nombrar “lo que hace el dolor” se recoge en las sensaciones del enfermo.

¿Qué significa “me duele la vista”?, ¿cómo interpretar “siento que mis rodillas están desmayadas”?, ¿y qué decir del coloquial “me duele a panza?, ¿qué significa “siento raro mi cuerpo”? y ¿qué debe entenderse por “no soy yo”? Esas expresiones se acomodan bien en la máxima del filósofo Ludwig Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. En la enfermedad, y en la vida, el encuentro con la realidad propia, con la de otros y con el mundo se lleva a cabo por medio del lenguaje, de las palabras y de los sentimientos que afloran gracias a ellas.

Las personas, cuando enferman, deben encontrar el vocabulario apropiado para describir sus síntomas y descifrar lo que sucede en su nuevo cuerpo. Para explicar esos cambios, para entender el lenguaje del cuerpo enfermo, los enfermos elaboran un idioma propio, casi siempre intransferible. La experiencia de la enfermedad es individual. Cada quien la vive y la interpreta de acuerdo con su bagaje, con su momento, con sus vivencias. La vivencia del dolor es intransferible. El encuentro con la enfermedad es experiencia individual. Se aprende y se vive a solas. No hay maestros, no hay guías, no hay escuelas ni recetas para explicar ese acontecimiento. Cada persona posee su propia geografía. Su historia, sus emociones, sus miedos, sus deudas y sus querencias, absorben, o no, de forma peculiar, las heridas del pathos. Esa geografía es propia de cada persona; de ahí la dificultad de explicar la experiencia del dolor. Acompañar y leer las vivencias de otros mitiga el malestar, pero no basta para formular un lenguaje propio, una narrativa personal.

Parangón no científico es el aprendizaje del lenguaje en la infancia. Encontrar la palabra adecuada —leche, no, mami— es un proceso mágico para el lego, y científico para los lingüistas. Es, asimismo, pasaporte para descubrir el mundo y ser parte de él. Los infantes suplen, poco a poco, conforme aflora el lenguaje, los gestos y los movimientos corporales por palabras adecuadas. Lo que se ve y se escucha, lo que se toca y se mama, el día que se va y la noche que llega son elementos esenciales para el desarrollo del lenguaje. A partir de ese mirar y escuchar surgen palabras. Decir “yo”, “sí” o “abuela” es un proceso largo, complicado, maravilloso que se aprende poco a poco, en el camino, con ayuda de los padres. Conforme el bebé crece y se mueve percibe nuevas cosas; conforme alcanza un carro de goma recuerda el día previo cuando rozó un oso de peluche. Ambos abren el abanico de la vida. El carro y el oso dan pie al lenguaje propio de la edad. Ambos permiten al bebé conocer su ser interno.

Los enfermos que experimentan sensaciones nuevas, no conocidas, tienen, así como los niños, dificultades para expresar sus sensaciones y vivencias. Entender el cuerpo a partir del dolor, de las rupturas y las pérdidas es parte del proceso de la enfermedad. Al igual que los infantes, la persona otrora sana debe conocer primero su cuerpo enfermo para después narrarlo. El lenguaje de la enfermedad es inagotable. Glosarlo, compartirlo, escribir acerca de él y con él no cura, pero sí aminora la carga.

La narrativa de la enfermedad es infinita. Las palabras del enfermo terminal —“siento mi cuerpo rodeado de invierno”—, las de quien padece procesos crónicos —“he perdido todos mis rincones”—, o de la persona cuya esperanza ha desaparecido —“morir no es una condena”— son testimonio de la reflexión de Wittgenstein. Las palabras, en el caso de los enfermos, permiten mirar la realidad íntima de la vida, del momento, de las cosas.

La enfermedad carece de límites. Expresar las mermas que produce es fundamental. Algunos enfermos se sienten arropados cuando son escuchados; otros aprecian la ayuda para comprender el significado de sus vivencias; muchos escriben o glosan, sin proponérselo, una narrativa de su enfermedad para adentrarse en su cuerpo enfermo y compartir su momento, sus temores. Esas palabras miran la realidad a partir de las palabras de la enfermedad.

El Universal