OPINIÓN
Plumas de ave en las corrientes del destino
miércoles, 05 de enero del 2011
Me dediqué a buscar esta frase: “Los hombres no son montañas”. Indagué en Google, en sitios específicos y en varios libros. Nada. Como si se la hubiera tragado la tierra. Juraba que era de Confucio; de su maestro, Lao Zi, o de su alumno Zhu Xi, de quienes leí cuando era un adolescente de un librito amarillo cuya pasta decía simplemente así: “Confusionismo”.
Amplié el espectro a cualquiera de los maestros de la filosofía china, de los confucionistas hasta los mohistas. Nel, no, nada de la frase. ¿Me la inventé? No creo. No doy para tanto. Quizás me faltó tiempo y precisión de búsqueda. Cuando la leí, me sorprendió a tal extremo que la recuerdo bien y recuerdo también que no me llegó de la nada. ¿De dónde la saqué, pues? Qué importa. Se queda como tarea ubicarla. Si alguien sabe de ella, como con el unicornio azul mentado, les ruego información: apaez@diasiete.com y paezvarela@gmail.com, o en el blog: alejandropaez.net.
“Los hombres no son montañas” se refiere a una cosa: a que los hombres siempre se vuelven (nos volvemos) a encontrar. Que a diferencia de las montañas, somos frágiles y la vida nos mueve caprichosamente de un lado a otro pero siempre permite el reencuentro. Somos plumas de ave depositadas en las corrientes de aire del destino. Ah, el destino (y ahora sí, cito a Confucio): “El cielo gobierna los acontecimientos del mundo sin ser visto; esta acción oculta del cielo es lo que se llama el destino”. Y allí tiene usted que esa acción oculta del cielo, el destino, nos lleva a encuentros y desencuentros… y reencuentros. Nuestra fragilidad, nuestra movilidad y el capricho del destino permiten que los individuos, a diferencia de las estáticas montañas, nos volvamos a encontrar.
Esta es mi última columna en EL UNIVERSAL. Agradezco al Licenciado Juan Francisco Ealy Ortiz y al Licenciado Juan Francisco Ealy Jr. por la enorme oportunidad de ser parte de su empresa. Su trato fue siempre noble y generoso conmigo hasta el último día. Gracias. Me guardo el recuerdo con agradecimiento.
También agradezco a Roberto Rock por el espacio que me concedió estas semanas. Y a Jorge Zepeda Patterson, amigo entrañable, quien me invitó al proyecto periodístico de altos vuelos que es El Gran Diario de México. Pero principalmente agradezco a mis lectores por su atención. Son ustedes los que hicieron que 2008, 2009 y 2010, años en los que escribí en estas páginas y en diferentes espacios, sean inolvidables. Tan inolvidables como un hijo: mucho de lo que dije aquí ha quedado en un libro, “No Incluye Baterías” (Cal y Arena 2010), de reciente publicación.
Otros deberes me reclaman. Corrientes del aire del destino mueven otra vez la pluma de ave. Los hombres no son montañas: nos veremos (o nos leeremos) otra vez. Gracias por todo. Gracias. Adiós.
Amplié el espectro a cualquiera de los maestros de la filosofía china, de los confucionistas hasta los mohistas. Nel, no, nada de la frase. ¿Me la inventé? No creo. No doy para tanto. Quizás me faltó tiempo y precisión de búsqueda. Cuando la leí, me sorprendió a tal extremo que la recuerdo bien y recuerdo también que no me llegó de la nada. ¿De dónde la saqué, pues? Qué importa. Se queda como tarea ubicarla. Si alguien sabe de ella, como con el unicornio azul mentado, les ruego información: apaez@diasiete.com y paezvarela@gmail.com, o en el blog: alejandropaez.net.
“Los hombres no son montañas” se refiere a una cosa: a que los hombres siempre se vuelven (nos volvemos) a encontrar. Que a diferencia de las montañas, somos frágiles y la vida nos mueve caprichosamente de un lado a otro pero siempre permite el reencuentro. Somos plumas de ave depositadas en las corrientes de aire del destino. Ah, el destino (y ahora sí, cito a Confucio): “El cielo gobierna los acontecimientos del mundo sin ser visto; esta acción oculta del cielo es lo que se llama el destino”. Y allí tiene usted que esa acción oculta del cielo, el destino, nos lleva a encuentros y desencuentros… y reencuentros. Nuestra fragilidad, nuestra movilidad y el capricho del destino permiten que los individuos, a diferencia de las estáticas montañas, nos volvamos a encontrar.
Esta es mi última columna en EL UNIVERSAL. Agradezco al Licenciado Juan Francisco Ealy Ortiz y al Licenciado Juan Francisco Ealy Jr. por la enorme oportunidad de ser parte de su empresa. Su trato fue siempre noble y generoso conmigo hasta el último día. Gracias. Me guardo el recuerdo con agradecimiento.
También agradezco a Roberto Rock por el espacio que me concedió estas semanas. Y a Jorge Zepeda Patterson, amigo entrañable, quien me invitó al proyecto periodístico de altos vuelos que es El Gran Diario de México. Pero principalmente agradezco a mis lectores por su atención. Son ustedes los que hicieron que 2008, 2009 y 2010, años en los que escribí en estas páginas y en diferentes espacios, sean inolvidables. Tan inolvidables como un hijo: mucho de lo que dije aquí ha quedado en un libro, “No Incluye Baterías” (Cal y Arena 2010), de reciente publicación.
Otros deberes me reclaman. Corrientes del aire del destino mueven otra vez la pluma de ave. Los hombres no son montañas: nos veremos (o nos leeremos) otra vez. Gracias por todo. Gracias. Adiós.