OPINIÓN
París en el Siglo 21
miércoles, 01 de agosto del 2012
Cuando hablamos de las capitales del mundo, los lugares donde “están sucediendo cosas”, pensamos en Londres y Berlín, quizá incluso en Barcelona. Pero dos son las ciudades que, por encima de cualquier otra, capturan la imaginación de nuestra cultura pop: Nueva York por cosmopolita, dinámica y moderna, París por bella, romántica, chic, culta, elegante y todo lo demás.
Es verdad. Visitar París permite comprender lo bella que puede ser una ciudad, y caminar por sus calles, llenas de tiendas y cafés inesperados, muy estimulante. Su legado cultural reciente, por otra parte, difícilmente tiene competencia. El siglo pasado vivieron en ella escritores estadounidenses y latinoamericanos por igual, pintores y escultores de todas partes de Europa, bailarinas, cocineros, filósofos, arquitectos, modistos y bohemios venidos lo mismo de Cuba que de Irán, Alemania, África y la Indochina.
Lo irónico es que la belleza de París atrae a tantas personas deseosas de verla, que ha terminado por ajarla.
Hace un par de semanas volví, y encontré que el hotel donde me quedé es representativo de su mal.
Decidí alojarme cerca de la Torre Eiffel, y entre medio centenar de opciones me decidí por un hotel de una cadena económica, que sin embargo ahí cuesta el doble que en otras ciudades. Tiene quinientas habitaciones, y estaba repleto de gente teniendo su experiencia parisina: cincuentones descreídos, señoras mayores haciendo en grupo el viaje de su vida, adolescentes hartos de sus padres, y jóvenes nerviosas y excitadas por estar en la ciudad de la moda.
Compartí, en fin, elevadores con coreanos, ingleses, chinos, estadounidenses, hindúes, brasileños, colombianos, holandeses y alemanes. Las brasseries alrededor estaban llenas con los huéspedes del hotel. Para encontrar un restaurante con parroquianos locales fue necesario caminar un par de cuadras, pero después de cenar recordé lo que había escuchado varias veces: París es la ciudad con los restaurantes mediocres más caros del mundo. Por algo —y al margen del número de restaurantes con estrellas Michelin de que presume— pocos franceses la consideran un epicentro de su cocina. Algo que no es difícil de entender si se ha comido en la Provenza, Lyon, o la zona de Burdeos.
Al día siguiente, en la Torre Eiffel, vi a una novia hindú haciéndose un álbum de fotografías. A un hippy estorbando mientras leía en posición de flor de loto. A un par de griegos tirados, entre ya crudos y aún borrachos, en el césped. A un grupo de unos cincuenta estadounidenses celebrando el final de su preparatoria. A un par de japonesas haciendo turismo con taconazos. Y a un sinnúmero de personas posando para fotografías mientras fingían sostener la Torre con los dedos.
Por no hablar de los Campos Elíseos, donde había tanta gente que apenas se podía caminar. O de la fila del Louvre, el único museo al que visitan turistas que nunca se han parado en uno.
París, pues, se ha convertido en una especie de parque de atracciones turístico. El resultado es que los meseros se han vuelto groseros. Los restaurantes se dedican a servir comida de mala calidad a clientes que sólo están de paso. El deseo de ver la obra de ciertos pintores ha terminado por saturar los museos y las exposiciones con sus obras. Se venden como erotismo espectáculos que sólo son trampas para turistas. Se siguen tomando fotografías del mismo letrero del metro. Y la ciudad se ha llenado de vagos que llegaron sin saber muy bien qué buscaban, y no lo encontraron.
El París de nuestra cultura pop, en fin, no existe. Lo que no significa que sea un lugar horrible.
Pero al margen de ver piedras, para disfrutarla tiene uno que ir más allá de la parte colonizada por las tiendas comerciales y los restaurantes infames, y echarse a caminar dispuesto a la sorpresa. Alcanzar los barrios donde no tienen tiempo de llegar los turistas, y lo mismo se encuentran tiendas que venden pistaches iraníes a mil pesos los cien gramos, o descuidadas panaderías de barrio donde de pronto uno se encuentra inmerso en la belleza de una novela. O restaurantes donde los precios son razonables y se sirven galettes tan buenas como en Bretaña, o tajines que nada le piden a los que pueden encontrarse en el Magreb.
Twitter: @luisalfredops
www.librosllamanlibros.com
Es verdad. Visitar París permite comprender lo bella que puede ser una ciudad, y caminar por sus calles, llenas de tiendas y cafés inesperados, muy estimulante. Su legado cultural reciente, por otra parte, difícilmente tiene competencia. El siglo pasado vivieron en ella escritores estadounidenses y latinoamericanos por igual, pintores y escultores de todas partes de Europa, bailarinas, cocineros, filósofos, arquitectos, modistos y bohemios venidos lo mismo de Cuba que de Irán, Alemania, África y la Indochina.
Lo irónico es que la belleza de París atrae a tantas personas deseosas de verla, que ha terminado por ajarla.
Hace un par de semanas volví, y encontré que el hotel donde me quedé es representativo de su mal.
Decidí alojarme cerca de la Torre Eiffel, y entre medio centenar de opciones me decidí por un hotel de una cadena económica, que sin embargo ahí cuesta el doble que en otras ciudades. Tiene quinientas habitaciones, y estaba repleto de gente teniendo su experiencia parisina: cincuentones descreídos, señoras mayores haciendo en grupo el viaje de su vida, adolescentes hartos de sus padres, y jóvenes nerviosas y excitadas por estar en la ciudad de la moda.
Compartí, en fin, elevadores con coreanos, ingleses, chinos, estadounidenses, hindúes, brasileños, colombianos, holandeses y alemanes. Las brasseries alrededor estaban llenas con los huéspedes del hotel. Para encontrar un restaurante con parroquianos locales fue necesario caminar un par de cuadras, pero después de cenar recordé lo que había escuchado varias veces: París es la ciudad con los restaurantes mediocres más caros del mundo. Por algo —y al margen del número de restaurantes con estrellas Michelin de que presume— pocos franceses la consideran un epicentro de su cocina. Algo que no es difícil de entender si se ha comido en la Provenza, Lyon, o la zona de Burdeos.
Al día siguiente, en la Torre Eiffel, vi a una novia hindú haciéndose un álbum de fotografías. A un hippy estorbando mientras leía en posición de flor de loto. A un par de griegos tirados, entre ya crudos y aún borrachos, en el césped. A un grupo de unos cincuenta estadounidenses celebrando el final de su preparatoria. A un par de japonesas haciendo turismo con taconazos. Y a un sinnúmero de personas posando para fotografías mientras fingían sostener la Torre con los dedos.
Por no hablar de los Campos Elíseos, donde había tanta gente que apenas se podía caminar. O de la fila del Louvre, el único museo al que visitan turistas que nunca se han parado en uno.
París, pues, se ha convertido en una especie de parque de atracciones turístico. El resultado es que los meseros se han vuelto groseros. Los restaurantes se dedican a servir comida de mala calidad a clientes que sólo están de paso. El deseo de ver la obra de ciertos pintores ha terminado por saturar los museos y las exposiciones con sus obras. Se venden como erotismo espectáculos que sólo son trampas para turistas. Se siguen tomando fotografías del mismo letrero del metro. Y la ciudad se ha llenado de vagos que llegaron sin saber muy bien qué buscaban, y no lo encontraron.
El París de nuestra cultura pop, en fin, no existe. Lo que no significa que sea un lugar horrible.
Pero al margen de ver piedras, para disfrutarla tiene uno que ir más allá de la parte colonizada por las tiendas comerciales y los restaurantes infames, y echarse a caminar dispuesto a la sorpresa. Alcanzar los barrios donde no tienen tiempo de llegar los turistas, y lo mismo se encuentran tiendas que venden pistaches iraníes a mil pesos los cien gramos, o descuidadas panaderías de barrio donde de pronto uno se encuentra inmerso en la belleza de una novela. O restaurantes donde los precios son razonables y se sirven galettes tan buenas como en Bretaña, o tajines que nada le piden a los que pueden encontrarse en el Magreb.
Twitter: @luisalfredops
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