OPINIÓN

Órbita de Lezama Lima

domingo, 19 de septiembre del 2010

Este año se cumple otro centenario: el de José Lezama Lima, el más grande poeta que ha dado Cuba. Es por ello que la Cátedra Alejo Carpentier se avocó a una introducción al examen del corpus lezamiano, uno de los más enigmáticos, barrocos y revolucionarios de la lengua castellana. Penetrar en su obra —que abarca la poesía, el relato, la novela y el ensayo— es una de las experiencias más arduas y reveladoras que pueda tener cualquier lector, especializado o no.

Después de dirigir durante las décadas de 1940 y 1950 algunas de las revistas más profundas —valga el oxímoron— e innovadoras de América Latina, como lo fueron Espuela de Plata, Nadie Parecía y Orígenes, Lezama Lima fue hasta el año de 1967 un autor de culto, un escritor admirado por inmensas minorías en el subcontinente pero prácticamente desconocido entre las mayorías lectoras de América y Europa. En dicho año, con la aparición de la novela “Paradiso”, el nombre de Lezama resonó en todas las librerías, revistas y periódicos del mundo civilizado.

Sucedió con él un fenómeno similar al de Jorge Luis Borges, quien después de medio siglo de trabajo silencioso e inmemorial en su provincial Buenos Aires, se convirtió en uno de los autores que arribaron para educar a la Europa recién salida de la barbarie prehistórica de la Segunda Guerra Mundial. Erudito como Alfonso Reyes, como Borges, como Carpentier, como Octavio Paz, la sabiduría de Lezama se ampliaba con el conocimiento de la tradición órfica, de los enigmas egipcios y de la ardua y humorística cultura china.

De hecho, la novela “Paradiso” puede verse como una ingente ampliación de su obra poética; publicada en dos tomos por la editorial Aguilar, dicha obra equivale a la mitad de las páginas de la nutrida novela. Los ensayos del autor son ancilares a su poesía, como los relatos lo son a su novela. De donde se sigue que Lezama fue ante todo un poeta, tan vasto y caudaloso como lo son Rubén Darío y Pablo Neruda, sus hermanos mayores en la tradición hispanoamericana.

Además de las referencias eruditas, que abundan en cada línea de “Paradiso”, tanto como en cualquier novela de Alejo Carpentier, lo que dificulta la lectura es la apretada respiración de la sintaxis, que vuelve sus páginas áridas y pedregosas. Se trata de la respiración de un asmático, entrecortada, errática, vacilante (el autor, quien por lo demás fumaba puros, fallecería por causa del asma el 9 de agosto de 1976). Sin embargo, cada una de sus líneas es asimismo una joya del lenguaje finamente burilada, en la que brilla de manera simultánea la totalidad de la Imagen, ese hecho arquetípico de linaje hegeliano estudiado por Lezama Lima en cada una de las etapas de la historia universal.

Tanto la novela como su obra poética y ensayística, repetimos, es uno de los tesauros más descomunales y vetustos, en su inocencia adámica, que ha generado la lengua de Góngora, de Quevedo y de Cervantes. Siempre misteriosa, esta obra tiene la caudalosa y oscura energía de un Amazonas o de un Nilo, ríos donde su numen acaso fuera bautizado, después de unas soberbias e intemporales nupcias entre naturaleza y cultura.