OPINIÓN
Optar
sábado, 09 de junio del 2012
Pocas cosas hay en el mundo tan difíciles como escoger entre una variedad de opciones. Sobre todo, si éstas se muestran igualmente deseables, pues la elección, lejos de quedarse con lo mejor, implica una renuncia.
El proceso de descarte se convierte entonces en una tortura, en un camino alfombrado de espinas que no termina con la certeza orgullosa de habernos hecho con la joya de la corona, sino con la frustrante evidencia de todo aquello que debimos dejar atrás.
Eso pasa justamente cuando nos colocamos frente a un buen buffet: el dilema no está en decidir cuál de los platillos nos resulta más apetitoso, sino determinar aquellas delicias a las cuales estamos dispuestos a renunciar, definir qué sabores, qué texturas obviaremos en esa jornada.
Lo mismo les ocurre —supongo— a las damas ante un aparador de Ferragamo: no tienen dificultad alguna para saber cuáles zapatos quieren llevarse consigo... Simple y sencillamente los quieren todos, pero si el presupuesto solamente alcanza para un par, la ruta hacia su selección se convierte entonces en auténtica tortura.
Llamémosle ambición, llamémosle codicia, llamémosle como sea. Es una realidad puntual e innegable: cada vez que nos colocamos ante el dilema de optar nuestro cerebro no hace cálculos alrededor de aquello con lo cual terminaremos quedándonos, sino en torno al resto.
En esta columna sostenemos por ello que los procesos de adquisición culminan más en decepción que en satisfacción porque lo dejado atrás, lo abandonado, es siempre más que lo adquirido... Y eso otro que no poseeremos, lo tendrá alguien más.
La sensación de frustración es además amplificada por un aspecto perverso del proceso de optar: aquello que terminamos escogiendo nunca tiene todas las mejores características del universo analizado.
Si es un auto, por ejemplo, debemos conformarnos con llevarnos a casa el mayor número de caballos de fuerza, o los mejores frenos, o el mejor equipo de sonido, o el mejor rendimiento de combustible, o la mejor tecnología de navegación, o la mayor estabilidad en carretera...
Si hablamos de un teléfono celular, el mercado nos obligará a optar entre la mejor pantalla, el menor peso, la mayor duración de batería, la mejor navegación por internet, la más amplia cobertura, las tarifas más bajas... Bueno, en realidad esta última no es una opción.
Y si de escoger pareja se trata... En fin: que es complicado.
Porque en todos los casos, la constante será siempre la misma: nunca encontraremos una opción que lo tenga todo.
Y el problema es ése: nosotros lo queremos todo.
Existen, sin embargo, ejemplos de selección que escapan a esta regla pues al decidirse por una de las opciones no se adquiere la frustración que implica dejar de lado el resto de ellas, lo cual vuelve muy simple el proceso de tomar una decisión.
Uno de esos ejemplos es el de comprar cigarros. Quienes fuman simplemente son afectos a determinada marca de cigarrillos y eligen entre sus diferentes presentaciones dependiendo de ciertos parámetros, pero sin sufrir por la discriminación realizada.
Simplemente llegan al mostrador, piden una cajetilla —o varias— de su marca favorita y deciden entre las presentaciones de conformidad con sus hábitos personales: cajetilla dura o suave; tamaño regular o extralargo; presentación de 14 o 20 cigarros... ¡Simple!
Hace unos días, sin embargo, descubrí que las regulaciones en materia de salud han introducido un elemento de complejidad para los fumadores a la hora de comprar cigarros. Ya no es tan fácil como solía serlo.
Acompañaba a mi amigo, el abogado Alfredo Patiño, y nos introdujimos en el primer Oxxo que se nos atravesó para comprar una cervezas y una bolsa de hielo. Él aprovechó para comprarse unos cigarros y entonces tuvo lugar un interesante diálogo:
—Señorita: unos Marlboro blancos, por favor. Cajetilla dura.
—Aquí tiene.
—¡No, señorita! De estos no... A ver, ¿de cuáles tiene?... Es que los de los dientes me recuerdan a una exnovia... Y los de la rata me dan asco... Y los de los pulmones están re feos...
Según deduje, la dependienta de la tienda nunca se había topado hasta entonces con un cliente que escogiera los cigarros dependiendo de la foto que, por orden de la Secretaría de Salud, ahora portan las cajetillas de cigarros, así que entre divertida y sorprendida, procedió a colocar delante del abogado Patiño las distintas opciones de la galería del horror.
Contrario al proceso de selección ordinario, a don Alfredo no le costaba trabajo decidirse por el dolor que le provocaría dejar atrás el resto de las opciones, sino exactamente por lo contrario: simplemente no quería llevar consigo ninguna de aquellas imágenes.
Pero el gusto por la nicotina —como siempre— se impuso. “Esta bien: déme la del cáncer de lengua...”
¡Feliz fin de semana!
carredondo@vanguardia.com.mx
Twitter: @sibaja3
El proceso de descarte se convierte entonces en una tortura, en un camino alfombrado de espinas que no termina con la certeza orgullosa de habernos hecho con la joya de la corona, sino con la frustrante evidencia de todo aquello que debimos dejar atrás.
Eso pasa justamente cuando nos colocamos frente a un buen buffet: el dilema no está en decidir cuál de los platillos nos resulta más apetitoso, sino determinar aquellas delicias a las cuales estamos dispuestos a renunciar, definir qué sabores, qué texturas obviaremos en esa jornada.
Lo mismo les ocurre —supongo— a las damas ante un aparador de Ferragamo: no tienen dificultad alguna para saber cuáles zapatos quieren llevarse consigo... Simple y sencillamente los quieren todos, pero si el presupuesto solamente alcanza para un par, la ruta hacia su selección se convierte entonces en auténtica tortura.
Llamémosle ambición, llamémosle codicia, llamémosle como sea. Es una realidad puntual e innegable: cada vez que nos colocamos ante el dilema de optar nuestro cerebro no hace cálculos alrededor de aquello con lo cual terminaremos quedándonos, sino en torno al resto.
En esta columna sostenemos por ello que los procesos de adquisición culminan más en decepción que en satisfacción porque lo dejado atrás, lo abandonado, es siempre más que lo adquirido... Y eso otro que no poseeremos, lo tendrá alguien más.
La sensación de frustración es además amplificada por un aspecto perverso del proceso de optar: aquello que terminamos escogiendo nunca tiene todas las mejores características del universo analizado.
Si es un auto, por ejemplo, debemos conformarnos con llevarnos a casa el mayor número de caballos de fuerza, o los mejores frenos, o el mejor equipo de sonido, o el mejor rendimiento de combustible, o la mejor tecnología de navegación, o la mayor estabilidad en carretera...
Si hablamos de un teléfono celular, el mercado nos obligará a optar entre la mejor pantalla, el menor peso, la mayor duración de batería, la mejor navegación por internet, la más amplia cobertura, las tarifas más bajas... Bueno, en realidad esta última no es una opción.
Y si de escoger pareja se trata... En fin: que es complicado.
Porque en todos los casos, la constante será siempre la misma: nunca encontraremos una opción que lo tenga todo.
Y el problema es ése: nosotros lo queremos todo.
Existen, sin embargo, ejemplos de selección que escapan a esta regla pues al decidirse por una de las opciones no se adquiere la frustración que implica dejar de lado el resto de ellas, lo cual vuelve muy simple el proceso de tomar una decisión.
Uno de esos ejemplos es el de comprar cigarros. Quienes fuman simplemente son afectos a determinada marca de cigarrillos y eligen entre sus diferentes presentaciones dependiendo de ciertos parámetros, pero sin sufrir por la discriminación realizada.
Simplemente llegan al mostrador, piden una cajetilla —o varias— de su marca favorita y deciden entre las presentaciones de conformidad con sus hábitos personales: cajetilla dura o suave; tamaño regular o extralargo; presentación de 14 o 20 cigarros... ¡Simple!
Hace unos días, sin embargo, descubrí que las regulaciones en materia de salud han introducido un elemento de complejidad para los fumadores a la hora de comprar cigarros. Ya no es tan fácil como solía serlo.
Acompañaba a mi amigo, el abogado Alfredo Patiño, y nos introdujimos en el primer Oxxo que se nos atravesó para comprar una cervezas y una bolsa de hielo. Él aprovechó para comprarse unos cigarros y entonces tuvo lugar un interesante diálogo:
—Señorita: unos Marlboro blancos, por favor. Cajetilla dura.
—Aquí tiene.
—¡No, señorita! De estos no... A ver, ¿de cuáles tiene?... Es que los de los dientes me recuerdan a una exnovia... Y los de la rata me dan asco... Y los de los pulmones están re feos...
Según deduje, la dependienta de la tienda nunca se había topado hasta entonces con un cliente que escogiera los cigarros dependiendo de la foto que, por orden de la Secretaría de Salud, ahora portan las cajetillas de cigarros, así que entre divertida y sorprendida, procedió a colocar delante del abogado Patiño las distintas opciones de la galería del horror.
Contrario al proceso de selección ordinario, a don Alfredo no le costaba trabajo decidirse por el dolor que le provocaría dejar atrás el resto de las opciones, sino exactamente por lo contrario: simplemente no quería llevar consigo ninguna de aquellas imágenes.
Pero el gusto por la nicotina —como siempre— se impuso. “Esta bien: déme la del cáncer de lengua...”
¡Feliz fin de semana!
carredondo@vanguardia.com.mx
Twitter: @sibaja3