OPINIÓN

Monstruosidades

María C. Recio

Por:  María C. Recio

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martes, 04 de septiembre del 2012

    Hacía falta una voz sensible y autorizada para que se consolidara la denuncia en contra de un terrible mal que asuela aún a nuestra sociedad contemporánea: la violación.

    La voz es del doctor Luis de la Barreda Solórzano, quien recién acaba de publicar el libro "Monstruosidades", en donde muestra el horror de una práctica por desgracia aún común y cuyas víctimas se ven acorraladas en todos los frentes. Son múltiples, ilustra el doctor De la Barreda, las formas en que, ya al corto plazo, ya al largo, manifiestan haber sido objeto de ella: Físicas, conductuales, emocionales, sexuales y sociales.

    Víctimas ofendidas en su más sagrada intimidad, son atropelladas por gente sin escrúpulos, gente salvaje, en una sociedad que se dice civilizada. Atropellamiento a la dignidad humana que se presenta en la más oscura de las facetas del ser humano.

    El autor presenta a las víctimas y muestra las distintas y terribles experiencias a que pueden ser sometidas en sus distintas circunstancias: niños, presos, mujeres y todos los que viven en estado de vulnerabilidad.

    Y al referirse a sus violadores, se declara incapaz de comprender cómo resulta posible que, en algunos casos, quien ha sido violado o violada pueda ser capaz no sólo de perdonar, sino hasta de amar. Lo ejemplifica de manera excelente con un extracto de la novela de "La Muerte de Artemio Cruz", donde la mujer le confiesa al hombre haberse enamorado en una forma por demás amorosa y romántica.

    No había sido así. El hombre la había robado y la había violado, constituyéndose luego una relación en la que ella experimentara una suerte del llamado síndrome de Estocolmo, donde los secuestrados llegan a perdonar y hasta amar a sus secuestradores.

    El doctor De la Barreda comparte que jamás se imaginó que pudiera existir algo tan execrable como lo es la violación. "Me enteré tardíamente de que en la realidad ocurrían sucesos tales como las violaciones porque en la casa en que transcurrió mi infancia mis padres no nos hablaban a mis hermanos y a mí de las más deplorables miserias de la existencia: nos envolvían, por decirlo con las palabras de Hölderlin, en una nube mágica para que no viéramos demasiado pronto `todo lo mezquino y bárbaro' del mundo que nos rodeaba".

    La sacudida espiritual a que hace alusión el autor de este libro, al conocer el horrible drama de las víctimas fue motor para escribir esta obra en la que ofrece la palabra de un antiguo romance, la cita que viene al caso de un fragmento de "El Vergonzoso en Palacio", de Tirso de Molina, hasta muy adecuadas referencias a las palabras de José Ortega y Gasset, Jorge Luis Borges o Arturo Pérez Reverte, entre muchos otros autores y estudiosos.

    El libro nos enfrenta con informaciones que de pronto aparecen en la prensa y que así como sacuden en un instante en el otro son suplidos por noticias, ya superficiales, ya escandalosas, que nos hacen olvidar el drama vivido en el otro lado del planeta o. a veces a la vuelta de la esquina. Pero el doctor De la Barreda los presenta y además los estudia, bajo una perspectiva inteligente y sensible. Lo mismo hace con las estadísticas, tasas las delictivas, la información de la atención a las víctimas y su situación jurídica frente a los hechos, presentando textos legales actuales y de utilidad.

    En iluminadores capítulos se pregunta las motivaciones de los violadores y apunta castigos y tratamientos, estadísticas. Expone, con gran claridad, desde su voz calificada, desde su voz indignada y su voz compadecida, cómo este delito lastima y arruina la dignidad humana. Cómo aún tenemos que hacer cambios en nuestras legislaciones, como la del Distrito Federal, que expone en la página 114, donde se explica que en el párrafo final del artículo 174 del Código Penal para el DF "dispone que si entre el activo y el pasivo existe la relación de concubinato o de pareja, el delito sólo se perseguirá a petición de la parte ofendida". Remata este párrafo don Luis con las palabras de Quevedo en sus líneas referidas a las caricias amorosas:

    no pudiendo hurtarlas, y mereciendo
    apenas adorarlas.

    Un libro que, viéndolo a través de la crítica mirada del doctor De la Barreda, era imperioso para nuestras sociedades, para dar cabida a la extirpación del tumor maligno.