OPINIÓN

Los hijos de Vlad 1/3

jueves, 05 de julio del 2012

Tiempos ligeros, light y descafeinados corren sin prisa y sin pausa en este cibernético Siglo 21. Antes, en mis mocedades, los monólogos en Televisa los hacía un Premio Nobel de Literatura, el poeta Octavio Paz; ahora los hace Galilea Montijo o Carlos Loret de Mola. Leí a Charles Dickens y desde entonces tal vez, supe que mi destino era ser un pálido reflejo de ese contable trastabillado y gruñón, Uncle Scrooge. Hoy, los jóvenes a nosotros, los amargados de corazón en épocas navideñas, nos dicen “Grinch”. No hay referencias literarias, históricas o sociales de rancia prosapia; no; sólo hay consumismo, espectáculo, moda, Twitter, engaño, chacota… es decir, la estulticia, la ignorancia.

Decía en un viejo libro Jorge Luis Borges que en Argentina y en sus tiempos, se había pasado de la enseñanza del griego y latín, al inglés. Luego, se había pasado a la ignorancia. Subrayo la sentencia letra por letra. Y lo anterior y no otra cosa, es lo que ha venido a mi mente en este liminar, para contextualizar el volumen y su estirpe que hoy voy a reseñar en este tríptico de textos. En mis tiempos, Drácula, el Conde rumano de linaje y prosapia guerrera y sangrienta, inspiraba miedo, terror y respeto. Hoy da lástima. Al igual que Ernesto “Ché” Guevara, Drácula se ha convertido sólo en afiche, camiseta, bolsa y monedero de cinco pesos. De sus afilados colmillos y correrías nocturnas ya poco queda.

Hoy, para desgracia mía, los vampiritos de la saga para Internet y sus hordas de jóvenes ciberadictos, llamada “Crepúsculo”, van al colegio, usan bolsos Gucci, bufandas Fendi y las piernas torneadas de las jóvenes protagonistas invitan más a revolcarse en la hierba de un bosque primaveral, que clavarles los caninos en sus níveos y palpitantes cuellos. Hoy los vampiritos de Internet lejos de dar miedo, dan lástima. Tal vez si Bram Stocker viviese, se moriría de pena y vergüenza por encontrar convertido su mito, su diabólica creación, en un guiñapo de circo para pantalla plana.

En la monumental novela, Stocker escribe: “Yo pertenezco a una familia muy antigua y me moriría muy pronto si me viese obligado a residir en una mansión moderna. No busco ni la alegría ni el júbilo, y menos aún la felicidad que obtienen los jóvenes por un bello día de Sol y el murmullo del agua”. Hoy, todo se ha jodido, las vampiritas van al Colegio y usan faldas de tablones plisadas, como pasarela de Table dance. Hollywood todo lo pulveriza, todo lo deshace. Drácula no es la excepción.

Esquina-bajan

Conocía la novela en los estantes de novedades de las librerías defeñas. Mis magros bolsillos no le habían llegado al precio. Por mano generosa del abogado José Moreno Reyna, ésta ha llegado a mis ojos y he dado cuenta de ella apenas en un bostezo. Es la novela “La historiadora”, de una académica norteamericana, Elizabeth Kostova (Connecticut, 1964). La novela tiene la friolera de 700 páginas. Pudo haber tenido 52 y el resultado habría sido el mismo: decepcionante de principio a fin.

Esta novela, como todo lo producido y creado por la industria del espectáculo hollywoodense, tiene la particularidad, el sello de la casa: la ligereza para el amplio consumo de las masas. ¿La trama? La historiadora gringa busca a Drácula. El libro es considerado un “rompe-ventas”. Marketing armado meticulosamente para el alto consumo, pero que al final de cuentas adolece de lo principal: ser un buen producto literario.

El libro se deja leer a grandes parrafadas, letras y palabras anudadas y tejidas sin más hilo conductor que un par de asesinatos, desapariciones y la patética presencia de vampiros de tez lívida los cuales imagino, alimentaron con refrescos gaseosos de dieta o café aguado, propio de una cadena de cafeterías muy concurrida por jóvenes en México.

Letras minúsculas

Bram Stocker murió de sífilis en su miserable cuarto de un hostal londinense. Kostova viaja con tarjetas de crédito por todo el mundo…