OPINIÓN

La violación de los maestros

domingo, 12 de agosto del 2012

Para algunos, el ejercicio de la crítica es una forma más del insulto, el denuesto y la descalificación. No entiendo muy bien por qué. El libro “La Profanación del Arte. De Cómo La Corrección Política Sabotea el Arte”, de Roger Kimball (FCE, Breviaros 573, 2011), parece un buen ejemplo de esto.

Kimball (EUA, 1953) es un estudioso de la cultura y las artes, y por lo que he rastreado en Internet, ésta es una obra más o menos reciente: fue publicada en 2004 y traducida al castellano por Mariano Sánchez Ventura para ser impresa en el año pasado. El título original es algo fuerte: “The Rape of the Masters” [La Violación de los Maestros].

Se refiere a los historiadores y críticos de arte que, haciendo uso de metodologías surgidas de escuelas interpretativas o sistemas filosóficos como la deconstrucción, el marxismo, el existencialismo, la intertextualidad, el estructuralismo y otros, suelen ven en las obras de arte cosas que están más en su imaginación que en las obras mismas. Esto —dice Kimball—, por dos razones: una de carácter embriagadoramente “teórico”; otra de índole política —“corrección política” la llama él.

Para desarrollar sus ideas y descartar las de otros especialistas en cuestiones artísticas, Kimball fija su atención en siete ensayos dedicados a sendas obras pictóricas de: Courbet (“La Presa”, 1856), Rothko (“Sin Título”, 1953), Sargent (“Las Hijas de Edward Darley Boit”, 1882), Rubens (“Sileno Ebrio”, 1953 [sic]), Homer (“La Corriente del Golfo”, 1899), Gauguin (“Espíritu de la Mujer Vigilante”, 1892), Van Gogh (“Un Par de Zapatos”, 1856) y Velázquez (“Las Meninas”, 1656). Los autores de los textos van desde expertos contemporáneos que pontifican en universidades estadounidenses hasta el mismo Martin Heidegger.

Por desgracia, en su avalancha de sarcasmo y parodia, Kimball no puede evitar que las mangas conservadoras de su almidonada camisa asomen su blancura por debajo de las de su levita. Desde una visión que quiere parecer impoluta y asépticamente estética, surte de inclementes papirotazos a los autores de estos ensayos. En casi todos los casos no le falta razón para zarandear el pedestal académico sobre el cual deliran tales investigadores, por lo demás bastante intoxicados de retórica y de teoría, pero el tono del que nuestro victimario hace gala en su discurso resta veracidad a su crítica de la crítica.

Nos preguntamos por qué hay un abismo entre las artes y el gran público. Pues bien, una de las causas es el estado de retruécano al que ha llegado la teorización estética. Los ámbitos académicos, especialmente los universitarios, son los lugares ideales para que las corrientes de pensamiento sean discutidas, debatidas y puestas en tela de juicio si se quiere; pero de que la teorización en torno del arte y de otras manifestaciones del quehacer humano ha llegado a extremos digamos laberínticos, imposible negarlo. Ha llegado, y más: se ha desbordado en un seudobarroco de frenesí conceptuoso que no soñaron ni Quevedo ni Góngora.

Mientras escribo esto me topo con un ensayo de Omar Calabrese, de la Universidad de Minnesota, llamado “La Intertextualidad en la Pintura. Una Lectura de ‘Los Embajadores’ de Holbein”. El texto fue publicado en 1988 y es de una densidad soporífera. Éste es el principio de sus “Preliminares”: “Generalmente está ya aceptado que un texto no consiste simplemente en un efecto de sentido global o en la suma de los efectos de sentido locales que produce, sino que está construido según una máquina que regula a un nivel más profundo la arquitectura interna...”.

Por Dios. Cualquiera diría que la crítica y la teoría del arte se han convertido o en una rama de la lógica matemática o en un apéndice de la novela negra. ¿Es interesante? Sí, es bastante interesante, dicho sin ironía. Pero, ¿de qué se trata? Es decir, ¿a dónde nos lleva semejante teorización? Si es a “comprender” una obra de arte, espléndido; si es sólo un pretexto para lucir cierto tipo de erudición y alguna habilidad retórica, ¿es válido, es necesario, a estas alturas y como están las cosas? Imagino el banquete que un semiólogo extraviado en esta alucinación puede darse con “Piedra de Sol”, de Octavio Paz, o con el “Primero Sueño”, de Sor Juana.

Estas actitudes teóricas neobizantinas más la necesidad de adoptar posiciones “políticamente correctas” ante obras o corrientes estéticas, por parte de los historiadores y los críticos de arte, son los motivos que sostienen este libro de Roger Kimball. Por eso me parece que no le faltan razones para encorajinarse; lo que le falta es estilo y cálculo, según mi modesta opinión. Estilo y un poco de apertura: no todo en las teorías del arte es deleznable, ni todo en el arte acabó en el expresionismo abstracto.

Veamos un ejemplo. En su afán por descalificar lo que —desaforada y desafocadamente— la profesora Anna Chave, de la City University de Nueva York, afirma en torno de una obra de Rothko, Kimball ataca: “Y tampoco hay “mensaje” ninguno que necesite ser “decodificado”. La pintura de Rothko es sólo eso: una pintura. No es un “texto” que deba leerse o un misterio que tenga que descifrarse o desenmarañarse. Es una pintura que se mira.” (p. 83). Parece que Kimball arranca la maleza junto con el árbol...

Entiendo que cuando los lingüistas y los expertos en semiótica dicen que cualquier obra de arte es un “texto”, lo dicen en un sentido estrictamente figurado y partiendo de la raíz etimológica de la palabra: una obra de arte es un “tejido” (=texto) de formas, intenciones, sentidos, materiales (lingüísticos, sonoros, visuales, audiovisuales...). Por otra parte, “una pintura que se mira” nos dice algo, incluso más allá del tiempo en que fue realizada. “La Ronda Nocturna” de Rembrandt nos dice algo, lo mismo la Quinta Sinfonía de Mahler, cualquier obra de Duchamp y hasta algunos grafitti. Negarlo es un disparate. La pintura de Rothko es “sólo una pintura”, sí, pero esa pintura emite sentidos. Si no fuese así, lo mismo daría contemplar la pintura con que se cubre la superficie de una alberca que la que sostiene un lienzo de Gorky.

Me parece que el problema está en el exceso de teorización, epidemia que afecta a muchas universidades, sin excluir a las mexicanas. Ante esta embriaguez teórica, Kimball opone el método de Saint-Beuve: acercarse a la obra en virtud de la biografía del autor y de la descripción. ¿Cuál de estas formas es la mejor para entrar en una obra artística? Quién sabe, porque una verdadera obra de arte siempre termina rebasando a su autor y a cualquier corriente de interpretación. No sé si tenga algún caso arremeter contra infladas teorías que en algún momento acabarán exhaustas como globos pinchados o imponer una manera de mirar e interpretar el arte.

El arte tiene la crítica que se merece. ¿O es al revés?