OPINIÓN
La pobreza de los pueblos indígenas, terrible indiferencia
lunes, 18 de febrero del 2013
Según la Conapo en México la población indígena es de 22.1 millones de personas (2010), de las cuales casi siete millones de individuos de tres y más años hablan alguna lengua indígena y cerca de 15 millones de personas se les considera indígenas aun cuando, de ellos, más de 9 millones no hablan lengua indígena.
Lo grave en México es que ser indígena (o parecer) es condición suficiente para ser discriminado, recibir maltratos o para que sus garantías individuales sean violadas.
Viaje sinuoso
Quizá alimentados por las estadísticas, quizá por la natural necesidad por la aventura de la edad, temprano habían arribado, vía área, a la capital del estado, pero les esperaba un arduo viaje de ocho horas por caminos entercados y brechas sinuosas que atravesaban las húmedas y frías montañas de Chiapas. La meta: llegar a la comunidad seleccionada antes del anochecer para instalarse en el único “salón” de la escuela, que sería su hogar en las siguientes cuatro semanas.
Los jóvenes turistas estudiaban el último semestre de su carrera profesional en una renombrada universidad. El viaje no era para un proyecto escolar, ni tampoco de índole religioso, solamente deseaban experimentar la manera en que vivían los indígenas de esa zona. Deseaban vivir con esas personas de las cuales todos hablan, pero a las que nadie les habla y que pocos citadinos realmente conocen.
El paisaje que recorrían era contrastante. Por un lado, un verdor lleno de vida y por otro, comunidades, chozas, miradas hinchadas de desolación, niños de estómagos abultados que anunciaban muertes anticipadas.
Un mundo distinto
Durante la travesía los muchachos atestiguaron una realidad impensable: esa pobreza que destinaba a las personas al mismo umbral de la muerte.
Al paso de los días se percataron que, a pesar de la marginación, en la comunidad existía un rito permanente. Todo lo que se emprendía, desde el amanecer hasta el anochecer, tenía algo de mágico y trascendente. Cada acción guardaba un símbolo, un significado. Cada actividad tenía un fin que ellos, extranjeros, no alcanzaban a comprender. También descubrieron que la lengua en que se comunican no solo los distinguía, les daba identidad.
En su cotidianidad no existía aburrimiento, ni pretensiones. Los pobladores de esa comunidad vivían en una extrema e injustificable pobreza, pero compartían una excelsa dignidad en sus almas, además sintieron de su parte una hospitalidad y calidez jamás percibida.
Sin tiempo
Ahí el tiempo permanecía inmutable, como si los siglos no hubiesen transcurrido: no existía agua potable, electricidad, gas, teléfono, radio, ni televisión, ni escuelas. Tampoco medicinas, ni atención médica. La dieta se limitaba al consumo de maíz, frijol y chile. En esa comunidad solo había arduo trabajo, todo compartido, Sol y nubes, noche, Luna y estrellas alumbradas.
Descubriendo…
Aprendieron que los indígenas poseían una nítida y sencilla sabiduría inmanente a sus orígenes: sin complicaciones. Que ostentaban una mentalidad distinta a la de ellos, la cual daba vida a costumbres propias, que su concepción de la vida estaba repleta de vida, como lo demostraban sus coloridas festividades. Que su intuición era notable y directa. Que su conocimiento de los ciclos y ritmos naturales era hondo, al punto de llevarlos dentro de sí mismos. Que la sabiduría de sus pares era más abreviada y profunda que la de ellos, muchachos casi profesionistas.
Encontraron que el ser indígena, era difícil de definir y más de entender, algo que va desde el sentido del silencio, la atención, la más extrema sencillez hasta la más insólita metáfora, junto a una serenidad y pureza extraordinarias que se unen a un envidiable sentido del humor y a un auténtico amor por la naturaleza.
Constataron que los indígenas no se ven a sí mismos como tales, sino más bien como herederos de los dioses, que su comunidad era algo así como el centro del mundo, de un mundo propio. Que no se perciben como una determinada “raza”; que, tal vez, ni siquiera se piensan adheridos a México, porque ellos convivían a su manera y nombraban a sus propias autoridades, de acuerdo a la concepción que tienen de la existencia. Realidades incomprensibles para las personas de las grandes ciudades, para los que viven en el “mundo tecnificado”.
A medida que transcurría el tiempo, comprendieron que todos en la comunidad - inclusive los niños - sabían de la discriminación social, económica y cultural que, desde siempre, han padecido, que sabían del constante abuso, de la injusticia social, del trato “turístico” del cual eran víctimas.
La maestra
Descubrieron que la maestra rural, que había estudiado en la capital del estado, era oriunda de ese poblado. Que al recibirse había regresado para luchar, con escaso éxito, para que el Gobierno atendiera las más elementales necesidades de su comunidad, para proteger los derechos humanos más esenciales y para que, los explotadores terratenientes y los criminales talamontes, no terminaran de apoderarse de sus tierras y vidas.
Inolvidable lección
Ella les hizo saber su ideal: que el Gobierno y la sociedad les otorgara los mismos derechos que a los demás mexicanos, que su cultura fuera respetada y conservada, que el mundo tomara conciencia que la cultura de estos pueblos estaba ante una inminente extinción.
Con esta humilde maestra los jóvenes aprendieron una lesión que jamás olvidarían: Un día, casi a punto de emprender el regreso, en una trivial conversación, la maestra les dijo — casi llorando — que cambiaría su vida para que uno de los jóvenes universitarios viviera escasos 10 minutos la existencia de un indígena de su edad.
Los universitarios de facto comprendieron el sentido del comentario. Ellos venían de un mundo distinto, con oportunidades inimaginables para los habitantes de esa comunidad. Estaban ahí deliberadamente para “experimentar”, por escasos días, una realidad que para los jóvenes indígenas no era opcional, pues ellos estaban castigados al olvido en ese impenetrable poblado, soportando las condiciones más extremas de una completa pobreza.
La maestra sabía que los muchachos indígenas estaban condenados — al igual que sus hijos y nietos— a vivir en la miseria, a ser explotados, sin las más mínimas posibilidades de romper ese círculo mortal en el cual habían nacido.
Sabía que estos pueblos solamente eran considerados en la retórica gubernamental, que eran útiles para el interés político y social bajo una visión hipócrita, utilitaria. Materialista.
Los universitarios, por su previa ceguera e ignorancia, se avergonzaron de sí mismos. Un nudo agrio secuestró sus gargantas: ¡ella cambiaba su vida por 10 minutos, intuyendo que esto brindaría a los muchachos universitarios la conciencia de la existencia de un México indigente!
La maestra les hizo ver que vivían encerrados en sí mismos, ignorando la terrible realidad de su propio País, que tenían el espíritu moribundo, encarcelado en la prisión del consumo, el dispendio y la desmesura. La conversación fue impactante. Trascendental.
La encrucijada
Los muchachos enfrentaron una grave encrucijada: o vivir ciegos, dormidos, narcotizados, con las alas cortadas, a expensas del materialismo y del “todo me da igual”, o bien, emprender una vida enriquecida por la generosidad, la consideración y el respeto por los que menos tienen, trabajando por la justicia social de sus propias comunidades.
La breve estancia en esa relegada comunidad abrió el corazón de los cuatro jóvenes. A partir de esta experiencia de verano ya nada les fue igual. Sus espíritus habían sido tocados por la pobreza e injusticia, por la terrible indiferencia que tiene el País hacia la gente de sus pueblos originarios.
Sus conciencias se transformaron al percatase de las enormes posibilidades que ellos tenían para contribuir a cambiar, desde sus trincheras y posibilidades, esta inaceptable indolencia social. Desde entonces sus miradas son diferentes. Más humanas.
cgurtierrez@itesm.mx
Programa Emprendedor
Tec de Monterrey
Campus Saltillo