OPINIÓN

La muerte llama

lunes, 23 de julio del 2012

Gabriel Guerra Castellanos

(Internacionalista)

Una función de cine de medianoche se torna pesadilla. La película de estreno había convocado a personas de todo tipo y todas partes, muestra de la diversidad que marca a la provincia estadounidense: más jóvenes que viejos por el tipo de película, pero lo mismo parejas que grupos de amigos o familias con bebés de brazos, estudiantes preparatorianos, blancos, negros, hispanos, asiáticos.

Aurora es una ciudad mediana en Colorado y su cercanía con Denver la hace parte de la principal zona metropolitana del estado. Las estadísticas señalan que es una de las más seguras del país. No se conoce de tensiones particulares, de conflictos subyacentes, es una ciudad tranquila, de esas que se parecen a cualquier otra de su tipo, sin nada que la hiciera destacar, si acaso su cercanía con la sede de otra masacre, la de la preparatoria de Columbine, en el poblado de Littleton.

Hoy el nombre de Aurora le ha dado la vuelta al mundo. No hay quien pueda mantenerse indiferente ante un acto como éste, y no solo por lo inexplicable, sino también porque las víctimas estaban, como usted y como yo, en la aparente seguridad de la monotonía, de la cotidianidad. Nos resulta más fácil la empatía con aquellos con los que podemos identificarnos: no son estas víctimas habitantes de una zona azotada por la guerra, el terrorismo o la hambruna. Son clasemedieros urbanos, que van al cine y no regresan de él…

Un incidente fatídico así provoca siempre la reflexión, la introspección, pero también el simplismo y la crítica fácil, el intento descarado por sacar ventaja de la tragedia ajena o por tratar de minimizar el daño a la propia imagen. Es el caso de los propagandistas de la National Rifle Association, uno de los más poderosos grupos de presión en EU, quienes saltaron a señalar que el mortífero ataque NO tiene que ver con la facilidad para adquirir y portar libremente armas de todo tipo, y que de hecho la tragedia pudo haberse evitado si alguno de los espectadores hubiera portado un arma para doblegar al atacante…

Más allá del argumento llevado al absurdo, una discusión seria acerca de lo acontecido en Aurora debe girar en torno a algunos temas que me parecen centrales: el del acceso irrestricto a armas de alto poder y repetición, también llamadas “de asalto”; a la violencia que cotidianamente se observa en distintas expresiones en los medios de comunicación y/o entretenimiento; y a la entelequia del Mal, así, con mayúsculas, que nadie comprende pero que a todos asusta y todos condenan.

Para los estadounidenses el libre acceso a armas de fuego es una de esas cosas que no se pueden explicar lógicamente. Es como la obsesión que los mexicanos tenemos por el petróleo o los canadienses por el agua, forma parte de nuestro ser más íntimo. Está consagrado en su constitución y es inatacable, pero ha llegado a los extremos del absurdo: todo indica que el impresionante arsenal utilizado por el asesino de Aurora fue adquirido legalmente, que cualquier persona podría hacerse de uno similar o peor.

La violencia en los medios ocupa y preocupa a muchos, y cuando se dan casos dramáticos como éste la tendencia natural es a culpar a los mensajeros, a los transmisores ya sea de noticias o de entretenimiento. El hecho de que la matanza coincidiera, macabramente, con una escena de un tiroteo en la película solo ha incrementado el volumen de las voces que piden control, mesura o censura a los medios de comunicación.

Pero la violencia en los medios existe desde los primeros tiempos, lo único que ha cambiado es la tecnología por la que se transmite. Las pinturas rupestres, la biblia, los escritos sagrados de muchas culturas y religiones están todos llenos de historias de muertes, matanzas, asesinatos, violaciones y otras conductas que lamentable pero ciertamente forman parte de la naturaleza humana.

Eso nos lleva necesariamente a pensar en el Mal, y a preguntarnos si acaso la maldad existe como parte integral de la humanidad, si acaso la barbarie vive, a veces oculta y otras visible, dentro de cada uno de nosotros. Siempre se podrá tratar de racionalizar la violencia, sobre todo la de los criminales en masa, pero a final de cuentas todos tienen, todos tenemos, que saber controlar a los impulsos malignos que nos habitan. Es ahí, en la capacidad para dominar a lo malo y hacer salir lo bueno, en donde nos encontramos como seres humanos de verdad.

Twitter: @gabrielguerrac

El Universal