La moneda
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En la plaza del Mercado de la Madre, donde se reúne la gente a comprar desde verduras y carne hasta ropa usada, hay un particular ambiente familiar
Para Maritere del Río Lomelí
En la plaza del Mercado de la Madre, donde se reúne la gente a comprar desde verduras y carne hasta ropa usada, hay un particular ambiente familiar; es agradable caminar por allí si uno gusta de la gente; es algo que disfruto. También es posible desayunar gorditas de maíz con guisados caseros de frijoles, papas, queso o tacos de barbacoa mientras algunos músicos de vez en vez, irrumpen con sus guitarras a pedir algunos pesos.
En este mercado saltillense ubicado entre la calle Urdiñola y la Plaza de la Madre -de allí su nombre-, también venden fierros viejos, antigüedades, maceteros, plantas, cacerolas y más. Pero lo que recuerdo con mayor cariño, es a un hombre anciano. Él era una escena viva de gran belleza. Tanto, que parece que él está aquí y ahora:
De aproximadamente 80 años, el hombre está sentado en una banca de granito rojizo de la plaza. Ocupa el extremo derecho de la banca. Se atavía con un sombrero de media ala, un saco de lana ya desgastado pero limpio, camisa pulcra igual de usada, todo esto en tonos grises diversos. Su pantalón es color café, unos zapatos aseados de un tono similar y calcetines grises. Está en silencio, su postura es totalmente recta, así que su figura delgada es muy bella en esa postura. Las arrugas le dan una elegancia rotunda a sus años y a su cabello blanco que emerge apenas al lado de sus orejas. Está bien afeitado. A su costado izquierdo, en el resto de la banca, él -¿quien más, sino él?- ha extendido con cuidado un pañuelo alargado. Y sobre el pañuelo, acomodadas a una simétrica distancia una de la otra, brillan monedas antiguas, son ocho distintas. Yo me acerco y le pregunto: -¿Y esas monedas? -Las vendo, dijo.
Tomo un peso mexicano grande de esa exhibición mínima, no es como el peso que ahora tenemos, esa moneda que se escurre entre dedos y rendijas, como las finanzas del país.
-Es una moneda muy hermosa, le dije. Pregunté el precio y le pagué lo que me pidió. Me esfuerzo en decirle que debe ser muy doloroso desprenderse de algo tan valioso; él sonrió un poco y asintió.
Toma las monedas que le doy y las coloca lentamente en el bolsillo derecho del saco. Vuelve a esa postura que tanto me gusta, a esa rectitud que parece dejar clara su dignidad ante todo, ante incluso, un negocio tan pequeño como éste.
Confieso que tengo una imaginación que a veces es más libre de lo que quiero, o más dramática. Pero en este caso quiero pensar que el hombre terminó de vender sus monedas. Y que en su casa, todavía guarda muchas más.
Lo imagino terminando de colocar, como lo hizo, lentamente, las otras monedas de la ventas posteriores que imagino, en el bolsillo derecho de su saco. Lo veo doblando cuidadosamente ese pañuelo largo, procurando formar pliegues iguales hasta formar un cuadro reducido; lo veo colocar ese pañuelo en el bolsillo izquierdo del saco.
Lo veo levantarse con tranquilidad, como quien le gana la partida de ajedrez a la pobreza porque ha participado en muchas rondas, porque sus ojos se han despertado muchas veces en este mundo. Lo veo con el dinero de las ventas dirigirse a uno de los puestos y tomar unas manzanas, luego tomar algo de calabaza. Lo veo guardando cinco huevos en una bolsa de plástico transparente. Y al final, lo veo comprándose una gordita de frijoles que se come con lentitud, como premio por su esfuerzo. Lo veo alejarse, hermoso, en el momento, caminando entre la música del acordeón y las flores que se abren y perfuman su paso en los puestos de planta y macetas. claudiadesierto@gmail.com