OPINIÓN

La hora de votar

sábado, 30 de junio del 2012

En las últimas semanas se ha convertido casi en una moda que los columnistas dejen por escrito el sentido y la razón del voto que emitirán el día de mañana. Respeto la posición de quienes han decidido hacer públicas sus preferencias y creo incluso que se trata de un buen ejercicio.

Pero no me treparé a esa ola. En primer lugar, porque tengo una responsabilidad pública de carácter electoral y, aún cuando eso no impide tener preferencias ideológicas (las cuales tengo, por supuesto), creo que revelar mi posición sólo serviría para que en el futuro se me acusara de diversas cosas, entre ellas de faltar a mis deberes públicos.

No lo haré, en segundo lugar, porque no pretendo convencer a nadie respecto de las ventajas políticas, filosóficas, morales o prácticas de mi posición, ni busco inducir a nadie para que imite mi conducta.

Tengo muy claro lo que haré en la casilla mañana, pero nunca he intentado a través de los espacios donde expreso opiniones -y no voy a hacerlo ahora- persuadir a nadie para que me acompañe en esa posición.

Insisto: no encuentro nada de criticable en la conducta de quienes han decidido ventilar el sentido de su voto y los elementos que les han llevado a tal conclusión. Ocurre sólo que en mi caso no lo creo útil ni prudente.

Ello no implica que carezca de posición respecto de la elección de mañana domingo, o crea que no debe discutirse la trascendencia de la decisión que tomaremos todos los mexicanos con derecho a votar.

Sólo creo, a contracorriente de muchos, que la discusión -y las pasiones- se concentran excesivamente en torno a un elemento que, siendo importante, es sólo una fracción -y no la mayor- del proceso de construcción de una democracia: el ejercicio del voto.

En eso han sido tremendamente exitosos nuestros políticos: nos han vendido con una eficacia envidiable, el espejismo de que la democracia se agota en la urna electoral y que eso es lo único que cuenta. Se trata de un engaño que sólo beneficia a quienes medran con la actividad pública.

Es cierto: votar es un acto muy relevante porque el resultado de las elecciones tiene una gran trascendencia para todos. Implica -en una síntesis apretadísima, por supuesto- permitir o impedir que determinados individuos, intereses e ideas se hagan con el poder y que ello acelere o retrase -incluso impida- el acceso de todos al estatus privilegiado de ciudadanos.

Pero en México el voto adquiere proporciones casi míticas porque concedemos a los candidatos el estatus de super-hombres (o super-mujeres), de individuos provienciales, de semi dioses todopoderosos a cuyo influjo nuestra realidad personal transmutará en aquello que siempre soñamos.

El voto adquiere dimensiones irracionales porque consideramos que el triunfo o la derrota de un determinado individuo nos condena irremediablemente a la felicidad o a la desdicha.

Así, los partidarios del candidato X afirman, con una vehemencia digna de mejores causas, que sólo si su favorito triunfa será posible el México luminoso, moderno, seguro e igualitario que todos deseamos. En sentido inverso repiten, como dogma de fe, que si el candidato Y se alza con la victoria, bien haríamos en ir buscando otro planeta al cual mudarnos.

El voto como piedra filosofal que trasmuta la fe en mundos de fantasía.

Desde esa perspectiva, las elecciones no sólo son importantes, sino trascendentales, vitales, únicas como oportunidad de salvación. Literalmente nos va la vida en ello, como diría Luis Eduardo Aute.

Huelga decirlo: desde esta perspectiva nada cuentan nuestras acciones cotidianas, los actos que todos los días, todos nosotros, podemos -y debiéramos- realizar para obligar a nuestros gobernantes a consolidar la democracia, a ceñirse a un código de ética basado en principios como la honestidad, la justicia, la transparencia, la tolerancia.

Lo único que cuenta es votar. Y si la mayoría se equivoca a la hora de votar entonces todo está perdido, el país se fue por el caño, el futuro ha sido cancelado y sólo nos queda rezar para que la vida nos alcance hasta la siguiente elección e intentar -una vez más en muchos casos- que el salvador de la patria llegue al poder.

Porque desde esta perspectiva no existe ningún otro camino para que nuestro país cambie. La única ruta es que el candidato X llegue al poder y mientras eso no ocurra, las cosas seguirán igual o peor.

Porque desde esta perspectiva, la transformación de una sociedad no ocurre merced a la suma de millones de acciones individuales, merced al abandono de los vicios que nos caracterizan como sociedad, merced a la adopción y defensa intransigente de un código de conducta colectiva. La transformación es -y sólo puede ser- producto del influjo de un personaje providencial.

Se trata de un engaño que hemos comprado demasiado bien.

El país seguirá en pie el próximo lunes, independientemente de quién gane. Y seguirá teniendo los mismos problemas y padeciendo lo mismos lastres... Y así seguirá mientras sigamos creyendo que la única solución a nuestras desdichas es que fulano o mengano lleguen al poder.

¡Feliz fin de semana!

carredondo@vanguardia.com.mx

Twitter: @sibaja3