OPINIÓN

Lady Profeco y compinches

Entonces, oootra vez, se demuestra que en México se castiga a los de abajo, jamás a los de arriba.

domingo, 12 de mayo del 2013

    Escribo este artículo el viernes 10 de Mayo, Día de las Madres, sólo para constatar, una vez más que, como dice Juan Rulfo en uno de sus mejores cuentos, Luvina, "el Gobierno no tiene madre". Y es que si uno quisiera inventar un país como México, la imaginación no tendría la posibilidad de crearle tantos portentos, tales incoherencias, esa suma infinita de ocurrencias que ni García Márquez en su prodigiosa creatividad atinaría a escribir.

    Lo que sucedió en el Distrito Federal en un restaurancito en el que una lepa chiflada quiso ser tratada no como cualquier cliente sino como alguien especial, ¡vaya, como hija de papi!, y propició que se cerrara el lugar, es increíble. Benito Juárez acabó con los títulos de nobleza en México, pero hagan de cuenta que podó la nobleza porque resucitó de otra manera y con mayor fuerza. Tras la prohibición, surgieron los títulos académicos que ocuparon exactamente el mismo sitio de los que estaba vedando. En Bélgica llamaban a México "le royaume des licenciados" (el reino de los licenciados), que ahora muchos quieren convertir en el de los doctorados. Regresando a la güerca tan sobradita, nada más faltó que cacheteara a los meseros. Pero no es esto lo peor, sino lo que ayer comunicó la prensa: su padre, titular de Profeco federal, dejó sin trabajo a cuatro trabajadores de esa dependencia porque abusaron del poder. ¡De veras que sobran incongruencias! O sea que su retoño, esa muchacha a la que él formó y a la que le dio alas e ínfulas, hizo fatua y engreída, está sobre todas las cosas incluida la vida de cuatro familias. Él no se hizo responsable, por supuesto, porque estaba ausente ya que le habían operado una nalga. ¡Qué País!

    Otra forma del absurdo tuvo lugar también en esa gran capital. Un pobre chofer, cansado o enfermo o lo que usted quiera, tuvo un accidente. Evidentemente que ese accidente provocó la muerte y sufrimiento de muchas personas que nada tenían que ver con el asunto. Pero ante el suceso, el ejecutivo estatal sintió que era la mejor ocasión para lucirse y lanzó un anatema de grueso calibre. El Gobernador del Estado de México, Eruviel Avila, que andaba paseando en Roma, llegó enardecido y calificó al chofer como homicida culposo. Es decir que no existen los jueces, el Ministerio Público, los procesos. Para nuestros gobernantes está la televisión y hay que dejar contentos a todos: ¡aquí se castiga a los culpables! ¿Se les castiga?... ¿y los narcos, y los corruptos? y ¿qué pasó con quienes perdieron una niña en una cama y la encontraron nueve días más tarde en esa entidad federativa? El chofer, por supuesto, será el chivo expiatorio porque les hace falta. Diferencia con el "dueño" de Profeco: la hijita de Peña Nieto tuvo un exabrupto parecido tildando a los críticos de su papi de proletas ignorantes. Entonces, se castiga a los de abajo, jamás a los de arriba. Lady Profeco (¡qué fantástico título le dieron!) muestra de qué están hechos los gobernantes.

    Siguiendo esta ristra de eventos, el obispo de Saltillo se reunió con las madres de los desaparecidos que, en vez de celebrar el Día de la Madre o de dejarse festejar, expusieron su dolor frente al Angel de la Independencia. En un discurso vehemente, el prelado tronó contra los gobernantes de todos los niveles y todos los partidos, condenó el famoso Pacto Federal y lamentó que las madrecitas no hayan tenido el consuelo de saber dónde están sus hijos, nietos, esposos o parientes. Tan duro pegó a los políticos que poco le faltó al Angel para salir volando en búsqueda de mejores aires; se lo impidió la escasa o nula visibilidad, porque los imecas estaban en su mejor día, que fue el peor para los defeños.

    Fuera de tanta consternación por los sucesos comentados y de los desplantes de los (y las) lepes caguengues, que en Saltillo abundan, es preciso decir que la vida es bella y que las madres son admirables y no se rajan. Las de aquí, las de la Plaza de Mayo en Buenos Aires, o las madres palestinas, dicen ¡no!