OPINIÓN
Habitar el cuerpo completamente
martes, 31 de julio del 2012
Un grupo de estudiantes traza breves movimientos. Sus respiraciones acompañan la coreografía. Están en un salón amplio con duela de madera. Encima del brillante piso sus cuerpos; frente a ellos su profesor, el actor y bailarín José Ruiz Subauste. Lo que veo es la evaluación final del semestre para la carrera de danza contemporánea en la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Estos jóvenes trabajan por conquistar la precisión de los más breves movimientos corporales. Es la importancia de lo pequeño para poder construir mayores complejidades desde un espacio de perfección. Pero no sólo importa la técnica, también cuenta la capacidad dramática y la capacidad discursiva de los estudiantes a quienes su profesor pide que con base en un texto elegido por ellos, desarrollen una coreografía. Y es aquí, en esta capacidad interpretativa que se impulsa a desarrollar, en donde cada bailarina o bailarín puede aportar su sello.
Posteriormente a este ejercicio, Subauste, pide a una bailarina que tome su turno como coreógrafo y selecciona a una pareja. Los elegidos muestran, como quien muestra un texto hecho de movimientos, sometido a escrutinio, sus trazos corporales nuevamente ante ella, y así la bailarina que toma las veces de coreógrafo, observa estos movimientos, los desmenuza, y tiene un tiempo breve para plantear una nueva coreografía. Cada bailarín realiza este ejercicio de creación, dando a luz nuevos significados.
En esta universidad gratamente se da un lugar vital al elemento experimental. Llama la atención que dentro de esta clase se busque una plasticidad total en cada bailarín, y esto lo hace Subauste impulsado por su formación actoral. Así, no sólo el cuerpo es el lienzo, también cuenta la gestualidad y la voz.
En sus clases, el coreógrafo peruano muestra parte de las tendencias eclécticas más avanzadas en el panorama de la danza contemporánea. Esto lo hace apoyado por su formación como bailarín con Jaime Lema y Maureen Llewelyn-Jones, así como por su especialización en danza contemporánea en Holanda, dentro de la Amsterdamse Hoogschool voor de Kunsten. O bien, por sus estudios actorales dentro de la Asociación para la Investigación Actoral Cuatrotablas de Perú.
Mientras hombres y mujeres quitan de sus rostros el sudor, y vuelven a ponerse sus abrigos en animada charla, pienso en la capacidad del bailarín, de ese poder al habitar el cuerpo completamente. Salimos de la clase de evaluación y pienso: he habitado este cuerpo a medias mucho tiempo.
Nos bajamos del autobús, y todo es poner los pies en el suelo, mientras cruzo Avenida Salaverry y Javier Prado en el distrito de San Isidro, para sentir cada parte que me conforma. Voy llenándome de mí desde adentro hasta la punta de las uñas. Esta sensación de habitar el cuerpo en su totalidad, como una fuente de músculos y energía, hace que cambie mi postura, algo en mí jala hacia el cielo.
El próximo semestre estos bailarines peruanos afianzarán más esa libertad gestual que admiro en la danza contemporánea. Debo admitir que la prefiero por encima de la clásica, pues en la danza contemporánea académica está el rigor, pero también está el alma. Hay más entraña, más vida; el bailarín es un ser que no sólo sigue instrucciones, también crea y se expresa. Será por eso que todavía recuerdo al Ballet Teatro del Espacio, legendaria compañía mexicana extinta por falta de apoyo económico, cuando sus coreógrafos Gladiola Orozco y Michel Descombey hicieron llover en el escenario del Teatro de la Ciudad, en Saltillo. Ah, los cuerpos y la lluvia.
claudiadesierto@gmail.com
Estos jóvenes trabajan por conquistar la precisión de los más breves movimientos corporales. Es la importancia de lo pequeño para poder construir mayores complejidades desde un espacio de perfección. Pero no sólo importa la técnica, también cuenta la capacidad dramática y la capacidad discursiva de los estudiantes a quienes su profesor pide que con base en un texto elegido por ellos, desarrollen una coreografía. Y es aquí, en esta capacidad interpretativa que se impulsa a desarrollar, en donde cada bailarina o bailarín puede aportar su sello.
Posteriormente a este ejercicio, Subauste, pide a una bailarina que tome su turno como coreógrafo y selecciona a una pareja. Los elegidos muestran, como quien muestra un texto hecho de movimientos, sometido a escrutinio, sus trazos corporales nuevamente ante ella, y así la bailarina que toma las veces de coreógrafo, observa estos movimientos, los desmenuza, y tiene un tiempo breve para plantear una nueva coreografía. Cada bailarín realiza este ejercicio de creación, dando a luz nuevos significados.
En esta universidad gratamente se da un lugar vital al elemento experimental. Llama la atención que dentro de esta clase se busque una plasticidad total en cada bailarín, y esto lo hace Subauste impulsado por su formación actoral. Así, no sólo el cuerpo es el lienzo, también cuenta la gestualidad y la voz.
En sus clases, el coreógrafo peruano muestra parte de las tendencias eclécticas más avanzadas en el panorama de la danza contemporánea. Esto lo hace apoyado por su formación como bailarín con Jaime Lema y Maureen Llewelyn-Jones, así como por su especialización en danza contemporánea en Holanda, dentro de la Amsterdamse Hoogschool voor de Kunsten. O bien, por sus estudios actorales dentro de la Asociación para la Investigación Actoral Cuatrotablas de Perú.
Mientras hombres y mujeres quitan de sus rostros el sudor, y vuelven a ponerse sus abrigos en animada charla, pienso en la capacidad del bailarín, de ese poder al habitar el cuerpo completamente. Salimos de la clase de evaluación y pienso: he habitado este cuerpo a medias mucho tiempo.
Nos bajamos del autobús, y todo es poner los pies en el suelo, mientras cruzo Avenida Salaverry y Javier Prado en el distrito de San Isidro, para sentir cada parte que me conforma. Voy llenándome de mí desde adentro hasta la punta de las uñas. Esta sensación de habitar el cuerpo en su totalidad, como una fuente de músculos y energía, hace que cambie mi postura, algo en mí jala hacia el cielo.
El próximo semestre estos bailarines peruanos afianzarán más esa libertad gestual que admiro en la danza contemporánea. Debo admitir que la prefiero por encima de la clásica, pues en la danza contemporánea académica está el rigor, pero también está el alma. Hay más entraña, más vida; el bailarín es un ser que no sólo sigue instrucciones, también crea y se expresa. Será por eso que todavía recuerdo al Ballet Teatro del Espacio, legendaria compañía mexicana extinta por falta de apoyo económico, cuando sus coreógrafos Gladiola Orozco y Michel Descombey hicieron llover en el escenario del Teatro de la Ciudad, en Saltillo. Ah, los cuerpos y la lluvia.
claudiadesierto@gmail.com