El Título Quinto
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La Revolución nunca le hizo justicia a la Federación. El autoritarismo y el federalismo fueron como el agua y el aceite, nunca se juntaron. Pero lo peor es que la democracia no ha podido hacer la mezcla.
Cuando se promulgó la Constitución en febrero de 1917, el Título Quinto sumaba apenas unos párrafos, hoy abarca unas 30 cuartillas, por lo menos. Para cualquier observador esto es una anomalía. Tantas reformas durante casi un siglo para engrosar ocho artículos de la Constitución deberían haber redundado en un fortalecimiento equivalente de la Federación. Pero no es así; la observación cuidadosa de la historia de reformas a los artículos 115 a 122 es la historia del centralismo disfrazado de ficción federalista. Desde su primera reforma, en 1933, el artículo 115, que define el régimen municipal, fue descuartizado para que el gobierno central uniformara su régimen de gobierno desde Yucatán hasta Baja California, sin misericordia republicana alguna.
A 97 años del Congreso Constituyente tenemos un municipio exánime, un sistema de legislaturas estatales inútil (los ejemplos más recientes: Coahuila y Tabasco), poderes judiciales impotentes para la justicia y gobernadores todopoderosos; los infaustos señores "feuderales", dueños de municipios, congresos y jueces. La candidez de los diputados constituyentes se ve reflejada en las buenas intenciones del 115 original: "II. Los Municipios administrarán libremente su hacienda, la cual se formará de las contribuciones que señalen las legislaturas de los estados y que, en todo caso, serán las suficientes para atender a sus necesidades."
Nada hay más lejos de la realidad que esa aspiración original de los Constituyentes de 1916. La estructura del régimen federal está dañada. Ha sido herida por el presidencialismo de partido hegemónico con su centralismo vertebral, por la indiferencia ciudadana ante su impotencia, que es, a la vez, impotencia, por la recaudación fiscal centralizada y la distribución clientelar de los recursos. Podemos ver al municipio como una presa de rapiña inerme ante el potencial depredador de sus victimarios y beneficiarios.
Las legislaturas locales son poco menos que un adorno caro. La domesticación de más de tres generaciones de ciudadanos adaptados a fuerza a un sistema de obediencia fundado en la zanahoria o el garrote. La extralimitación de la imposición de corporaciones a la opinión pública y a la manifestación libre de las preferencias efectivas de la gente las han nulificado. La representación política de las comunidades en las entidades federativas es una mascarada.
La innecesaria réplica del presidencialismo en los estados de la Federación ha sido cómplice del atraso, de la inversión de los intereses públicos en privados y de la conversión de territorios (más grandes que casi cualquier reino) en sujetos de servidumbre, sujeción y desigualdad. Ya ni hablemos de los poderes judiciales de los estados, vergüenza mayor de la república imaginada por Morelos, Hidalgo y Juárez, para no meternos con los trémulos cadáveres de los revolucionarios de 1910.
Aunque parezca mentira, en las últimas semanas se han hecho evidentes por la prensa nacional dos graves debilidades de nuestro sistema político ambas relacionadas con el Título Quinto de la Constitución.
Los institutos electorales de las entidades federativas son inútiles ante a la coacción del voto. Se eleva el clamor indignado por dos décadas de simulación "federalista" reclamando un instituto electoral nacional centralizado. Los partidos reconocieron esta anomalía muy tarde, cuando el fuego les llegó a los aparejos.
Andaban en la pachanga de la caza de votos y de compartimentos estancos de la geografía electoral. Lo reconocen ahora que las urgencias los han puesto a hablar en serio.
El otro es el espectáculo propinado por los alcaldes que abarrotaron el salón mientras estaba el presidente y lo vaciaron cuando empezó a hablar la secretaria de turismo.
Nunca como antes, y eso ya es mucho decir, hacía falta una visión integral del cambio de régimen político. Hace una década se alegaba que no estábamos preparados para hacerlo, pero hoy ese argumento no vale. Está claro que todos los actores relevantes entienden de qué se trata. Está claro que hay algunos que resultarían (relativos) perdedores en esa transformación, como los gobernadores. Pero también está claro que los ganadores principales son la abrumadora mayoría: los tres Poderes de la Unión en su versión "progre", los partidos políticos en su versión de raigambre democrática, los grupos más avanzados de la inteligencia, la técnica y el arte, y, no menos importante, sino al contrario, los ciudadanos de la república que tendrían ante sí un futuro que pocos han imaginado, pero que si lo sacamos del closet tendría aceptación abrumadora.
Se trata de una revolución sin precedentes, basada en la conciencia, en el conocimiento, en la instrucción, en la aspiración de una patria ya no igualitaria, sino menos desigual. Es el momento del Título Quinto original, no lo dejemos escapar.
Twitter: @pacovaldesu