OPINIÓN

El arte de insultar

sábado, 19 de mayo del 2012

El insulto, aunque tiene el propósito de agredir, de causar daño a quien lo recibe, es sin duda un instrumento civilizatorio -ya lo dijo el genio austriaco Sigmund Freud-, pues evita que en lugar de las palabras lancemos en contra de nuestro interlocutor un objeto contundente.

Resulta difícil, por supuesto, asumir con tal dosis de racionalidad el hecho cuando se está del lado en donde cae la catarata de epítetos, de invectivas lanzadas, cual misiles teledirigidos, por debajo de la línea de flotación de nuestro ego.

Pero eso no le quita un ápice de certeza al hecho de que siempre será preferible un enemigo armado solamente de una lengua filosa a uno provisto de piedras, palos, cuchillos, machetes o, peor aún, de armas de fuego, pues del daño psicológico podremos eventualmente reponernos, pero las heridas físicas podrían arrebatarnos de plano tal posibilidad.

Con todo, las abolladuras que en nuestra auto estima pueden producir los insultos no son despreciables. En no pocas ocasiones abríamos preferido una pedrada -siempre que fuera en una zona no vital- a la andanada furibunda mediante la cual nuestro adversario nos dejó al borde del suicidio.

Y es que en eso de causar daños intangibles nos hemos vuelto especialistas. Como en ningún otro aspecto de nuestras vidas, las neuronas son capaces de olvidar sus diferencias y trabajar en conjunto para construir frases demoledoras, expresiones a cual más hirientes cuyo impacto en la psique del adversario es superior a una bomba de neutrones.

Hablamos de armas de una eficacia demoníaca porque son confeccionadas a la medida, específicamente para golpear el punto débil, el flanco descubierto, la parte blanda del adversario... El talón de Aquiles con el cual todos, sin excepción, venimos provistos a este mundo.

No existe por ello, un insulto universal, una bala capaz de derribar cualquier presa. La invectiva que en un individuo causa estragos inmediatos y lo obliga a batirse en retirada a otro no lo hace siquiera pestañear, simple y sencillamente porque no significa nada para él... O ella.

Todo depende del enemigo. Por ello es necesario estudiar a la presa, analizarla en detalle, detectar sus puntos vulnerables, explorar sus debilidades, lanzar algunas ráfagas de tanteo que permitan poner al descubierto la diana detrás de la cual se encuentra la fibra sensible.

En ello intervienen múltiples factores: preparación académica, antecedentes familiares, etnicidad, preferencias políticas, ideológicas, religiosas y sexuales, círculo de amistades, datos biográficos, cultura y un largo, larguísimo etcétera en el cual cabe prácticamente todo.

Existen, sin embargo, algunos aspectos más o menos universales que al ser utilizados de blanco son prácticamente infalibles: los defectos físicos y los antecedentes familiares.

Los extremos de cualquier medida corporal, los males congénitos, las enfermedades degenerativas y, en general, los atributos físicos susceptibles de exageración, o la carencia de aquellos particularmente apreciados desde la perspectiva estética, nos vuelven vulnerables.

En algún lugar leí, por ejemplo, que en Japón la forma del ombligo cobró importancia capital entre los jóvenes -particularmente entre las mujeres, por supuesto-, al grado que una de las cirugías estéticas más solicitadas era la de dicha marca de nacimiento, pues tenerlo en determinada forma resultaba obligado.

De allí a que el asunto se convirtiera en munición para la agresión verbal sólo había un paso, así que uno de los peores insultos llegó a ser "tu madre tiene el ombligo saltón".

Lo mismo pasa con los antecedentes familiares: contar entre la parentela con un familiar "incómodo" nos condena de por vida a ser blanco de la maledicencia. Y bueno: en México no existe munición más efectiva para demoler al rival que agredir a la jefecita.

Pero así como la sociedad humana es dinámica, la taxonomía del insulto está en constante evolución, a fin de adaptarse a la dinámica de los tiempos y, en nuestros días, de las nuevas tecnologías.

Hace unos días descubrí con asombro que la popularización de las redes sociales ha dado lugar al surgimiento de novedosos insultos que, supongo, son a cual más eficaces en eso de demoler la autoestima ajena.

Estaba revisando un intenso intercambio entre dos usuarios de Twitter en el que uno y otra no daban ni pedían cuartel: obuses de 140 caracteres -o menos- iban y venían de un timeline a otro bombardeando la infraestructura enemiga, derribando las defensas, interrumpiendo las comunicaciones.

Nadie retrocedía, ninguno de los bandos cedía terreno y claramente se encontraban dispuestos a sostenerse en el campo de batalla hasta el último caracter... Y entonces ella sacó el arma secreta, la matona... “No se por qué pierdo el tiempo contigo, ¡Pocos followers!”.

Y ahí acabó todo. El adversario ya no pudo levantarse de ese trancazo.

¡Feliz fin de semana!

carredondo@vanguardia.com.mx

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