OPINIÓN
Duelos y quebrantos... y chiflones
domingo, 19 de agosto del 2012
El Callejón de la Pulmonía
Los saltillenses de ayer le decían “Callejón de la Pulmonía” a la calleja que está en el costado norte de la Catedral.
Igual le llaman muchos saltillenses de ahora, que no se acuerdan de usar el actual nombre de esa calle, Santos Rojo.
El Callejón de la Pulmonía se ganó esa denominación porque en él sopla siempre un aire —o “chiflón” como decimos aquí— que traspasa las ropas aunque sean las gruesas del invierno, se mete a las carnes y llega hasta los huesos.
Chiflón igual a ése nomás hay otro en la ciudad: el que se siente afuera del templo de San Juan, al dar la vuelta hacia Escobedo por Hidalgo. Pero ése es céfiro blando o aura sosegada si se le compara con el gélido viento que sopla día y noche en el famoso Callejón de la Pulmonía.
No es exageración decir que muchos saltillenses han hallado ahí el principio de su muerte, víctimas de ese aire traicionero y homicida. Uno de esos infortunados fue don Gregorio Flores García, hermano que fuera del licenciado Jesús Flores García, señor de imborrable memoria por haber sido supereminente pianista y además recto funcionario judicial.
A don Gregorio se le recuerda, a más de por sus muchas dotes personales, por haber sido hábil esgrimista, es decir, diestro espadachín. En aquellos tiempos en que la esgrima era deporte muy de moda, quizá como resto de los antiguos duelos a espada, el señor Flores García sobresalía en la defensa y el ataque; sabía todo lo que hay que saber en materia de posiciones, golpes, paradas y demás astucias en el ágil deporte del florete.
Era una gloria verlo combatir, por ejemplo, con otro muy diestro esgrimidor, el señor profesor don Adolfo Sánchez Ramos, a quien muchos que fueron sus alumnos recuerdan por su famoso mote de “El Mascafierros”. Los amistosos duelos que sostenían ambos eran épicas batallas en que los floretes silbaban como látigos. Se lanzaban los dos contendientes en pos del pecho del rival como veloces sierpes, y eran los floretes en sus manos igual que aves, que si se apretaban en el puño morían, y si se aflojaban demasiado escapaban.
Pues bien: cierta noche, después de combatir una de aquellas fieras lides, don Gregorio Flores García se dirigió a su casa. Iba agitado y sudoroso por el ejercicio, y tuvo la desdichada ocurrencia de pasar por el Callejón de la Pulmonía. El viento aleve que ahí sopla le clavó en el pecho una espada contra la cual no tuvo defensa don Gregorio. Cayó en cama, se le declaró una pulmonía “cuata”, fulminante, y en unos cuantos días se fue a la tumba.
Muchos otros como él deben la muerte a ese artero callejón que pese a ser catedralicio no cumple el quinto mandamiento y que no es callejón sin salida, pues por él muchos han salido a esa región que tan acá tenemos todos y que sin embargo llamamos “el más allá”.
Los saltillenses de ayer le decían “Callejón de la Pulmonía” a la calleja que está en el costado norte de la Catedral.
Igual le llaman muchos saltillenses de ahora, que no se acuerdan de usar el actual nombre de esa calle, Santos Rojo.
El Callejón de la Pulmonía se ganó esa denominación porque en él sopla siempre un aire —o “chiflón” como decimos aquí— que traspasa las ropas aunque sean las gruesas del invierno, se mete a las carnes y llega hasta los huesos.
Chiflón igual a ése nomás hay otro en la ciudad: el que se siente afuera del templo de San Juan, al dar la vuelta hacia Escobedo por Hidalgo. Pero ése es céfiro blando o aura sosegada si se le compara con el gélido viento que sopla día y noche en el famoso Callejón de la Pulmonía.
No es exageración decir que muchos saltillenses han hallado ahí el principio de su muerte, víctimas de ese aire traicionero y homicida. Uno de esos infortunados fue don Gregorio Flores García, hermano que fuera del licenciado Jesús Flores García, señor de imborrable memoria por haber sido supereminente pianista y además recto funcionario judicial.
A don Gregorio se le recuerda, a más de por sus muchas dotes personales, por haber sido hábil esgrimista, es decir, diestro espadachín. En aquellos tiempos en que la esgrima era deporte muy de moda, quizá como resto de los antiguos duelos a espada, el señor Flores García sobresalía en la defensa y el ataque; sabía todo lo que hay que saber en materia de posiciones, golpes, paradas y demás astucias en el ágil deporte del florete.
Era una gloria verlo combatir, por ejemplo, con otro muy diestro esgrimidor, el señor profesor don Adolfo Sánchez Ramos, a quien muchos que fueron sus alumnos recuerdan por su famoso mote de “El Mascafierros”. Los amistosos duelos que sostenían ambos eran épicas batallas en que los floretes silbaban como látigos. Se lanzaban los dos contendientes en pos del pecho del rival como veloces sierpes, y eran los floretes en sus manos igual que aves, que si se apretaban en el puño morían, y si se aflojaban demasiado escapaban.
Pues bien: cierta noche, después de combatir una de aquellas fieras lides, don Gregorio Flores García se dirigió a su casa. Iba agitado y sudoroso por el ejercicio, y tuvo la desdichada ocurrencia de pasar por el Callejón de la Pulmonía. El viento aleve que ahí sopla le clavó en el pecho una espada contra la cual no tuvo defensa don Gregorio. Cayó en cama, se le declaró una pulmonía “cuata”, fulminante, y en unos cuantos días se fue a la tumba.
Muchos otros como él deben la muerte a ese artero callejón que pese a ser catedralicio no cumple el quinto mandamiento y que no es callejón sin salida, pues por él muchos han salido a esa región que tan acá tenemos todos y que sin embargo llamamos “el más allá”.