Dos formas de la moral

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Opinión
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Con los ejemplos cotidianos, podemos imaginar que hay quienes tomaron la ley por su cuenta

El Congreso del Estado aceptó permitir que la diputada Miriam Cárdenas continuara su trabajo en la Cámara federal y al mismo tiempo conservara su puesto de trabajo en el Supremo Tribunal de Justicia (un guardadito que significa varios millones de pesos). Los diputados mencionaron vacíos en la legislación local. El único vacío que encuentro es el de su cerebro. Sabemos que los abogados tergiversan las leyes a su antojo (las interpretan, dicen ellos). Aquí la cuestión es más que simple: nadie debería trabajar en dos poderes distintos, porque su presencia hace incompatible su trabajo. Se supone que los poderes Legislativo y Judicial, en los que está nadando la diputada, deben, por ley, ser absolutamente independientes. Para ella y para los diputados de Coahuila ese simple aspecto no tiene la menor importancia. Ya la ley es clara, pero si se trata del espíritu de la ley no queda duda. Seamos francos: se trata de dinero. Ese cochinito que es el sueldo de los magistrados, el más escandaloso de que se tenga memoria, no lo perderá.

La sana medianía que aconsejaba Benito Juárez a los funcionarios quedó en su propia cabeza, pocos habrá que hayan adoptado esa sugerencia. Hay un sentido de lo justo, que es lo que separa al bien del mal. En momentos es muy sutil esa división, pero en otras ocasiones es muy evidente.  Estamos hablando, por cierto, de conciencia. Ésta siempre se refiere a algo que no es sí misma. Por esto, en ocasiones se presenta ante el sujeto la pregunta acerca de la transgresión de la ley, sobre todo si se tiene la certeza de que es necesario hacerlo. No conozco bien el tema, pero me parece que toda la gente que se está armando para defenderse a sí mismos  hace algo que está en los límites de su desesperanza. Entre perder la vida, como se pierde continuamente, y defenderse, no tienen titubeos: manda el instinto de conservación. El abandono en que los ha tenido el Estado mexicano no les dejó más que una salida: apropiarse de la violencia justa que el Estado debería tener como monopolio.

Con los ejemplos que tenemos cotidianamente en la prensa, podemos imaginar que hay quienes optaron por tomar la ley por su cuenta. Es evidente que cuando se da el paso hacia la venganza como solución, entonces ya se está fuera de la justicia. El territorio de la justicia queda vacío. En su lugar se instala el odio y el desquite. Pero si los magistrados y diputados nos ponen el ejemplo de manejo discrecional de la ley y del espíritu de la misma, estamos fritos. El exmagistrado Genaro Góngora Pimentel niega a sus propios hijos el sustento. ¡Esa es coherencia!

Barrington Moore publicó un documentado libro sobre la desobediencia, en el cual pasea al lector por las posibilidades de buscar la integración de grupos de ayuda mutua para resolver problemas que debería encarar el Estado. Manejarse fuera de los aparatos es una tentación siempre presente. Esperemos que el Gobierno levante las antenas antes que la anarquía se instale. Otros no optan por sustituir al Estado, pero sí por constituirse de manera independiente como Organizaciones no Gubernamentales. Éstas, además de resolver problemas, crean en los individuos la sensación de libertad y solidaridad que valen en sí y por sí más que cualquier terapia o club de beneficencia.

La moral no es el árbol que da moras, como afirmó el déspota potosino, sino una actitud de alma que tiene aspectos muy sencillos: una concepción del mundo, una certeza sobre lo que debe hacer en convivencia con los demás, una responsabilidad que implique no sentirse tranquilo mientras haya iniquidades. Paul Ricoeur, en "Amor y Justicia", dice que hay una moral de convicción, que es la que desea el bien, y una moral de responsabilidad, que conduce a la limitación de la violencia.

Hemos llegado al límite de colocarnos una máscara para indicarle al otro cuál es nuestra moral, y la definimos con una o dos palabras: soy católico, soy de izquierda, soy médico, soy maestro. Nada de esto es justificado con actos, por tanto no es verdadero: se declara una moral inexistente. Ser cristiano o ser de izquierda debería significar ser justo, generoso. Cada día pierde uno la fe, aunque ya antes la hubiera perdido dos, tres y más veces.

Columna: De habla y tiempo

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