OPINIÓN

Don Julio, el de la librería

domingo, 20 de febrero del 2011

A raíz de la columna publicada el domingo pasado en este espacio, algunos lectores me han pedido que hable de Julio Torri. ¿Por qué lleva su nombre una librería de Saltillo? ¿Quién fue, qué hizo, por qué la bicicleta?
Julio Torri es una de las figuras más reconocidas de la literatura mexicana del siglo 20. Nació en Saltillo en 1889, al parecer en la casa al lado poniente del Hotel Arizpe en la calle Victoria. Unos años después, su padre, un violinista italiano, decidió buscar fortuna en otro lugar y la familia marchó a la ciudad de Torreón.
 
Sin embargo, don Julio regresó a Saltillo para hacer sus estudios de preparatoria en el Ateneo Fuente y luego emigró a la gran capital. Nunca regresó. Allá hizo vida y obra, y allá falleció, en 1970.

Se recibió de abogado y doctor en Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México, de la que fue profesor. Junto a Alfonso Reyes, José Vasconcelos y otros escritores, perteneció al Ateneo de la Juventud, quizás el grupo que ejerció mayor influencia en el desarrollo de las ideas en el México de principios del siglo 20, por su preocupación educativa y social y su actitud crítica e intelectual, que mucho influyeron en el estallido de la Revolución de 1910 y en el posterior desarrollo de la educación mexicana.

Con vocación de escritor y prosista ultrarrefinado, Julio Torri apenas si ostenta unos cuantos títulos en su bibliografía. Aun así, sus prosas poéticas, signadas por la brevedad como característica esencial, se encuentran entre las más bellas páginas de la literatura mexicana. Dominó especialmente el cuento y el ensayo, y la perfección de su prosa poética revolucionó la literatura mexicana. Desde los comienzos de su carrera se impuso a sí mismo un principio y le fue fiel hasta el final: la rigurosa voluntad de crearse un estilo en la perfección de la brevedad, en la síntesis. Trabajó sus textos con destreza y los pulió hasta lograr obras literarias de una maestría indiscutible, casi siempre teñida con los colores de la fantasía, el humor y la ironía, como esta que transcribo:

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.

¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí. ("A Circe". Ensayos y poemas).

La vida de Torri pasa por el tamiz de la anécdota picaresca. Jamás manejó un automóvil, pero a una de sus alumnas, la escritora Carmen Galindo, le enseñó la etiqueta que obligaba a las mujeres a abordarlo y bajar de él de cierta manera, según lo consigna en un artículo publicado a la muerte de su maestro. Su medio de transporte fue siempre una bicicleta. También se manejan en los terrenos de la anécdota las suntuosas y a veces non sanctas ediciones que don Julio guardaba en su biblioteca, así como un libro de versos de Amado Nervo, encuadernado, se decía, con la tela del vestido de novia de su madre. Imposible disociar de su excéntrica vida su soltería empedernida y, según las hablillas de su tiempo, las leyendas del tenorio que en su bicicleta perseguía a las sirvientas de su barrio y del pícaro profesor que invitaba a ciertas alumnas a su casa para hacerlas sonrojar ante ciertos libros.

No obstante la anécdota, la verdadera historia de su vida está en su talante y en su estilo, como él mismo lo sintetizó en su propia sentencia: "Toda la historia de la vida de un hombre está en su actitud". (De Fusilamientos, 1940).

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