OPINIÓN

Digresiva Cornucopia

domingo, 24 de junio del 2012

Cuando uno piensa en la riqueza cultural de la humanidad no queda otro camino que el asombro. Si el hombre es como un árbol que eleva su follaje a las alturas y hunde sus raíces en la tierra, como quiere el símbolo, habrá que decir que el hombre ha sabido transformar la materia bruta en oro, como quiso la alquimia. En oro simbólico, claro está.

Las ideas, el conocimiento, la cultura acumulada por la humanidad hasta ahora es, para emplear una palabra bastante gastada, maravillosa. Ángel y demonio, el hombre ha sabido encumbrarse a pesar de su expulsión del Edén y de la admonición bíblicas, a pesar incluso de su por alguna razón inherente naturaleza destructiva.

En este planeta todo lo que no es Naturaleza es producto del esfuerzo, la imaginación y la capacidad manual e intelectiva del género humano. Desde la rueda hasta la computadora, todo es creación humana. Y siendo un ente natural, el hombre ha rozado algo que es un asunto muy complicado: el pensamiento abstracto. Gracias a éste, ha inventado ideologías, mitologías y hasta religiones. También el álgebra, la lógica simbólica y la filosofía, entre otras sorpresas.

¿Quién es este ser tan extraño -el hombre- que de la horda transitó hacia un presente civilizado, un presente siempre en fuga? ¿Quién es ese ente capaz de generar ternura y horror, enamoramiento y repulsión? Si en verdad existe ese “eslabón perdido” que echa en falta la teoría de Darwin, ¿dónde está, qué pistas puede darnos? Parecen éstas preguntas retóricas. No lo son. Claman, desde casi siempre, por respuestas.

También el lado oscuro de la humanidad posee su capacidad creadora. Una rápida mirada al calendario de sangre que es la historia nos ofrece la imagen de un paisaje coagulado. Homero nos exhorta a escuchar el ruido metálico de las armas, a ver los destellos que el sol arranca a las puntas de las lanzas en pugna. “¿Qué se fizo el rey Don Juan? / Los infantes de Aragón / ¿qué se ficieron?”, pregunta Jorge Manrique. Todo eso parece que se ha ido, pero no es así: éste es el mismo escenario sobre el que han sucedido tantas cosas. El presente es lo verdaderamente eterno, dice el pintor británico David Hockney, y pareciera que en esta frase encontramos una verdad antiquísima.

Cuánta riqueza cultural, decía. Y aquí no valen mucho las clasificaciones. ¿A quién importa hablar de “alta cultura” o “cultura popular”? “Todos somos autores del poema”: algo así decía Borges. En muchos sentidos es verdad. No conocemos, como exigía Brecht, los nombres de quienes construyeron las pirámides egipcias o prehispánicas, pero tenemos el resultado extraordinario de su esfuerzo. ¿Se consignaron sólo los nombres de los poderosos? Ya lo sabemos: ésos siempre acaparan los reflectores, pero los que realmente importan son los otros, los anónimos, los que no registró el lacayo.

Es tan extraño ver por primera vez el mundo. Una máquina, un artefacto, un utensilio, una obra de arte, una idea... Todo es extraordinario: nada es una rutina. Que un ser humano como cualquiera de nosotros se haya preguntado por el origen de las cosas es por lo menos increíblemente perturbador. De pronto me parece que cualquier pensamiento que pase por mi asombro ya ha cruzado antes por el de muchos otros seres humanos: ése que mira la luna una noche en la Grecia preclásica, o mejor aún, en el momento en que se pintaban los bisontes que habitan las cuevas de Altamira, ¿también se pasma ante su nacarada blancura?, ¿se pregunta que hace ahí esa esfera de rostro veladamente luminoso y cambiante?, ¿siente nostalgia del futuro?

Cuánta abundancia, qué cornucopia de haberes y saberes. ¿Tendremos que creer en la perversidad ética? ¿Ante la riqueza cultural del mundo se erige otro mundo, subterráneo, agazapado? Pienso otra vez en el Lucifer de “El Paraíso Perdido” de John Milton. Sin él, la historia que cuenta el poeta parece de una desabrida beatitud; en cuanto esa encarnación del Mal entra en escena, todo cambia: el poema adquiere un sentido, un rumbo y un conflicto. ¿La virtud es tan buena que resulta tediosa? ¿El Mal sazona y da sabor la vida humana? Qué tontas preguntas. Y sin embargo, no hay obra teatral ni historia cualquiera que no gire en torno de un hoyo negro. No sé si así es en la vida ordinaria.

Cruella de Vil y la Bruja de Blanca Nieves desempeñan, salvando los abismos, el mismo papel. Hasta en las versiones edulcoradas de Walt Disney, el Mal es indispensable para jalonar la trama de la historia, y aún más: para tener una historia que contar. Con matices o sin ellos, los malvados son personajes imprescindibles: en Sófocles lo mismo que en Proust, en Esquilo lo mismo que en Dante o Kafka. La apoteosis del Malvado se presenta cuando, cansado de perder el tiempo haciendo sufrir a los que conforman su entorno, opta por erigirse en el Dueño del Mundo y hacer de éste su edén privado. Entonces, aquel espacio que nunca pudo cumplir su añorada vocación de Jauja se convierte en un verdadero infierno.

Cuánta amenidad la del Mal... Pero no hay seres puros. Supongo que todos estamos hechos de una materia dual: somos “buenos” y “malos”, Ariel y Calibán, al mismo tiempo y en diferente grado. Casi todos somos capaces, según las circunstancias, de asesinar la vida o de engendrarla en un acto de amor que trasciende la carne. Y en un acto de odio arrebatado el rebelde lo mismo que el reaccionario pueden bombardear pueblos enteros y ciudades, catedrales medievales y ricos museos. Guernica y “Poeta en Nueva York” no son sólo obras de arte: son la vida humana sacrificada por nuestro lado ignominioso, nuestro peor daimon.

Estas divagaciones, y otras que no escribo porque resultaría más ridículo, fueron auspiciadas por una lectura de “La Tempestad”, de William Shakespeare. Un violento crítico de Octavio Paz –José Vicente Anaya, en “Versus: Otras miradas a la obra de Octavio Paz”, 2010- lo acusa de sofista, y presenta como prueba unas líneas en las que el autor de “Blanco” dice: “sin dejar de ser lenguaje –sentido y transmisión de sentido- el poema es algo que está más allá del lenguaje. Más eso que está más allá del lenguaje sólo puede alcanzarse a través del lenguaje.” El crítico se aplaude a sí mismo por su brillantez analítica. Mal ejemplo escogió: el poeta tiene razón. El lenguaje crea ilusiones verbales porque hay cosas que escapan a la representación. En “La Tempestad” –como en “La vida es sueño”, de Calderón, y en tantas obras más- vemos personajes que son alegorías que son abstracciones... (¿de qué?). Leerla es asistir otra vez a la creación de un mundo; presenciar una creación lingüística que dice más de lo que dice.