OPINIÓN

Diario de un nihilista

lunes, 18 de junio del 2012

Mitos sociales. Nadie entendió con claridad el encuentro de Javier Sicilia y su corte de dolientes con los candidatos a la presidencia. Ni éstos, ni sus asesores, ni los articulistas de prensa, acostumbrados a analizar las situaciones históricas más complejas “en horas 24”, publicando su opinión todas las mañanas, aunque no tengan absolutamente nada que decir. Y es que lo que el poeta puso en escena durante más de una hora, con el auxilio generoso y gratuito de las cadenas de televisión, fue un curioso ensayo de teatro nahua con raíces telúricas e implicaciones cosmicómicas. Se trataba de reunir a cuatro aspirantes a tiranos y ponerlos a prueba escupiéndolos, llorando frente a ellos, mesándose los cabellos, arrojándoles ceniza e inmundicias. No se trataba de ver cómo reaccionaban, pues el ejercicio no era una trampa ni un test psicopolítico, sino más bien de hacerlos tomar conciencia sobre las graves consecuencias que tiene ejercer la tiranía en México, y saber si estaban realmente preparados para ello. En este sentido, sólo Peña Nieto y López Obrador comprendieron, así sea en un plano subconsciente, la trascendencia del ejercicio. Aunque es mujer, y por tanto sensible al dolor humano, Josefina se mostró confundida y atemorizada ante el rito inmemorial, pues no tiene madera de tirano, ni de gobernante siquiera. Gabriel Quadri fue el único que reaccionó como un ciudadano del siglo 21, contestando al atávico ritual con maldiciones y mentadas de madre, que era la manera civilizada de devolver a su lugar, de poner en su lugar mistagógico a esos dolientes chamanes y a sus manes cuasi africanos. También el movimiento 132, de manera inconsciente, busca introducir vibras místicas en las presentes campañas. Aunque es muy difícil que lo consigan, por dos razones: porque la matanza de 1968 aún no se ha convertido en un fenómeno mítico, no puede concretarse como tal debido a las marchas que cada año la recuerdan, reclamando un castigo. No se estableció con precisión, en ninguna comisión de la verdad, la ofensa mítica, que reclamaría una mítica venganza, por un lado; por el otro, el PRI agresor nunca mostró arrepentimiento por este hecho ni presentó un resarcimiento público. En este asunto, todo ha sucedido de una manera opaca, a media voz, entre dientes; todo parece indicar que Luis Echeverría fallecerá, si algún día lo hace, sin revelar un dato ni pedir una disculpa, mientras las víctimas por contagio que han sobrevivivido envejecen por su cuenta. Por más esfuerzos interpretativos que hizo Octavio Paz –ya que el sacrificio ritual del joven o del niño sólo tiene lugar por sustitución  en la gramática del mito-, la matanza de Tlatelolco no ha ingresado en el imaginario colectivo como un acontecimiento mítico que haya que exorcizar. En segundo lugar, la vocación mítica del movimiento 132 no puede prosperar porque la internet, donde nació, es un medio demasiado nuevo, reciente, posmoderno para convertirse en vehículo de magia, de simbologías arcaicas, de manipulación chamánica. Ellos sólo aspiran a parecerse a Camila Vallejo, la activista chilena cuyo glamour incipiente no está reñido con el de Peña Nieto. En vano buscan en el candidato del PRI la mano del padre mítico que asesina a su hijo o a su hija sobre la peña sagrada, como en la tradición de Abraham o en la de Menelao efectivamente nunca sucede. Si AMLO era un adolescente en 1971, Peña era un niño. A estas alturas, ni siquiera el mote de asesino de Atenco le cuadra, como tampoco le cuadra a la pobre de Esther Quintana.    

¡Hasta el próximo viernes!