OPINIÓN

Diario de un nihilista

viernes, 15 de junio del 2012

El ciclo neoliberal ha terminado. Después de su implantación, efectuada para que México tuviera cabida en el TLC y en la zona América del Norte de la economía global, es hora de hacer el recuento de los daños y de cubrir los devastadores costos sociales ocasionados. La pobreza y el crimen organizado son terribles secuelas de este ejercicio macroeconómico, sólo comparable al que efectuaron los Chicago Boys en el Chile de Augusto Pinochet. En términos abstractos, México forma parte de un área del poscapitalismo global que se prepara para competir con China. El modelo fue impuesto desde fuera, con todas las resistencias e imperfecciones que ello supuso, pues en términos reales somos más una nación centroamericana que un país colega de EU y Canadá. Por tal razón, nuestra economía sigue arrasada por la informalidad. Los cárteles del crimen tuvieron su origen probablemente en el comercio callejero, en las pulgas de la década de 1970 que expendían artículos norteamericanos de contrabando, mercaderías como cigarrillos, pastas de dientes, jabones, playeras y tenis. En la siguiente década, se congestionaron de mercadería china, coreana y taiwanesa. No tardaría en llegar el comercio minorista de estupefacientes, implantado en bodegas y vecindarios. La prostitución y giros negros se sumaron a estos oligopolios informales, que hoy le disputan las páginas de Forbes a Carlos Slim. De manera paralela a la construcción de nuestra macroeconomía poscapitalista, jóvenes de la clase baja se organizaron, con un liderazgo natural y un espíritu emprendedor que envidiarían más de 132 alumnos del ITAM y la Ibero, para echar a andar empresas macro de proyección global. Si los yanquis no fueran hipócritas y agradecieran mejor la cocaína y las anfetaminas que disfrutan, reconocerían y premiarían esfuerzos de estos empresarios informales, cuyos productos se expenden con éxito en América y Europa y cuyas relaciones comerciales se extienden hasta Australia y la India y hasta los países del Asia Central, patria de la amapola y del opio. Forma parte de la informalidad los manejos de los políticos, tanto del PRI como PRD, han construido clientelas electorales repartiendo recursos del erario entre sectores sociales más afectados por la macroeconomía. Así, el gobierno del DF tan endeudado como el de Coahuila, ambas entidades muestran el mismo nivel de aceptación entre la población votante: una proporción de 60 a 10 sobre los candidatos panistas. Y es que una vez concluido el ciclo neoliberal, los partidos deben enarbolar banderas populares y tratar de resarcir el monstruoso, el bárbaro, el híper súper mega costo social que tuvo dicho proceso. Mientras los empresarios cuentan ganancias y hacen su balance de daños en el territorio de lobos del poscapitalismo. Ni la Iglesia Católica ni las protestantes han mostrado esta vocación. Luego deben ser los partidos políticos, los que tomen dicha tarea. Nunca se ha visto, y mal se vería, o por lo menos extraño, Acción Nacional cumpliendo un papel de redentor de pobres. Asimismo, se ha visto torpe, inexperto, vacilante en el combate a los cárteles, tarea que ha entregado en manos del Ejército. Es por ello que no parece tener mayor papel ni futuro en la política nacional, en términos generales. Seguirá siendo el partido de los estados del Bajío, de las familias católicas y de los estudiantes pirrurris, en un País devastado por la pobreza y la delincuencia organizada.