OPINIÓN
Defienden todos pero juegan pocos
viernes, 28 de marzo del 2008
¿Desde qué lugar se ve mejor el fútbol? Depende del lugar que uno necesita y elige.
Personalmente, y como público, me fascinan los estadios ingleses. Siento que estoy viviendo la obra dentro del ambiente de los artistas, que estoy casi metido en la escena. Muy cerca, aunque no tan cerca como lo viví toda mi vida. Porque aún en estos estadios, esta cercanía me aleja un poco de la visión del desarrollo del juego.
Para entender el juego con valores de juicio, uno primero tiene que imaginar la visión directa y periférica que tiene el futbolista para su acción dentro del campo, que obviamente es mucho menor que la que tiene un periodista 40 metros arriba del nivel del campo, desde la tribuna, donde es más fácil hablar de espacios libres y resoluciones rápidas.
Es menor la visión y más difícil el manejo de los tiempos. Sólo la imaginación y el talento de los grandes jugadores lo hacen posible. El observador, si no se formó en el tránsito de un partido, no tiene ni idea de lo complejo que es jugar bien al fútbol, tan complejo que sólo lo hacen fácil los grandes intérpretes.
La dinámica del juego no se logra corriendo solamente. La dinámica del juego se gana o se pierde por la pelota en movimiento permanente, por encontrar la rapidez del juego desde pensar a un toque.
Cuando menciono el tránsito de un partido siempre recuerdo lo difícil que se me hacen los atascos de coche en tantos viajes. Me ha tocado perder interminables horas en el periférico de la Ciudad de México. Esto me pasaba simplemente por falta de conocimiento. No tenía otro camino alternativo, el temor por buscarlo hacía suponer desde mi óptica que era el único camino. Hasta que un día tomé un taxi y aprendí a conocer otros caminos. Era una necesidad, no una opción. Así me planteo el fútbol.
Un taxista como aquel son los Zinedine Zidane del fútbol. Este juego garantiza toda la libertad de tránsito. Los jugadores pueden moverse con absoluta libertad por 7.000 metros cuadrados y tienen como garantía un estricto reglamento para circular. Protegidos de toda acción violenta, desleal, intencional.
El mayor obstáculo es siempre jugar mal por desconocimiento de cuántos caminos alternativos pueden surgir frutos de ensayos y de intentarlo todos los días. Sólo esto nos posibilitará el buen jugador, el buen equipo.
El mayor obstáculo entonces es jugar mal, no entender que cuando distraemos por una zona es para atacar por la otra, no entender que no se debe correr diez metros con la pelota para dar un pase intrascendente, aventura que casi siempre demora los tiempos y reduce los espacios, y que no tiene otra solución que contar con Maradona.
Es verdad que esta libertad de movimientos que disfruta un futbolista se ve limitada por entrenadores que pretenden programar acciones, sosteniendo generalmente posiciones fijas y exigiendo a todo el equipo una participación activa en la recuperación de la pelota.
Entonces aparece el problema: exigimos al equipo correr, luchar, poner energía, sacrificio, a la hora de recuperar la pelota. Pero después, en la acción que le sigue, teniendo la pelota, cuando toca el turno de jugar, todo queda en manos de los que saben crear.
¿Cómo, no era que jugabamos todos? No, pareciera que sólo están los que defienden, los que recuperan, limitados al derecho de jugar, de participar, de disfrutar de la tenencia de la pelota. Participación activa para jugadores de la misma manera que un delantero centro tiene obligaciones tácticas para recuperar. Sería bueno exigir que un defensa rompa su línea defensiva para darle participación numérica a la elaboración de juego.
Cada día corren más todos para defender, para sobrevivir desde el esfuerzo. Pero son cada vez menos los que tienen la libertad para crear y elaborar el juego y menos aún para atacar.
Personalmente, y como público, me fascinan los estadios ingleses. Siento que estoy viviendo la obra dentro del ambiente de los artistas, que estoy casi metido en la escena. Muy cerca, aunque no tan cerca como lo viví toda mi vida. Porque aún en estos estadios, esta cercanía me aleja un poco de la visión del desarrollo del juego.
Para entender el juego con valores de juicio, uno primero tiene que imaginar la visión directa y periférica que tiene el futbolista para su acción dentro del campo, que obviamente es mucho menor que la que tiene un periodista 40 metros arriba del nivel del campo, desde la tribuna, donde es más fácil hablar de espacios libres y resoluciones rápidas.
Es menor la visión y más difícil el manejo de los tiempos. Sólo la imaginación y el talento de los grandes jugadores lo hacen posible. El observador, si no se formó en el tránsito de un partido, no tiene ni idea de lo complejo que es jugar bien al fútbol, tan complejo que sólo lo hacen fácil los grandes intérpretes.
La dinámica del juego no se logra corriendo solamente. La dinámica del juego se gana o se pierde por la pelota en movimiento permanente, por encontrar la rapidez del juego desde pensar a un toque.
Cuando menciono el tránsito de un partido siempre recuerdo lo difícil que se me hacen los atascos de coche en tantos viajes. Me ha tocado perder interminables horas en el periférico de la Ciudad de México. Esto me pasaba simplemente por falta de conocimiento. No tenía otro camino alternativo, el temor por buscarlo hacía suponer desde mi óptica que era el único camino. Hasta que un día tomé un taxi y aprendí a conocer otros caminos. Era una necesidad, no una opción. Así me planteo el fútbol.
Un taxista como aquel son los Zinedine Zidane del fútbol. Este juego garantiza toda la libertad de tránsito. Los jugadores pueden moverse con absoluta libertad por 7.000 metros cuadrados y tienen como garantía un estricto reglamento para circular. Protegidos de toda acción violenta, desleal, intencional.
El mayor obstáculo es siempre jugar mal por desconocimiento de cuántos caminos alternativos pueden surgir frutos de ensayos y de intentarlo todos los días. Sólo esto nos posibilitará el buen jugador, el buen equipo.
El mayor obstáculo entonces es jugar mal, no entender que cuando distraemos por una zona es para atacar por la otra, no entender que no se debe correr diez metros con la pelota para dar un pase intrascendente, aventura que casi siempre demora los tiempos y reduce los espacios, y que no tiene otra solución que contar con Maradona.
Es verdad que esta libertad de movimientos que disfruta un futbolista se ve limitada por entrenadores que pretenden programar acciones, sosteniendo generalmente posiciones fijas y exigiendo a todo el equipo una participación activa en la recuperación de la pelota.
Entonces aparece el problema: exigimos al equipo correr, luchar, poner energía, sacrificio, a la hora de recuperar la pelota. Pero después, en la acción que le sigue, teniendo la pelota, cuando toca el turno de jugar, todo queda en manos de los que saben crear.
¿Cómo, no era que jugabamos todos? No, pareciera que sólo están los que defienden, los que recuperan, limitados al derecho de jugar, de participar, de disfrutar de la tenencia de la pelota. Participación activa para jugadores de la misma manera que un delantero centro tiene obligaciones tácticas para recuperar. Sería bueno exigir que un defensa rompa su línea defensiva para darle participación numérica a la elaboración de juego.
Cada día corren más todos para defender, para sobrevivir desde el esfuerzo. Pero son cada vez menos los que tienen la libertad para crear y elaborar el juego y menos aún para atacar.